jueves, 31 de marzo de 2016

Francisco apunta hacia una enigmática “conversión del papado”

Una nueva concepción de gobierno eclesiástico

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La existencia de la Iglesia es una historia que se desarrolla de triunfo en triunfo en medio de un sinfín de ataques, persecuciones y odios provenientes de diferente pelaje, pero con una única cabeza, el enemigo infernal que alberga la fantasía de un día conseguir destruirla. Desde paganos a apóstatas, poderosos y pequeños, ilustrados y analfabetos, e, incluso, aunque duela decirlo, de los mismos hijos que más la debían defender, recibe la Santa Iglesia, injurias y golpes violentos. Ella, sin embargo, permanece como dice San Pablo santa e inmaculada (Ef 5, 26) brillando sobre las cataratas de odio que se le vierten encima.
La permanente capacidad de resistir a todas las tempestades se funda de la promesa de su Divino Fundador: “tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella (Mt. 16, 13)”.
Por eso, la doctrina que todos los herejes tienen en común es la negación de la autoridad papal. Quien ama y defiende al papado, permanece unido a la Iglesia, y quien rechaza este fundamento, se separa de la Iglesia y para marchitar sin solución.
Consecuencia de asunto tan vital es que la forma de ejercer el ministerio Petrino es un asunto que los Padres de la Iglesia y los papas han delineado con todo cuidado e exactitud. Esta doctrina sólida y clara está registrada a través de numerosos documentos del magisterio.
Si Francisco está queriendo: “sugerencias que se orienten a un ejercicio de mi ministerio que lo vuelva más fiel al sentido que Jesucristo quiso darle” y “queriendo opiniones de cómo debe ser gobernada la Iglesia”, le comunicamos que el proprio magisterio de sus antecesores tiene todas las respuestas… Aquí presentamos algunas. Y recordamos… a lo largo de la Historia, los que han querido distanciarse de una “centralización” y cambiar el modo de gobernar la Iglesia, fueron calificados de forma inequívoca… Cada lector, entienda. Entremos en el nuevo estudio del Denzinger-Bergoglio→

Mis trompetas celestiales sonarán de oriente a occidente


LLAMADO URGENTE DE DIOS PADRE A LA HUMANIDAD 


Mi paz sea con vosotros, Pueblo mío.

El fuego de mi justicia, el fuego de la purificación se está acercando a la tierra y los hombres de ciencia no podrán detenerlo; todo cuanto está escrito se cumplirá; los acontecimientos llegarán de improvisto y van a coger a la inmensa mayoría de esta humanidad sin estar preparada. Grandes bolas de fuego venidas del espacio en las naciones impías caerán; el fuego de mi justicia viene en camino y nada ni nadie, podrá detenerlo. Es mi Santa Justicia que viene a purificarlo todo.

Heredad mía, recogeos en oración y no temáis, porque vuestros ojos van a ver el pago que reciben los malvados. Mil caerán a vuestra izquierda y diez mil a vuestra derecha, pero a vosotros nada os pasará, porque habéis puesto vuestra confianza en el Señor. He dado órdenes a mis Santos Ángeles para que os guarden en todos vuestros caminos; os lleven en sus brazos y vuestro pie no tropiece con piedra alguna (Salmo 91. 7 al 12) Voy a arrancar de raíz la cizaña, para que solo quede el buen trigo. Mis ángeles ya están listos para recolectar la cosecha, solo esperan mi señal para separar el trigo de la cizaña.

Me arde el celo por mi creación y no permitiré que la soberbia del hombre de estos últimos tiempos, me destruya lo que con tanto amor he creado. La guerra, el hambre, las pestes, las persecuciones, los dolores de parto de mi creación y el fuego de mi justicia, serán parte de la tribulación anunciada. Solo los que confíen en el Señor y perseveren en la fe, alcanzarán la corona de la vida.

Mi aviso llegará en medio de la tribulación; el día y la hora, solo lo sabe vuestro Padre Celestial. Nuevamente os digo, preparaos porque estos días están llegando; no perdáis más el poco tiempo de misericordia que aún os queda, por ir en pos de las cosas de este mundo; porque en verdad os digo que nada de lo que veis, volveréis a ver. Todo lo crearé nuevo y lo viejo pasará y no volverá a recordarse.

Mis trompetas celestiales nuevamente sonarán de oriente a occidente, de norte a sur; son un anuncio a la humanidad para que se prepare para los días de justicia que están por comenzar. ¡Mortales, que no os coja la noche para poner vuestras cuentas en orden, porque todo llegará de improvisto y muchos no van a tener tiempo para cuadrar sus cuentas! ¡Despertad, despertad, tibios de corazón y humanidad que andáis en el pecado, porque los días de tribulación están llegando y no tienen marcha atrás!. Son días de justicia divina, donde no habrá misericordia. ¿Qué esperáis insensatos para volver a Dios?. La noche está llegando y con ella mi justicia y os va a coger pecando; recapacitad y enderezad vuestro camino, para que no tengáis mañana de qué lamentaros.

Vuestro Padre, Yhavé, Señor de las naciones.

Dad a conocer mis mensajes a toda la humanidad.


