1er. encuentro de Jesús con Iscariote y Tomás

(1-17-324).- De la obra de María Valtorta

 El leproso es curado de la lepra.- ■ Jesús está con sus seis discípulos; ni ayer ni hoy he visto a Judas Tadeo, que también había dicho que quería venir a Jerusalén con Él. Deben estar aún en las fiestas de Pascua, porque hay mucha gente por la ciudad de Jerusalén. Ya se acerca el atardecer y muchos se dirigen presurosos a sus casas. También Jesús se dirige a la casa donde se hospeda. No es la del Cenáculo —que está más en la ciudad, aunque en las afueras—. Ésta es una casa de campo en el pleno sentido de la palabra, entre tupidos olivos. Desde la pequeña y agreste explanada que tiene delante, se ven descender colina abajo, en escalones, los árboles, deteniéndose a la altura de un riachuelo escaso de agua, que discurre por el valle situado entre dos colinas poco altas; en la cima de una de las colinas está el Templo; en la otra colina, sólo olivos y más olivos. Jesús está en la parte baja de la ladera de esta colina que sube sin asperezas: serenos árboles, todo manso. 


■ Un hombre anciano que tal vez sea el agricultor o el propietario del olivar y conocido de Juan, le dice a éste: “Juan, hay dos hombres que esperan a tu amigo”. Juan: “¿Dónde están? ¿Quiénes son?”. Anciano: “No lo sé. Uno, sin duda, es judío. El otro… no sabría decirte. No se lo he preguntado”. Juan: “¿Dónde están?”. Anciano: “Están esperando en la cocina… y… sí… bueno… hay también uno lleno de llagas… Le he dicho que se estuviera allí porque… no quisiera que estuviera leproso… Dice que quiere ver al Profeta que ha hablado en el Templo”. Jesús, que hasta ese momento había guardado silencio, dice: “Vayamos primero a éste. Diles a los otros que si quieren venir, que vengan. Hablaré con ellos aquí en el olivar” y se va donde había señalado el anciano. Pedro pregunta: “Y nosotros ¿qué hacemos?”. Jesús: “Venid si queréis”. 

■ Un hombre todo cubierto y embozado está pegado al pequeño, rústico muro, que sostiene un escalón del terreno, el más cercano al límite de la propiedad. Cuando ve que Jesús viene a él, grita: “¡Atrás! ¡Atrás! ¡Pero ten piedad!”. Y descubre su tronco, dejando caer el vestido. Si la cara está cubierta de costras, el tronco es un entretejido de llagas: unas ya convertidas en agujeros profundos, otras simplemente como rojas quemaduras, otras blanquecinas y brillantes como si tuviesen encima un cristalito blanco. Jesús: “¡Eres leproso! ¿Para qué me quieres?”. 

Leproso: “¡No me maldigas! ¡No me tires piedras! Me han contado que la otra tarde te has manifestado como Voz de Dios y Portador de su Gracia. Me han dicho que Tú has afirmado que al alzar tu Señal sanas cualquier enfermedad. ¡Levántala sobre mí! ¡Vengo de los sepulcros… desde allá! Me he arrastrado como una serpiente entre los arbustos del riachuelo para llegar sin ser visto. He esperado a que anocheciera para hacerlo, porque en la penumbra se me identifica menos. Me he atrevido… encontré a éste, al buen amo de la casa. No me ha matado y solo me ha dicho: «Espera junto al muro». Ten piedad, Tú también”. 

Y dado que Jesús se acerca, Él solo, pues los seis discípulos y el dueño del lugar, con los dos desconocidos, se han quedado lejos y muestran claramente repulsa, dice de nuevo: “¡No más adelante!… ¡No más!… ¡Estoy infectado!”. 

Pero Jesús avanza. Le mira con tanta piedad, que el hombre se pone a llorar y se arrodilla con la cara casi sobre el suelo y solloza: “¡Tu Señal! ¡Tu Señal!”. 

Jesús: “Será levantada en su hora. Pero a ti te digo: ¡Levántate! ¡Cúrate! ¡Lo quiero! Y sé para Mí testigo en esta ciudad que debe conocerme. Y no peques más en reconocimiento hacia Dios”. 

El hombre se levanta poco a poco. Parece como si emergiese de una tumba… y está curado. Grita: “¡Estoy limpio! ¡Oh!, ¿qué debo hacer ahora yo por Ti?”. 

Jesús: “Obedecer a la Ley. Ve al sacerdote. Sé bueno en el porvenir. ¡Ve!”. El hombre hace un movimiento de arrojarse a los pies de Jesús, pero se acuerda de que está todavía impuro según la Ley (1) y se detiene. Eso sí, se besa la mano y manda con ella el beso a Jesús, y llora de alegría.

* Judas de Keriot y Tomás quieren seguir a Jesús. “Judas, es mejor sopesarse a sí mismo antes de emprender un camino muy escarpado… sólo el que sabe querer con todas sus fuerzas resiste”.- ■ Los otros parecen como petrificados. J


esús vuelve la espalda al curado y, con la sonrisa en los labios, los hace volver en sí, diciendo: “Amigos, no era más que una lepra de la carne, vosotros veréis caer la lepra de los corazones. ¿Sois los que me buscabais?” pregunta a los dos desconocidos. 

“Aquí estoy. ¿Quiénes sois?”. “Te oímos la otra tarde… en el Templo. Te habíamos buscado. Uno que se dice ser tu pariente, nos dijo que estabas aquí”. Jesús: “¿Por qué me buscáis?”. “Por seguirte, si quieres, porque has dicho palabras de verdad”. 

