lunes, 30 de septiembre de 2013

*El milagro del gallo

Sto Domingo de la Calzada
Un piadoso matrimonio francés de grandes virtudes y profunda religiosidad, tras diez años de matrimonio no habían tenido descendencia por lo que su gran anhelo era concebir un hijo, lo que devotamente, imploraban a Nuestro Señor y a la Santa Virgen María; no habían perdido la esperanza de tener descendencia, y cada día en sus oraciones solicitaban la gracia encarecidamente.
 
Una noche, se les apareció la Virgen María anunciándoles que Dios les concedería la gracia de tener un hijo, pero cuando éste fuese mayor, debían llevarlo en peregrinación al sepulcro del apóstol Santiago en el fin del mundo.
Efectivamente la mujer dio a la luz un hijo, al que llamaron Jacques, que crecía hermoso y guapo haciendo de él, un conjunto de perfecciones que constituía el orgullo de sus padres y el encanto de cuantos le conocían. Al cumplir el muchacho los quince años de edad, los padres decidieron cumplir con la peregrinación pendiente para dar gracias por la merced concedida.

Al llegar en peregrinación a Santo Domingo de la Calzada, para pasar la noche se quedaron en una hospedería de peregrinos, que estaba atendida por la joven hija del hospedero, que, prendada de la belleza del muchacho le asedió para obtener su amor, pero el muchacho la despreció; ella, llena de coraje, sintió deseos de venganza y espero a que el muchacho estuviese dormido, y, entró sin hacer ruido en su habitación, escondió en su saco de viaje, un precioso cáliz de oro, labrado por un afamado artista y adornado con perlas y piedras preciosas de incalculable valor. Al amanecer los peregrinos emprendieron su camino. El hospedero, viendo que había sido objeto de un robo, denunció al Justicia la sustracción del cáliz, manifestando que los último huéspedes habían sido unos peregrinos franceses.

Así fueron en persecución de los peregrinos, al poco alcanzados por el Justicia, los alguaciles y el hospedero, que les acusaba del robo.
Los peregrinos lo negaron rotundamente, jurando por lo más sagrado que ellos no habían cogido nada y nada sabían del cáliz ni del robo.
Pero para salir de dudas los alguaciles a una orden del Justicia les hizo un registro, de forma que al abrir el saco del muchacho, encontraron el cáliz de oro con gran sorpresa de los peregrinos, que fueron llevados ante las autoridades llevando al denunciado hijo como ladrón.
Se instruyó la causa, condenando al muchacho a morir en la horca por robo, aplicando la ley vigente, sin que de nada le sirvieran sus protestas de inocencia ni las súplicas de sus afligidos padres, dictándose finalmente Sentencia, de forma que el muchacho, fue conducido al cadalso allí se cumplió el fallo.
Los padres, sintiéndose sin valor para presenciar la ejecución de su inocente hijo, continuaron su peregrinación a Santiago, sin encontrar consuelo a su horrible dolor; enajenados por los sufrimientos, no habían pensado antes en dar sepultura sagrada a los restos de su hijo; y entonces decidieron desandar el camino y pedir el cadáver para enterrarlo ellos piadosamente.
Al acercarse al pueblo, el padre iba quejándose a grandes gritos de que Dios no le hubiera enviado la muerte a él en vez de a su hijo, y cuando ya llegaban cerca, vieron a lo lejos el cuerpo de su hijo que seguía colgado del patíbulo; anhelantes, se aproximaron a él y oyeron la voz de su hijo, que les reprochaba sus quejas y su poca resignación ante los designios divinos.
Maravillados al oírle, corrieron a abrazar a su hijo, y éste les refirió cómo se le había aparecido una esplendorosa Señora, que era la Virgen María, llena de gloria y majestad, con resplandecientes vestiduras, y acompañada de un venerable anciano que le dijo ser Santo Domingo de la Calzada; entre los dos le habían sujetado por los brazos, para librarle de la muerte y que no recibiera el menor daño, y le alimentaron prodigándole toda clase de consuelos y de ternuras.
Los padres, radiantes de júbilo, corrieron a dar cuenta del milagro al Juez, pero éste, que se hallaba comiendo, se negó a creer que estuviese vivo después de ahorcado, y les dijo. señalándoles un pollo asado que estaba sobre la mesa:
- «Tan imposible es que este pollo resucite como que vuestro hijo viva».
Al momento, ante su vista, el pollo se levantó de la cazuela, y batiendo las alas, voló, y diciendo:
- «Prodigioso es, el Señor en sus santos».
Atónitos, se trasladaron todos inmediatamente al lugar donde estaba el ahorcado, y lo encontraron con vida, y descolgándolo, se lo entregaron a los padres.
Ante aquel milagro divino, revelador de la inocencia del muchacho, el Juez revisó la causa, tomando declaración a la hija del hostelero, que, acosada ante las preguntas del tribunal, confesó su crimen, siendo ella condenada a muerte en la horca. Pero los buenos padres del muchacho, no queriendo ensombrecer con ninguna muerte la prodigiosa salvación de su hijo, acudieron a suplicar al Tribunal el indulto de la joven, consiguiendo por su intercesión que fuera conmutada por la pena de cortarle el pelo y vestirla con hábito de monja, y así permaneció toda su vida haciendo penitencia para conseguir el perdón de su delito.
Al muchacho le tomó el obispo bajo su protección, y con él y con sus padres llegaron a dar gracias ante el sepulcro del apóstol Santiago, que le había protegido durante su vida, y allí se hizo presbítero y vivió santamente, glorificando a Dios hasta el fin de sus días.

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