MARZO 17 DE 2016 Mensajes a Enoc, Colombia

Quién puede recibir la Eucaristía: Müller interpreta a Francisco

Parte de la exégesis que el prefecto de la doctrina de la fe hace de las palabras de Francisco que más se han prestado a equívocos. Sobre homosexualidad, comunión a los divorciados que se han vuelto a casar, Lutero, sacerdocio femenino, celibato del clero
por Sandro Magister 


Sobre la Comunión:
El Papa Francisco dice en la “Evangelii gaudium” (n. 47) que la Eucaristía “no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles”. Vale la pena analizar esta frase con profundidad, para no equivocar su sentido.
En primer lugar, hay que destacar que esta afirmación expresa la primacía de la gracia: la conversión no es un acto autónomo del hombre, sino que, en sí, es una acción de la gracia. Pero de ello no se puede deducir que la conversión sea una respuesta externa de agradecimiento por lo que Dios ha hecho en mí aunque por su cuenta, sin mí. Tampoco puedo concluir que cualquiera puede acercarse a recibir la Eucaristía aunque no esté en gracia y no tenga las debidas disposiciones, solo porque es un alimento para los débiles.
Ante todo, deberíamos preguntarnos, ¿qué es la conversión? Es un acto libre del hombre y, a la vez, es un acto motivado por la gracia de Dios que previene siempre los actos del hombre. Es por ello un acto integral, incomprensible si la acción de Dios se separa de la acción del hombre. […]
En el sacramento de la penitencia, por ejemplo, se observa con toda claridad la necesidad de una respuesta libre por parte del penitente, expresada en su contrición del corazón, su propósito de la enmienda, su confesión de los pecados, su satisfacción. Por eso la teología católica niega que Dios haga todo y que el hombre sea puro recipiente de las gracias divinas. La conversión es la nueva vida que se nos da por gracia y a la vez, también, es una tarea que se nos ofrece a modo de condición de la perseverancia en la gracia. […]
Hay solo dos sacramentos que constituyen el estado de la gracia: el Bautismo y el sacramento de la Reconciliación. Cuando uno ha perdido la gracia santificante, necesita del sacramento de la Reconciliación para recuperar ese estado, no como mérito propio sino como regalo, como un don que Dios le ofrece en la forma sacramental. El acceso a la comunión eucarística presupone ciertamente la vida de gracia, presupone la comunión en el cuerpo eclesial, presupone también una vida ordenada conforme al cuerpo eclesial para poder decir “Amén”. San Pablo insiste en que quien come el pan y bebe el vino del Señor indignamente, será reo del cuerpo y la sangre del Señor (1 Cor 11, 27).
San Agustín afirma que “el que te creó sin ti, no te salvará sin ti” (Sermo 169). Dios pide mi colaboración. Una colaboración que es también regalo suyo, pero que implica mi acogida de ese don.
Si las cosas fueran de otra forma, podríamos caer en la tentación de concebir la vida cristiana al estilo de las realidades automáticas. El perdón, por ejemplo, se convertiría en algo mecánico, casi en una exigencia, no en una petición que depende también de mí, pues yo la debo realizar. Yo iría, entonces, a la comunión sin el estado de gracia requerido y sin acercarme al sacramento de la Reconciliación. Daría incluso por sentado, sin ninguna evidencia para ello a partir de la Palabra de Dios, que este me concede privadamente el perdón de mis pecados para esa misma comunión. Este es un concepto falso de Dios, es tentar a Dios. Conlleva también un concepto falso del hombre, al minusvalorar lo que Dios puede suscitar en él.

Müller:Los católicos no tenemos que celebrar el 31 de octubre de 1517




30 marzo 2016


En el libro «Informe sobre la esperanza. Diálogo con el cardenal Gerhard Ludwig Müller», publicado por la BAC en España, el Prefecto de la Congregación para la Doctrina y la Fe asegura que la Iglesia Católica no tiene motivo alguno para celebrar el V Centenario del inicio del protestantismo.
 
El cardenal asegura que «estrictamente hablando, los católicos no tenemos ningún motivo para celebrar el 31 de octubre de 1517, es decir, la fecha que se considera como el inicio de la Reforma que condujo a la ruptura de la cristiandad occidental».
 
Y añade:
 
Si estamos convencidos de que la Revelación se ha conservado íntegra e inalterada a través de la Escritura y la tradición en la doctrina de la Fe, en los Sacramentos, en la constitución jerárquica de la Iglesia por derecho divino, fundada sobre el sacramento del Orden sagrado, no podemos aceptar que existan motivos suficientes para separarse de la Iglesia.
 
El Prefecto de Doctrina de la Fe explica que «los miembros de las comunidades eclesiales protestantes consideran este evento desde otra óptica, pues piensan que es la ocasión adecuada para celebrar el redescubrimiento de la «palabra pura de Dios», presuntamente desfigurada a través de la historia por tradiciones meramente humanas. Los Reformadores protestantes concluyeron hace quinientos años que algunos jerarcas de la Iglesia no solo eran moralmente corruptos, sino que habían distorsionado el Evangelio y, en consecuencia, habían bloqueado el camino de Salvación de los creyentes hacia Jesucristo. Para justificar la separación, acusaron al Papa, presuntamente la cabeza de este sistema, de ser el Anticristo».
 
Ecumenismo
 
El pupurado aborda la situación actual del ecumenismo con los protestantes:
 
¿Cómo progresar hoy con realismo en el diálogo ecuménico con las comunidades evangélicas? El teólogo Karl-Heinz Menke está en lo cierto cuando afirma que la relativización de la verdad y la adopción acrítica de las ideologías modernas son el principal obstáculo hacia la unidad en la verdad.
 
