domingo, 31 de julio de 2016

Importantes consecuencias de llevar sotana/clergyman



El uso de la sotana sólo tiene sentido en la medida en que marca una distinción con el traje civil. No se trata de una cuestión de decencia, sino de la necesidad de distinguir al clérigo o al religioso por su vestimenta. Es evidente que esta distinción se orienta en el sentido de la modestia, la discreción y la pobreza, y no en el sentido contrario. Es obvio que la peculiaridad de la vestimenta debe suscitar el respeto, y hacer recordar el desprendimiento de las vanidades del mundo.

Conviene insistir sobre todo en la primera condición, que es la identificación del clérigo, del sacerdote o religioso, a igual título que el militar, el agente de policía o de tránsito. Esta idea se manifiesta en todas las religiones. El jefe religioso es fácilmente reconocible por su vestimenta, y, a menudo, por sus acompañantes. Los fieles otorgan importancia a estas señales distintivas. Se distingue prontamente a un jefe musulmán. Las señales distintivas son múltiples: los trajes finos, los anillos, los collares, el séquito, muestran que se trata de una persona particularmente importante y respetada. Así ocurre en todo el Oriente cristiano, católico o no.
El sentimiento muy legítimo del pueblo fiel es, sobre todo, el respeto por lo sagrado, y, además, el deseo de recibir las bendiciones celestiales por medio de sus ministros en toda ocasión legítima. [...]
Es, pues, importante que nos formulemos la pregunta siguiente: ¿Es deseable, sí o no, que el sacerdote se distinga y sea reconocible entre los fieles y seglares o, al contrario, es deseable –con miras a la eficacia del apostolado actual– que el sacerdote ya no se distinga de los laicos?


Razones de la vestimenta eclesiástica.

A esta pregunta responderemos con la concepción del sacerdote según Nues- tro Señor y los Apóstoles, considerando los motivos que nos da el Evangelio para saber si todavía tienen validez hoy en día.

Nuestro Señor dice en el Evangelio de San Juan: «Si fueseis del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, sino que yo os elegí del mundo, por esto el mundo os aborrece» (15 19); «vosotros también daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo» (15 27).
San Pablo, a su vez, dice a los Hebreos: «Todo pontífice, asumido de entre los hombres, es constituido en favor de los hombres en orden a las cosas que miran a Dios...» (5 1).
Resulta evidente, pues, que el sacerdote es un hombre elegido y distinguido entre los demás. San Pablo dice a propósito de Nuestro Señor que es «apartado de los pecadores» (Heb. 7 26). Así debe ser el sacerdote, que ha sido objeto de una elección particular por parte de Dios.

Habría que añadir a esta primera consideración la del testimonio de Dios Nuestro Señor, que debe rendir el sacerdote frente al mundo. «Y seréis mis testigos...» (Hech. 1 8). Nuestro Señor repite a menudo el concepto del testimonio. Así como El da testimonio de Su Padre, nosotros debemos dar testimonio de El.
Este testimonio debe ser visto y entendido sin dificultad por todos: «No se enciende una lámpara y se la pone bajo el celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a cuantos hay en la casa» (Mt. 5 15).

El testimonio de la palabra, que, sin duda, pertenece más a la esencia del sacerdote que el testimonio de la vestimenta, se ve facilitado, sin embargo, por la manifestación clarísima del sacerdocio que constituye el uso de la sotana.
Por lo que al clergyman se refiere, ya es más equívoco. No señala claramente el sacerdocio católico. En cuanto al traje civil, suprime toda distinción y hace mucho más difícil el testimonio, menos eficaz la defensa contra el mal.
Por todo lo dicho, la eliminación de todo testimonio por la vestimenta aparece claramente como una falta de fe en el sacerdocio, un desprecio del sentido religioso en el prójimo y, además, una cobardía, una falta de valor en las propias convicciones.

Una falta de fe en el sacerdocio.

El laicismo ha invadido todo, hasta nuestras escuelas libres y nuestros seminarios menores. La práctica religiosa disminuye en la sociedad civil y en todas esas instituciones, y en ellas se comulga cada vez menos.page2image25944
El sacerdote que vive en una sociedad de ese tipo tiene cada vez más la im- presión de ser ajeno a dicha sociedad, de crear una molestia, de ser testigo de un pasado perimido y definitivamente terminado. Su presencia es apenas tolerada. Esa es, al menos, la impresión que suelen tener los sacerdotes jóvenes. De ahí el deseo de enrolarse en el mundo secularizado, descristianizado, deseo que se traduce hoy por el abandono de la sotana.
Estos sacerdotes ya no tienen noción exacta del lugar que el sacerdocio ocupa en el mundo y frente al mundo. Han viajado poco y juzgan tales cosas superficialmente. Si hubieran permanecido algún tiempo en países menos ateos, se hubieran edificado al comprobar que la fe en el sacerdocio es todavía, gracias a Dios, muy viva en la mayoría de los países del mundo.

Un desprecio del sentido religioso del prójimo.

El laicismo, digamos el ateísmo oficial, ha suprimido de un solo golpe muchas relaciones sociales, así como los temas de conversación sobre la religión. La religión se ha vuelto una materia estrictamente personal, y un falso respeto humano la ha relegado al plano de una cuestión de consciencia. Existe, pues, en todo el medio humano así secularizado, una falsa vergüenza cuyo resultado es eludir ese tema de conversación.
Por eso se supone gratuitamente que aquellos con quienes mantenemos rela- ciones de negocios o fortuitas son arreligiosos.


Es verdad, por desgracia, que muchas personas en algunos países ignoran todo lo referente a la religión; pero aun así, sería un error pensar que esas perso- nas ya no tienen ningún sentimiento religioso y, sobre todo, sería un error creer que todos los países del mundo se asemejan en ese aspecto.

Aquí también los viajes nos enseñan muchas cosas y nos muestran que, en general, los hombres están todavía, gracias a Dios, muy preocupados por la cuestión religiosa.
No se conoce bien el alma humana si se la cree indiferente a las cosas del espíritu y al deseo de las cosas celestiales. En realidad, sucede todo lo contrario.

Una cobardía.

Ante el laicismo y el ateísmo, la actitud de conformismo total es una capitu- lación que elimina los últimos obstáculos a su difusión.
El sacerdote, por su sotana y por su fe, es una predicación viva. La ausencia aparente de todo sacerdote, sobre todo en una gran ciudad, supone un grave retroceso en la predicación del evangelio. Es la continuación de la obra nefasta de la revolución, que saqueó las iglesias, promulgó las leyes de separación de Iglesia y Estado, expulsó a religiosos y religiosas, y secularizó las escuelas. Es renegar del espíritu del Evangelio, que nos predice que el sacerdote y los discípulos de Nuestro Señor tendrán que sufrir los ataques del mundo.

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Conclusión.

Esas tres comprobaciones, que tienen gravísimas consecuencias en el alma del sacerdote que se seculariza, arrastran las almas de los fieles hacia una rápida secularización.
El sacerdote es la sal de la tierra. «Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvirtúa... para nada aprovecha ya, sino para tirarla y que la pisen los hombres» (Mt. 5 13).
Por desgracia, ¿no se exponen a eso en todo momento aquellos sacerdotes que ya no quieren mostrarse como tales? El mundo, lejos de amarlos, los des- preciará. Los fieles, por su parte, se sentirán dolorosamente afectados por no saber ya a quién acudir. La sotana era una garantía de la autenticidad del sacerdocio católico.


† MARCEL LEFEBVRE
11 de febrero de 1963, fiesta de Nuestra Señora de Lourdes 

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