La sirvienta que se encontró con un alma del Purgatorio


Una humilde sirvienta, cristianamente educada en su pueblo, había adoptado la buena costumbre con sus ahorrillos, pedir cada mes una misa por las almas del purgatorio. Encontró trabajo en Paris, y allí tenia a gala asistir a las misas que ella encargaba por las ánimas benditas, especialmente por aquellas que solo necesitaban un “empujoncito” para salir del purgatorio. Dios la puso a prueba permitiendo que no solo contrajera una grave enfermedad, sino además que fuera despedida de la casa donde servía. Rápidamente se quedó sin fondos, y cuando salió del hospicio solo le quedaban 20 céntimos (de 1.865). Después de rezar ferviente y confiadamente,  se dirigió hacia una agencia de “empleo” al otro lado de la ciudad. En el caminó acertó a pasar delante de la iglesia de San Eustaquio, y entró en ella. Al ver un sacerdote celebrar misa se acordó que ese mes no había encargado ninguna misa. ¿Qué hacer: comer o pedir una misa? Fue un duro combate entre la devoción y la prudencia humana. Al final fue la devoción la que ganó, pues pensó: “Dios ya sabe que este sacrificio es por Él y por las ánimas, así que no me abandonará”. Entró pues en la sacristía, encargó la misa, asistió a ella con gran devoción, y se fue a la cita que tenía, pensando en que podría comer si no le salía ningún trabajo.


En esto que se le acercó un joven, pálido, con aire muy distinguido que le dijo: ¿busca usted un empleo?. Sí señor, respondió ella. Él le dijo: vaya a esta dirección, pregunte por Doña XXX, pues creo que a ella le convendrá, y desapareció entre la muchedumbre. Ella fue a la dirección señalada, encontrándose con una sirvienta que salía airada con sus maletas de la casa. Ella le preguntó: estará la señora? A mí que me importa! Si quiere abrir ya lo hará ella sola! le espetó la sirvienta malhumorada. La muchacha tocó el timbre, abriéndole una señora de aspecto venerable. “Perdone, señora, me han dicho que usted buscaba una sirvienta, por eso me permito proponer mis servicios, pues además me han asegurado que me acogerá bondadosamente”. La señora contestó: esto que me comenta me llena de admiración, pues esta mañana no necesitaba a nadie, y solo hace media hora que he despedido a la anterior sirvienta. ¿Cómo os habéis enterado y por quien?  Respondió la sirvienta: es un joven caballero que encontré en la calle y me dijo donde debía acudir, y la verdad doy gracias  a Dios, pues necesito un trabajo para comer.
 Mientras la dama se deshacía en conjeturas de cómo podía haberse enterado la muchacha, ella le dijo: mire señora, el caballero que me avisó es ese del cuadro de esa pared. Vengo de su parte. Al oír eso la señora casi se desvanece y le preguntó exactamente por lo acontecido, abrazándola al final del relato diciéndole: sabed hija mía, que ese caballero es mi único hijo, fallecido hace dos años. Es gracias a usted que ha podido salir del purgatorio, al que Dios ha permitido manifestarse para ayudarla a su vez. Bendita seáis, pues a partir de ahora os tendré por hija, y ambas rezaremos por las ánimas.

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