Y advierte:
 
En este sentido, una protestantización de la Iglesia católica desde un pensamiento secular sin referencia a la trascendencia no nos puede reconciliar con los protestantes ni tan siquiera puede permitir un encuentro con el Misterio de Cristo, pues en Él somos depositarios de una Revelación sobrenatural a la que todos nos debemos desde la completa obediencia del intelecto y de la voluntad (cf. «Dei Verbum», 5).
 
Valor de la Dominus Iesus
 
El cardenal alemán cree que «los principios católicos del ecumenismo, tal como fueron propuestos y desarrollados por el decreto del Concilio Vaticano II, siguen siendo plenamente válidos (cf. «Unitatis redintegratio», 2-4). Por otra parte, el documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe «Dominus Iesus», del Año santo del 2000, incomprendido por muchos e injustamente rechazado por otros, creo que es, sin ningún género de dudas, la carta magna contra el relativismo cristológico y eclesiológico de este momento de tanta confusión».

El Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe señala que «precisamente aquellos que hasta ahora no han mostrado ningún respeto por la doctrina de la Iglesia, ahora se sirven de una frase suelta del Santo Padre, «¿Quién soy yo para juzgar?», sacada de contexto, para presentar ideas desviadas sobre la moral sexual bajo una presunta interpretación del «auténtico» pensamiento in merito del Papa».
 
Y añade:
 
«La cuestión homosexual que dio pie a la pregunta realizada al Santo Padre, aparece ya en la Biblia, tanto en el Antiguo Testamento (cf. Gén 19; Dt 23,18s; Lev 18,22; 20,13; Sab 13-15) como en las cartas Paulinas (cf. Rom 1,26s; 1 Cor 6,9s), tratada como un asunto teológico (con los condicionamientos propios que comporta la historicidad de la Revelación)».
 
«De la Sagrada Escritura», explica el cardenal alemán, «se deriva el intrínseco desorden de los actos homosexuales, por no proceder de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. Se trata de una cuestión muy compleja, por las muchas implicaciones que han emergido con fuerza en los últimos años. En todo caso, la concepción antropológica que se deriva de la Biblia comporta unas ineludibles exigencias morales y, a la vez, un escrupuloso respeto por la persona homosexual. Dicha persona, llamada a la castidad y a la perfección cristiana mediante el dominio de sí mismo y a veces con el apoyo de una amistad desinteresada, vive una auténtica prueba, por lo que debe ser acogida con respeto, compasión y delicadeza, evitando todo signo de discriminación injusta» (Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2357-2359)».
 
«Sin embargo», añade el purpurado, «más allá del problema suscitado con la descontextualización de la mencionada frase del papa Francisco, pronunciada como un signo de respeto hacia la dignidad de la persona, me parece evidente que la Iglesia, con su Magisterio, está capacitada para juzgar la moralidad de determinadas situaciones. Esta es una verdad indiscutida: Dios es el único Juez que nos juzgará al final de los tiempos y el Papa y los obispos tienen la obligación de presentar los criterios revelados para este Juicio Final que ahora ya se anticipa en nuestra conciencia moral».
 
Interpretación subjetiva
 
El Prefecto de Doctrina de la Fe recuerda que «la Iglesia ha dicho siempre esto es verdadero, esto es falso y nadie puede interpretar en modo subjetivista los Mandamientos de Dios, las Bienaventuranzas, los Concilios, según sus propios criterios, su interés o incluso según sus necesidades, como si Dios fuera solo un trasfondo de su autonomía. La relación entre la conciencia personal y Dios es concreta y real, iluminada por el Magisterio de la Iglesia; la Iglesia goza del derecho y de la obligación de declarar que una doctrina es falsa, precisamente porque esa doctrina desvía a la gente sencilla del camino que conduce a Dios». La relación con Cristo sin conversión personal es imposible
 
El cardenal Müller indica un hecho histórico:
 
«Desde la Revolución francesa, los sucesivos regímenes liberales y los sistemas totalitarios del siglo XX, el objeto de los principales ataques ha sido siempre la concepción cristiana de la existencia humana y su destino. Cuando no se pudo vencer su resistencia, se permitió el mantenimiento de algunos de sus elementos pero no del cristianismo en su substancia, con lo que este dejó de ser el criterio de toda la realidad y se favorecieron las mencionadas posiciones subjetivistas.
 
Estas se originan en una nueva antropología no cristiana relativista que prescinde del concepto de verdad: el hombre de hoy se ve obligado a vivir perennemente en la duda. Más aún: la afirmación de que la Iglesia no puede juzgar situaciones personales se asienta sobre una falsedad soteriología, es decir, que el hombre es su propio salvador y redentor.
 
Sometiendo la antropología cristiana a este reduccionismo brutal, la hermenéutica de la realidad que de ella se deriva solo adopta aquellos elementos que interesan o convienen al individuo: algunos elementos de las parábolas, ciertos gestos bondadosos de Cristo o aquellos pasajes que lo presentarían como un simple profeta de lo social o un maestro en humanidad.
 
En cambio, se censura al Señor de la historia, al Hijo de Dios que invita a la conversión o al Hijo del Hombre que vendrá para juzgar a vivos y muertos. En realidad, este cristianismo simplemente tolerado queda vacío de su mensaje, olvidando que la relación con Cristo, sin la conversión personal, es imposible».