Jesús: “¿Seguirme? ¿Pero sabéis hacia dónde voy?”. “No, Maestro, pero ciertamente que a la gloria“. 

Jesús: “Sí, pero no a una gloria de la tierra sino a la que tiene su asiento en el Cielo y que se conquista con la virtud y sacrificios. ¿Por qué queréis seguirme?” vuelve a preguntar. “Para tener parte en tu gloria”. 

Jesús: “¿Según el Cielo?”. “Sí, según el Cielo”. Jesús: “No todos pueden llegar porque Satanás acecha, más que a los demás, a los que desean el Cielo y sólo el que sabe querer con todas sus fuerzas resiste. ¿Por qué seguirme, si seguirme quiere decir lucha continua con el enemigo que es Satanás?”. 

“Porque así quiere nuestro corazón, que ha quedado conquistado por Ti. Tú eres santo y poderoso. Queremos ser tus amigos”. 

Jesús: “¡¡¡Amigos!!!”… 

■ Jesús se calla y suspira. Después mira fijamente al que siempre ha estado hablando y que ahora ha dejado de caer el manto pequeño de la cabeza que está rapada. Es Judas de Keriot. 

Jesús: “¿Quién eres tú, que hablas mejor que uno del pueblo?”. 

Iscariote: “Soy Judas de Simón. Soy de Keriot. Pero soy del Templo… o… estoy en el Templo. Espero y sueño en el Rey de los Judíos. Te he visto que eres Rey en la palabra. Rey te he visto en el gesto. Tómame contigo”. 

Jesús: “¿Tomarte?… ¿Ahora?… ¿Inmediatamente?… ¡No!”. 

Iscariote: “¿Por qué, Maestro?”. 

Jesús: “Porque es mejor sopesarse a sí mismo antes de emprender un camino muy escarpado”.  

Iscariote: “¿No te fías de mi sinceridad?”. 

Jesús: “¡Lo has dicho! Creo en tu impulso, pero no creo en tu constancia. Piénsalo bien, Judas. Por ahora me voy, y volveré para Pentecostés. Si estás en el Templo, podrás verme. ¡Sopésate a ti mismo!… 

■ y tú, ¿quién eres?” pregunta al otro desconocido. Éste le responde: “Otro que te vio. Querría estar contigo. Pero ahora siento temor”. 

Jesús: “¡No! La presunción es perdición. El temor puede ser obstáculo, pero si procede de humildad, es una ayuda. No tengas miedo. También tú piénsalo y cuando vuelva…”. 

El desconocido le interrumpe: “Maestro, ¡eres santo! Tengo miedo de no ser digno. No de otra cosa. Porque respecto a mi amor no temo…”. 

Jesús: “¿Cómo te llamas?”. Responde: “Tomás y de sobrenombre Dídimo”. Jesús: “Recordaré tu nombre. Ve en paz”. Jesús los despide y se retira a la casa donde se hospeda, para la cena.


“¿Por qué has hecho tanta diferencia entre los dos?”.- “Quiero que se me llame el Hijo del hombre”.- ■ Los seis que están con Él quieren saber muchas cosas. Juan pregunta: “¿Por qué has hecho tanta diferencia entre los dos, Maestro?… ¿Por qué tanta diferencia?… Ambos tenían el mismo impulso…”. 


Jesús: “Amigo, un impulso, aun siendo el mismo, puede tener distintos orígenes y producir distintos efectos. Ciertamente los dos tienen el mismo impulso. Pero el uno no es igual al otro en el fin, y el que parece el menos perfecto es el más perfecto, porque no tiene el acicate de la gloria humana. Me ama porque… me ama”. 

Todos ellos unánimes gritan: “¡También yo!”. “¡Y también yo!”. “¡Y yo!”… “¡Y yo!”… “¡Y yo!”… “¡Y yo!”. 

Jesús: “Lo sé. Os conozco por lo que sois”. Discípulos: “¿Somos por lo tanto perfectos?”. 

Jesús: “¡Ah, no! Pero, como Tomás lo seréis si permanecéis en vuestra voluntad de amor. ¿Perfectos?… 

■ ¿Quién es perfecto sino Dios?”. Discípulos: “Tú lo eres”. Jesús: “En verdad os digo que no por Mí soy perfecto, si creéis que soy un profeta. Ningún hombre es perfecto. Pero Yo soy perfecto porque el que os habla es el Verbo del Padre. Sale de Dios su Pensamiento que se hace Palabra. Tengo la perfección en Mí. Y como tal me debéis creer, si creéis que soy el Verbo del Padre. 

Y, no obstante, a pesar de todo lo que estáis viendo amigos, Yo quiero que se me llame el Hijo del hombre, porque me aniquilo al tomar sobre Mí todas las miserias del hombre para llevarlas —mi primer patíbulo— y anularlas después de haberlas llevado, ¡sin ser mías! («llevarlas», no «tenerlas»). ¡Qué peso, amigos! Mas lo llevo con alegría. Es una alegría para Mí llevarlo porque, siendo Yo, el Hijo del hombre, haré del hombre un hijo de Dios como el primer día. Como el primer día”. 

Jesús está hablando con dulzura, sentado a la pobre mesa, gesticulando serenamente con las manos sobre la mesa, el rostro un poco inclinado, iluminado de abajo a arriba por la lamparita de aceite que está colocada sobre la mesa. La sonrisa da expresión al rostro de Jesús. Cuando enseña es majestuoso, pero al mismo tiempo amigable en su trato. Los discípulos le escuchan atentos.

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