sábado, 22 de octubre de 2016

La Tierra es exilio y campo de lucha

Jesús a Ottavio Michelini, sacerdote, Italia 1975

Yo soy el fuego

Hijo, cuántas veces en los precedentes mensajes no te he hablado de nubes que cubren mi Iglesia, en oscuridad profunda.  No lo hecho por casualidad.

En otras ocasiones te he dicho que el Amor se puede comparar con un brasero ardiente, capaz de transformar y de comunicar a otras cosas de naturaleza diversa (ver el hierro de por sí frío y oscuro), la propia natura­leza que desprende fulgor y calor. Un pedazo de hierro puesto en un brasero, abrasa como el fuego, resplandece como el fuego y produce los efectos del fuego.
Yo soy el fuego venido a la tierra para incen­diar las almas con mi amor, para compenetrarlas con mi  vida divina. 

Sobre este fuego no es agua lo que se arroja para apagarlo sino toda la porquería, la inmundicia, y toda la oscuridad que hay en la mente de quien es tinieblas y pecado, que es odio y rebelión.
¿Qué queda del brasero ardiente sobre el que se arroja el agua? Pocos carbones negros y humeantes. La mona de Dios todo hace y todo realiza en oposición a Dios Creador, a Dios Redentor, a Dios Santificador.

He venido a la tierra para traer el fuego de mi Amor, para comunicar a las almas el calor y el esplendor de mi Amor divino y hacer de los hombres, esclavos, hijos de Dios, hermanos míos herederos Conmigo de la gloria del Pa­dre.
Satanás que nada ha perdido de la potencia con la que fue dotado ni de su libertad natural, continuamente esta inclinado a una obra de transformación de las almas en tizones negros y humeantes, herederos con él de las penas eternas del Infierno.

Hijo mío, no se quiere comprender que la presencia del hombre en la tierra está en orden a la vida eterna, que la tierra es exilio y campo de una lucha, no querida por Dios sino por el odio, por la envidia y la rivalidad de Satanás y de sus diabólicas legiones.

Su designio ahora se podría decir que lo ha logrado. Es el de convencer a los hombres de su no-existencia y  mantener en letargo a obispos y sacerdotes, tanto de no advertir las contradicciones en que están sumer­gidos.
Pero la última palabra la dirá la Madre mía y vuestra que aplastará de nuevo con su pié la cabeza de la mal­dita Serpiente.
Un despertar a la fe, a la visión realista y trágica de las contradicciones en las que se vive, un retorno a un sin­cero arrepentimiento, podría detener el alud en marcha.  ¿No irán todavía la oscuridad, la presunción y el orgullo a vencer?...

Ninguno se engañe

Grítalo fuerte, hijo: ninguno se haga ilusiones, los días están contados. Ay de aquellos que se hagan sordos e insensibles a mis llamadas.  Demasiada resistencia han opuesto a mi Misericor­dia.

Es tiempo de revisión, es tiempo de poner la segur a la raíz, es tiempo de sacudirse el letargo, es tiempo de bajar al campo y presentar batalla contra el infer­nal Enemigo.

Yo he vencido a Satanás, Yo he vencido al mundo, Yo he vencido a la muerte.
Hijos míos, ¡valor!, La hora es grave, pero unidos a Mí, unidos entre vosotros, podéis salvaros.

Es la última posibilidad que se os ofrece. Los medios no os faltan y más que válidos para frenar, detener y delimitar el arrogante avance del Ene­migo.

Te bendigo. Ofréceme tus tribulaciones: me pagarán por la necia e insensata obstinación de tantas almas consa­gradas a Mí.


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