¿Basta con ir a Misa los domingos?


Jesús a Marga

Cuántas catequesis, cuántas reuniones y cuántas programaciones en vuestras Parroquias.

¡Y qué poca vida eucarística!

Jesús a Marga


Cómo los ángeles ayudaron a sta Faustina

Foros de la Virgen

Los ángeles suelen ayudar a una persona a desarrollar la espiritualidad de una manera invisible, sin embargo, a veces Dios permite que un alma elegida vea y escuche a sus siervos celestiales.

Este don de la familiaridad con los ángeles se le dio a Santa Faustina Kowalska, religiosa mística y vidente de la Divina Misericordia. Por 13 años pasó consolada y defendida por los ángeles que se convirtieron en sus mejores amigos. 

El confesor de Faustina, el padre Sopocko, escribió en su diario que ella tenía la devoción a los santos ángeles y que experimentó la presencia de su ángel de la guarda visiblemente.

UNA VIDA DE ‘GUERRA’ ANIMADA POR ÁNGELES

Al leer su diario, podemos tener la impresión de que Santa Faustina llevaba una vida fácil, porque se encontró con Jesús, la Virgen María y los ángeles místicamente.
Sin embargo, Santa Faustina dijo que tal convicción era engañosa porque siempre se dio cuenta de su miseria humana. La Santa luchó con sus debilidades cada día; apenas triunfaba sobre un defecto de carácter, cuando resultaba que era sustituido por diez fallas más. Santa Faustina no se desanimó ya que sabía que su vida no era un tiempo de paz, sino de guerra.

Los ángeles no tomaban decisiones por ella, ellos aparecieron como sus compañeros en sus viajes místicos al infierno, al purgatorio y al cielo. 

Después de las visiones que ella pidió a la Divina Misericordia, fue el doble de duro.
Cuando Dios designa ángeles a la gente, les presenta gracias indispensables necesarias para realizar las tareas. 
Santa Faustina tuvo la misión de transmitir un mensaje sobre la Divina Misericordia, el Señor le dijo:
“Yo bajé del cielo a la tierra por ustedes (…), he derramado mi sangre por ustedes, así que la gente no tenga miedo de conocerme (Diario, 1275).

Los ángeles le enseñaron a orar bien y a contemplar a Dios, ellos nunca aliviaron sus deberes, sino que la animaron a esforzarse y luchar con claras intenciones de acción.

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LOS ÁNGELES: AMIGOS EN EL CAMINO AL CIELO

Santa Faustina tuvo contacto con San Miguel Arcángel, un serafín y un querubín, un espíritu llamado “uno de los siete”, su ángel de la guarda y ángeles de la guarda de otras personas y de las iglesias.

En los momentos cruciales de su vida, ella siempre llamó por su ayuda. Sus amigos celestiales nunca le defraudaron, ya que no sólo la defendieron de los ataques demoníacos, sino también la consolaron en los momentos difíciles y le recordaron sobre el cumplimiento de sus deberes con amor también.
Trabajando en la Congregación en Cracovia como portera ella sintió miedo debido a los disturbios revolucionarios y a la actitud hostil de la sociedad hacia la Iglesia. En respuesta a su solicitud de protección de Dios le dijo:

Hija mía, en el momento en que te aproximaste a la puerta yo ordené a mi querubín protegerte. Ten calma, por favor.” (Diario, 1271)

Después de la conversación, ella vio al ángel que Dios le prometió.
Al tener tantos amigos celestiales, Santa Faustina trató de modelar su vida sobre la vida de Jesús crucificado. Ella solía decir que ella no envidiaba los ángeles porque ellos “sólo” adoraban a Dios, mientras que el Señor vivió en su corazón, como su sangre que circula en las venas a través de la Sagrada Comunión (Diario, 278).
Ella creía firmemente que los ángeles eran los cuidadores de las personas en su camino al cielo. También admiraba a Dios por sus Misericordia, gracias a la cual los primeros padres
“no fueron rechazados para siempre después del pecado original, como los ángeles caídos” (Diario, 1743).


LOS ÁNGELES: PARANGONES DE LA CONTEMPLACIÓN DE DIOS

Durante todos los días las meditaciones del alma de Santa Faustina la prepararon para cumplir la voluntad de Dios. A menudo ella le pidió la capacidad de entender la orden del Señor en el mundo material y espiritual, que le permitió buscar y amar el Bien. Cuando estaba en oración en el convento, ella llamaba a la intercesión de los ángeles pidiendo una vida celosa y una buena muerte.

Faustina conoció a su ángel de la guarda, por ejemplo, en un tren de Varsovia a Cracovia (Diario, 490). Tales “visitas” hicieron su fe más ardiente; ella realizó sus tareas en la cocina, la sala de cocción y en el jardín con el corazón lleno del amor. Los ángeles le aseguraron que a Dios realmente le gustaba la gente de trabajo, su alegría y su sufrimiento (Diario, 1312.)

Una vez su ángel guardián le pidió que orara por los moribundos, al otro día, él le pidió que rezara por una persona en particular. A la mañana siguiente se enteró de que la persona había muerto (Diario, 820). En ese sentido las palabras de Jesús sobre la alegría angélica debido a la conversión religiosa de un pecador se confirmaron en la vida de Faustina (Lucas 15,7).
Un jueves en la hora santa Sor Faustina se sintió mal, pero ella decidió no interrumpir sus oraciones, más tarde fue atacada por los demonios que estaban blasfemando y asustándola. Su ángel de la guarda apareció de inmediato y dijo: no tengas miedo, novia de mi Señor, porque no te pueden hacer ningún daño, sin su permiso (Diario, 419). La hermana Santa notó que su mirada era modesta y un rayo de fuego salió de su frente.
Su ángel de la guarda fue su guía en el purgatorio en una de sus visiones místicas, también. Santa Faustina vio un lugar velado lleno de almas sufriendo en el fuego, ellos le explicaron que el anhelo de Dios causaba su dolor (Diario, 20).
Sor Faustina contempló la Santa Misa; ella escribió que tenía miedo en el día en que no podía tomar el “Pan Angélico” (Diario, 1804). Cuando en el hospital se le informó que la Santa Comunión no le sería llevada por un sacerdote, ella se puso triste, pero espiritualmente se preparó para la visita del Señor y su deseo se hizo realidad – por los próximos 13 días tomó a Jesús en comunión de manos del serafín.

Estaba vestido con una túnica blanca, un alba transparente y estola; tenía un cáliz hecho de cristal cubierto con un velo transparente. (Diario, 1676)

Ella oyó un canto angelical acerca de su vida en el día en que ella no pudo asistir a la Santa Misa (Diario, 1202).
Santa Faustina contempló la Divina Misericordia, que le ayudó a soportar las dificultades de su vida. Ella vio un resplandor de gloria en los ángeles, se dio cuenta y luego imitó su humildad y adoración a Dios.

Cuánto merece ser amado Jesucristo por el amor que nos mostró

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“PRÁCTICA DEL AMOR A JESUCRISTO” de San Alfonso María de Ligorio

  Si alguno no ama al Señor, sea anatema. (I. Cor; XVI, 27)
Toda la santidad y perfección del alma consiste en amar a Jesucristo, Dios nuestro, sumo Bien y Salvador. El Padre—dice el propio Jesús—os ama porque vosotros me habéis amado. “Algunos—expone San Francisco de Sales—cifran la perfección en la austeridad de la vida, otros en la oración, quiénes en la frecuencia de sacramentos y quiénes en el reparto de limosnas; mas todos se engañan, porque la perfección estriba en amar a Dios de todo corazón.” Ya lo decía el Apóstol: Y sobre todas estas cosas, revestíos de la caridad, que es el. vínculo de la perfección La caridad es quien une y conserva todas las virtudes que perfeccionan al hombre; por eso decía San Agustín: “Ama, y haz lo que quieras”, porque el mismo amor enseña al alma enamorada de Dios a no hacer cosa que le desagrade y a hacer cuanto sea de su agrado.
¿Por ventura no merece Dios todo nuestro amor? Él nos amó desde la eternidad. Hombre, dice el Señor, mira que fui el primero en amarte. Aún no habías nacido, ni siquiera el mundo había sido creado, y ya te amaba yo. Te amo desde que soy Dios; desde que me amé a mí, te amé a ti. Razón tenía, pues, la virgencita Santa Inéscuando, al pretenderla por esposa un joven que la amaba y reclamaba su amor, le respondía: “¡Fuera, amadores de este mundo!; dejad de pretender mi amor, pues mi Dios fué el primero en amarme, ya que me amó desde toda la eternidad; justo es, por consiguiente, que a Él consagre todos mis afectos y a .nadie más que a Él.”
Viendo Dios que los hombres se dejan atraer por los beneficios, quiso, mediante sus dádivas, cautivarlos a su amor, y prorrumpió: “Con Cuerdas humanas los atraía, con lazos de amor”. Quiero obligar a los hombres a amarme con los lazos con que ellos se dejan atraer, esto es, con los lazos del amor, que no otra cosa son cuantos beneficios hizo Dios al hombre. Después de haberlo dotado de alma., imagen perfectísima suya y enriquecida de tres potencias, memoria, entendimiento y voluntad y haberle dado un cuerpo hermoseado con los sentidos, creó para él el cielo y la tierra y cuanto en ellos hay: las estrellas, los planetas, los mares, los ríos, las fuentes, los montes, los valles, los metales, los frutos y todas las especies de animales, a fin de que, sirviendo al hombre, amase éste a Dios en agradecimiento a tantos beneficios.“El cielo, la tierra y todas las cosas me están diciendo que te ame”, decíaSan Agustín. Señor mío, proseguía, todo cuanto veo en la tierra y fuera de ella, todo me habla y me exhorta a amaros, porque todo me dice que vos lo habéis creado por mí. El abate Raneé, fundador de la Trapa, cuando desde su eremitorio se detenía a contemplar las colinas, las fuentes, los regatillos, las flores, los planetas, los cielos, sentía que todas estas criaturas le inflamaban en amor a Dios, que por su amor las había creado.
También Santa María Magdalena de Pazzi, cuando cogía una hermosa flor, sentíase abrasar en amor divino y exclamaba: “¿Conque Dios desde toda la eternidad pensó en crear esta florecita por mí?”; así que la tal florecilla se trocaba para ella en amoroso dardo que la hería suavemente y unía más con Dios. A su vez, Santa Teresa de Jesús decía que, mirando los árboles, fuentes, riachuelos, riberas o prados, oía que le recordaban su ingratitud en amar tan poco al Creador, que las había creado para ser amado de ella. Cuéntase a este propósito que cierto devoto solitario, paseando por los campos, hacíasele que hierbezuelas y flores le salían al paso a echarle en cara su ingratitud para con Dios, por lo que las acariciaba suavemente con su bastoncito y les decía: “Callad, callad; me llamáis ingrato y me decís que Dios os creó por amor mío y que no le amo; ya os entiendo; callad, callad y no me echéis más en cara mi ingratitud.”
Mas no se contentó Dios con darnos estas hermosas criaturas, sino que, para granjearse todo nuestro amor, llegó a darse por completo a sí mismo: Porque asi amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo unigénito. Viéndonos el Eterno Padre muertos por el pecado y privados de su gracia, ¿qué hizo? Por el inmenso amor que nos tenía, o, como dice el Apóstol, por su excesivo amor, mandó a su amadísimo Hijo a satisfacer por nosotros y devolvemos así la vida que el pecado nos había arrebatado. Y, dándonos al Hijo—no perdonando al Hijo para perdonarnos a nosotros —, junto con el Hijo nos dió toda suerte de bienes, su gracia, su amor y el paraíso, porque todos estos bienes son ciertamente de más ínfimo precio que su Hijo.
Movido, además, el Hijo por el amor que nos tenía, se nos entregó completamente Y, para redimirnos de la muerte eterna y devolvernos la gracia divina y el paraíso perdido, se hizo hombre y se vistió de carne como nosotros. Y vimos a la majestad infinita como anonadada. El Señor del universo se humilló hasta tomar forma de esclavo y se sujetó a todas las miserias que el resto de los hombres padecen.
Pero lo que hace más caer en el pasmo es que, habiéndonos podido salvar sin padecer ni morir, eligió vida Trabajosa y humillada y muerte amarga e ignominiosa, hasta morir en cruz, patíbulo infame reservado a los malhechores.
¿por qué, pudiéndonos redimir sin padecer, quiso abrazarse con muerte de cruz? Para demostramos el amor que nos tenía. Nos amó, y porque nos amó se entregó en manos de los dolores, ignominias y muerte la más amarga que jamás hombre alguno padeció sobre la tierra.
Razón tenía el gran amador de Jesucristo, San Pablo, al afirmar: El amor de Cristo nos apremia, que equivalía a decir que le obligaba y como forzaba más a amar a Jesucristo, no tanto lo que por él había padecido, cuanto el amor con que lo había sufrido. 

Oigamos cómo discurre San Francisco de Salesacerca del citado texto: “Saber que Jesucristo, verdadero eterno Dios omnipotente, nos ha amado hasta querer sufrir por nosotros muerte de cruz, ¿no es sentir como prensados nuestros corazones y apretados fuertemente, para exprimir de ellos el amor con una violencia que cuanto es más fuerte, es tanto más deleitosa?” Y prosigue: “¿Por qué no nos abrazamos en espíritu a EL, para acompañarle en la muerte de cruz, ya que en ella quiso morir para nuestro amor?… Un mismo fuego consumirá al Creador y a su miserable criatura; mi Jesús es todo mío y yo todo suyo. Viviré y moriré sobre su pecho, y ni la muerte ni la vida serán poderosas para separarme de Él. ¡Oh amor eterno!, mi alma os busca y os elige para siempre. Venid, Espíritu Santo, e inflamad nuestros corazones en vuestro amor. ¡O amar o morir! ¡Morir y amar! ¡Morir a todo otro amor para vivir en el de Jesús y así no morir eternamente¡ y viviendo en nuestro amor eterno, ¡oh Salvador de las almas!, cantaremos eternamente: ¡Viva Jesús! ¡Yo amo a Jesús! ¡Viva Jesús, a quien amo! ¡Yo amo a Jesús, que vive y reina por los siglos de los siglos! Amén.
Tanto era el amor que Jesucristo tenía a los hombres, que le hacía anhelar la hora de la muerte para demostrarles su afecto, por lo que repetía: Con bautismo tengo que ser bautizado, y ¡qué angustias las mías hasta que se cumpla!  Tengo de ser bautizado con mi propia sangre, y cómo me aprieta el deseo de que suene pronto la hora de la pasión, para que comprenda el hombre el amor que le profeso. De ahí que San Juan, hablando de la noche en que Jesucristo comenzó su pasión, escribiera: Sabiendo Jesús que era llegada su hora de pasar de este mundo al Padre, como hubiese amado a los suyos…, los amó hasta el extremo. El Redentor llamaba aquella hora la suya, porque el tiempo de su muerte era su tiempo deseado, pues entonces quería dar a los hombres la postrer prueba de su amor, muriendo por ellos en una cruz, acabado de dolores.
Mas ¿quién fué tan poderoso que movió a Dios a morir ajusticiado en un patíbulo, en medio de dos malhechores, con tanto desdoro de su divina majestad? ¿Quién hizo esto?, pregunta San Bernardo, y se responde: Lo hizo el amor que no entiende de puntos de honra. ¡Ah!, que cuando el amor quiere darse a conocer, no hace cuenta con lo que hace a la dignidad del amante, sino que busca el modo de darse a conocer a la persona amada. Sobrada razón tenía, por lo tanto, San Francisco de Paula al exclamar ante un crucifijo: “¡Oh caridad, oh caridad, oh caridad!” De igual modo, todos nosotros, mirando a Jesús crucificado, debiéramos decir: ¡Oh amor, oh amor, oh amor!
Si no nos lo asegurara la fe, ¿quién hubiera jamás creída que un Dios omnipotente, felicísimo y señor de todo cuanto existe, llegara a amar de tal modo al hombre que se diría había salido como fuera de sí? “Vimos a la misma Sabiduría —dice San Lorenzo Justiniano—, es decir, al Verbo eterno, como enloquecido por el mucho amor que profesa a los hombres.”Igual decía Santa María Magdalena de Pazzi cuando, en un transporte extático, tomó una cruz y andaba gritando: “Sí, Jesús mío, eres loco de amor. Lo digo y lo repetiré siempre: Eres loco de amor, Jesús mío”. Pero no, diceSan Dionisio Areopagitano es locura, sino efecto natural del divino amor, que hace al amante salir de sí para darse completamente al objeto amado, “que éste es el éxtasis que causa el amor divino”.
¡Oh si los hombres se detuvieran a considerar, cuando ven a Jesús crucificado, el amor que le tuvo a cada uno de ellos! “Y ¿cómo no quedaríamos abrasados de ardiente celo—exclamaba San Francisco de Sales—a vista de las llamas que abrasan, al Redentor?… Y ¿qué mayor gozo que estar unidos a Él por las cadenas del amor y del celo?” San Buenaventura llamaba a las llagas de Jesucristo “llagas que hieren los más duros corazones y que inflaman en amor a las almas más heladas”. Y¡qué de saetas amorosas salen de aquellas llagas para herir los más puros corazones! Y ¡qué de llamas salen del corazón amoroso de Jesús para inflamar los más fríos corazones! ¡qué de cadenas salen de aquel herido costado para cautivar los más rebeldes corazones!
El Beato Juan de Ávila estaba tan enarmonado de Jesucristo, que en todos sus sermones no dejaba de predicar del amor que nos profesó, y en un tratado suyo sobre el amor de este amantísimo Redentor a los hombres, se expresa con tan encendidos afectos, que, por serlo tanto, prefiero transcribirlos. Dice así:“¡Oh amor divino, que saliste de Dios, y bajaste al hombre, y tornaste a Dios! Porque no amaste al hombre por el hombre, sino por Dios; y en tanta manera lo amaste, que quien considera este amor no se puede esconder de tu amor, porque haces fuerza a los corazones, como dice tu Apóstol: La caridad de Cristo nos hace fuerza… Esta es la fuente y origen del amor de Cristo para con los hombres, si hay alguno que lo quiera saber. Porque no es causa de este amor la virtud, ni bondad, ni la hermosura del hombre, sino las virtudes de Cristo, y su agradecimiento, y su gracia, y su inefable caridad para con Dios. Esto significan aquellas palabras suyas que dijo el jueves de la Cena: Para que conozca el mundo cuánto yo amo a mi Padre, levantaos y vamos de aquí. ¿Adonde? A morir por los hombres en la cruz…”
No alcanza ningún entendimiento angélico que tanto arda ese fuego ni hasta dónde llegue su virtud. No es el término hasta donde llegó, la muerte y la cruz; porque si, así como le mandaron padecer una muerte, le mandaran millares de muertes, para todo tenía amor. Y si lo que le mandaron padecer por la salud de todos los hombres le mandaran hacer por cada uno de ellos, así lo hiciera por cada uno como por todos. Y si, como estuvo aquellas tres horas penando en la cruz, fuera menester estar allí hasta el día del juicio, amor había para todo sí nos fuera necesario. De manera que mucho más amó que padeció; muy mayor amor le quedaba encerrado en las entrañas de lo que mostró acá defuera en sus llagas… 
¡Oh amor divino, y cuánto mayor eres de lo que padeces! Grande parece por acá defuera; porque tantas heridas y tantas llagas y azotes, sin duda nos predican amor grande; mas no dicen toda la grandeza que tiene, porque mayor es, allá dentro de lo que por fuera parece. Centella es ésta que sale de aquél fuego, rama que procede de ese árbol, arroyo que nace de ese piélago de inmenso amor. Esta es la mayor señal que puede haber de amor: poner la vida por sus amigos.
Esto es lo que les hace salir de sí (a los verdaderos hijos y amigos) y quedar atónitos cuando, recogidos en lo secreto de su corazón, les descubres estos secretos y se los das a sentir. De aquí nace el deshacerse y abrasarse sus entrañas; de aquí el desear los martirios; de aquí el sentir refrigerio en las parrillas y el pasearse sobre las brasas como sobre rosas; de aquí el desear los tormentos como convites, y holgarse de todo lo que el mundo teme, y abrazar lo que el mundo aborrece.
El alma —dice San Ambrosio— que está desposada con Jesucristo y voluntariamente se junta con El en la cama de la cruz, ninguna cosa tiene por más gloriosa que traer consigo las insignias y librea del Crucificada
Pues ¿cómo te pagaré yo Amador mío, este amor? Esto sólo es digno de recompensación, que la sangre se recompense con sangre… Véame yo con esa sangre teñido y con esa cruz enclavado. ¡Oh cruz, hazme lugar y recibe mi cuerpo y deja el de mi Señor!.., Para esto dice tu Apóstol moriste, para enseñorearte de vivos y muertos.
¡Oh robador apresurado y violento! ¿Qué espada será tan fuerte, qué arco tan recio y bien flechado, que pueda penetrar a un fino diamante? La fuerza de tu amor ha despedazado infinitos diamantes. Tú has quebrado la dureza de nuestros corazones. Tú has inflamado a todo el mundo en tu amor…¿Qué has hecho, Amor dulcísimo? ¿Qué has querido hacer en mi corazón? Vine para curarme, y ¡me has herido! Vine para que me enseñases a vivir, y ¡me haces loco! ¡Oh sapientísima locura, no me vea yo jamás sin Ti!
No solamente la cruz, más la misma figura que en ella tienes nos llama dulcemente a amor; la cabeza tienes reclinada para oírnos y darnos besos de paz, con la cual convidas a los culpados; los brazos tienes tendidos para abrazarnos, las manos agujereadas para darnos tus bienes, el costado abierto para recibirnos en tus entrañas, los pies clavados para esperarnos y para nunca te poder apartar de nosotros.
Más para alcanzar el verdadero amor de Jesucristo menester es emplear los medios a ello conducentes. He aquí lo que nos enseña Santo Tomás de Aquino:
   1° Tener continua memoria de los beneficios de Dios, tanto particulares como generales.
   2° Considerar la infinita bondad de Dios, que a cada instante nos tiene presentes para colmarnos de favores, y, al mismo tiempo que nos está amando, reclama también en retorno nuestro amor.
   3° Evitar con diligencia cuanto le desagrade, aun lo más mínimo.
  4° Despegar el corazón de los bienes terrenos: riquezas, honores y placeres de los sentidos.
Otro modo muy excelente para alcanzar el perfecto amor de Jesucristo nos lo brinda el padre Taulero, y consiste en meditar en la sagrada pasión.
¿Quién podrá negar que la pasión de Jesucristo sea la devoción de las devociones, la más útil, más querida de Dios, la que más consuela a los pecadores y la que mejor inflama las almas amantes? Y ¿por dónde nos vienen más gracias que por la pasión de Jesucristo? ¿Dónde se funda nuestra esperanza de perdón, la fortaleza contra las tentaciones y la confianza de alcanzar la salvación? ¿Dónde tienen su fuente tantas sobrenaturales inspiraciones, tantas llamadas amorosas, tantos impulsos a mudar de vida y tantos deseos de darnos a Dios, sino en la pasión de Jesucristo? Sobrada razón tenía, por tanto, el Apóstol cuando lanzaba anatema contra quien no amase a Jesucristo: Si alguno no ama al Señor, sea anatema.
Dice San Buenaventura que no hay devoción más apta para santificar el alma que la meditación de la pasión de Jesucristo, por lo que nos aconseja que meditemos a diario en ella si deseamos adelantar en el divino amor. Y ya antes dijo San Agustín, según refiere Benardino de Bustis, que vale más una lágrima derramada en memoria de la pasión que ayunar una semana a pan y agua. De ahí que los santos siempre estuviesen meditando los dolores de Jesucristo. 

San Francisco de Asís llegó de este modo a ser un serafín. Hallóle cierto día un caballero gimiendo y gritando, y, preguntada la razón, respondió: “Lloro los dolores e ignominias de mi Señor, y lo que más me hace llorar es que los hombres no se recuerdan de quien tanto padeció por ellos.” Y a continuación redobló las lágrimas, hasta el extremo de que el caballero prorrumpió también en sollozos. Cuando el Santo oía balar a un corderillo o veía cualquier cosa que le renovara la memoria de los padecimientos de Cristo, renovábanse lágrimas y suspiros. En una de sus enfermedades hubo quien le insinuó que si quería le leyesen algún libro devoto, y respondió: “Mi libro es Jesús crucificado”, por lo que continuamente exhortaba a sus hermanos que pensaran siempre en la pasión de Jesucristo.
Tiépolo escribe: “Quien no se enamora de Dios contemplando a Jesús crucificado, no se enamorará jamás.”
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Cómo progresar en la oración


2 El verdadero Maestro de oración es el Espíritu Santo, al que se debe acudir si se quiere progresar en ella. También hay que acudir a la Virgen María, insigne maestra de oración, en cuanto que ella fue, a la vez, la mejor y más fiel oyente de la Palabra y la más generosa y amante en la respuesta —Hágase en mí según tu palabra—; además la meditó como nadie en su corazón —María conservaba estas cosas en su corazón—, y fue la que estuvo más cerca de su Hijo y del Espíritu de su Hijo.



3 La oración surge de la necesidad que Dios ha querido sentir de hablar con nosotros y de la que nosotros sentimos de hablar con Dios. Hablar es una forma de comunicarse, pero en este caso se trata de una comunicación que es, sobre todo, efusión de amor hacia el amado. 


4 En realidad la oración es una forma peculiar de hacer consciente, y de intensificar, la vida de intimidad entre Dios y el hombre. Es el amor divino–humano hecho intimidad consciente para el hombre. Por supuesto, sin comunicación entre los que se aman no puede haber amor, lo cual vale también para lo que ocurre entre Dios y el hombre.

5 En la Trinidad, el Padre se dice a sí mismo lo que es en una sola Palabra, a la cual ama en un Amor que se identifica con la respuesta con que es correspondido y que es el Espíritu Santo. Pues bien, la oración es la prolongación ad extra, en el hombre, del diálogo trinitario. En ella se actualiza, de un modo singular, el hecho de que el hombre haya sido admiti- do, como participante, al diálogo de amor, eterno e inefable, que tiene lugar en el seno de la Trinidad. 


 P Alfonso Gálvez 

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