La belleza de María, imposible describirla


Javier Navascués

Escrito por Javier Navascués

Santa Bernadette Soubirous tuvo la dicha de contemplar la incomparable belleza de la Santísima Virgen. Al no poder describirla, por la limitación del lenguaje humano, dijo: “Es tan hermosa que cuando se le ha visto, aunque sea una vez, quisiera una morirse para volver a verla”. Cuentan sus biógrafos que cuando la santa intentaba imitar la sonrisa y expresión de la Virgen, su rostro se volvía bellísimo y angelical, causando gran asombro en los presentes.
Celebramos con gozo una gran solemnidad mariana en honor a su Inmaculada Concepción. El dogma de fe declara que, por una gracia especial de Dios, Ella fue preservada de todo pecado desde su concepción. Fue proclamado por el Papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854, en su bula Ineffabilis Deus. Siglos antes en España ya existía una gran devoción a la Inmaculada.
La Virgen no tiene mácula de pecado. Es bella sin parangón porque Dios la preservó de toda fealdad y corrupción, consecuencia del pecado original. Algunos santos veían el auténtico aspecto, terrorífico y hediondo, de las almas que no estaban en gracia. No hablemos más de la fealdad del pecado. Cantemos la belleza de Aquella concebida sin pecado, que aplastó la cabeza a la sierpe infernal. Meditemos sobre su belleza, no sólo la interior, manantial de todas las virtudes, sino sobre su belleza física indescriptible. Limitados para comprender misterios tan inefables vamos a hacerlo a través de los santos, los que mejor han expresado su hermosura.
El historiador D. Rafael María Molina, gran devoto de la Virgen, comparte con nosotros las principales reflexiones de los santos en torno a la belleza de Nuestra Madre del Cielo.
¿Por qué es tan difícil describir la belleza de María?
Porque es un osado propósito hablar con lenguaje humano sobre la exquisita hermosura de la Virgen María. En este punto se detiene la lengua y se frena la escritura. Porque no es posible expresar algo tan sublime, que no se puede comprender con nuestro limitado entendimiento. No obstante, algo hemos de decir, como niños pequeños, si deseamos bosquejar el retrato y álbum de las perfecciones de la Virgen. Sus admirables virtudes realzan todavía más la hermosura de su naturaleza y de sus gracias y son las joyas con que se adorna.
Santo Tomás de Aquino, el doctor angélico, insiste en el principio de que cuanto más cerca está una cosa de su origen tanto más participa de su bondad, de su verdad y de su hermosura soberana. En virtud de esta enseñanza, queda claro, que la Madre de Dios es la criatura más cercana a la Divinidad, más emparentada con la Trinidad Beatísima y por eso le convenían todas las perfecciones, incluida la belleza exterior. Además la Santísima Virgen conservaba toda la hermosura, que nos está privada a los demás por el pecado original. Y todavía la aumentó inmensamente con la gracia de su Inmaculada Concepción.
¿Por qué convenía que la Virgen fuese bella, no sólo espiritual, sino físicamente? 
Porque el cuerpo de la Virgen fue ordenado para que preparara carne divinísima al Verbo de Dios. Por ello convenía que su cuerpo estuviera perfectísimamente formado y que la materia fuera la idónea para obra tan grande como la que se había de edificar. Cristo, careciendo de padre terreno, fue totalmente semejante a su Madre con la lógica diferenciación de sexos. Afirma Santo Tomás de Villanueva que Cristo fue enteramente parecido a su Madre no sólo en el aspecto sino en las costumbres, palabras y porte.
San Antonino dice al respecto: “La Santísima Virgen tuvo una apariencia óptima y una complexión corporal perfectísima”. El alma de María, adornada con las más excelentes dotes, exigía un cuerpo exquisito en el que se reflejara la plenitud de la Gracia que había recibido.
Explica el padre Alastruey que Dios al formar al primer hombre tenía en su mente a Cristo, cuyo origen tenía que venir de Adán. Tertulianoimagina a todo un Dios ocupado y consagrado con manos, sentido, obra y sabiduría trazando los rasgos de la Virgen y el afecto con que lo hacía. Si Dios formó con tal cuidado el cuerpo de Adán porque de él, después de muchas generaciones, tomaría carne el Verbo, mucho más cuidado, consejo, providencia y afecto habría de tener en la formación del cuerpo y del rostro de María, de la cuál iba a nacer en una única generación.
¿Cómo describen los santos teólogos la belleza de María, irradiación de sus virtudes?
Todos los teólogos santos han sido muy devotos de María y serían interminables las referencias a su belleza y hermosura en todos los órdenes. A modo de pincelada podemos citar algunas:
San Ambrosio escribió un excelente retrato sobre la hermosura de la Virgen: “Nada de sombrío ni de duro en su mirada; ni el más mínimo atisbo de orgullo en su gesto ni en su forma de caminar. Nada de inmoderado en sus palabras ni en el tono de su voz. En todos sus movimientos había algo tan sublime que al andar parecía no tanto apoyarse sobre la tierra, como ascender a cada paso un nuevo peldaño de la perfección”.
Santo Tomás de Villanueva expresó con precisión otra de las condiciones de la belleza de nuestra Santísima Madre: “La pura Inmaculada Virgen hacía vírgenes a los que la miraban: era una virginidad fecunda en virginidades” 
Lo mismo expresó San Buenaventura, quien recibió esta doctrina de su maestro Alejandro de Arles, quien enseñaba: “La Bienaventurada Virgen por su solo aspecto extinguía en los que la miraban toda impresión de concupiscencia”. San Ambrosio escribió: “Tan grande era su gracia que no sólo conservaba en ella la flor de su virginidad, sino que inspiraba también a todos los que se acercaban, el amor de la castidad. Como Ella visitó a San Juan Bautista, no es extraño que este dichoso Niño quedase puro de cuerpo, pues que la Madre del Señor le había embalsamado durante 3 meses con el aceite de su presencia y el perfume de su hermosura”.
San Juan Damasceno abundó en la misma idea: “¿Cómo describiré la belleza de vuestro rostro, vuestra dulce alegría y conversación amable que emana de un corazón todo bondad?”
San Francisco de Sales ponderaba la belleza de la Virgen llamándola aurora del día eterno: “Ayer me di cuenta de la dicha de ser hijo, aunque indigno de nuestra gloriosa Madre, estrella del Mar, hermosa como la luna”.
¿Cómo la describen los santos que han tenido el privilegio de haberla visto en vida así como los videntes de las apariciones reconocidas por la Iglesia?
Lucía de Fátima la describió así: “Llevaba un vestido blanco que le llegaba casi hasta los pies. Le cubría la cabeza un manto blanco y de la misma largura. Su vestido tenía dos cordones dorados que caían del cuello y se juntaban en una borla dorada a la altura de la cintura. La edad que representaba era de unos 15 años. El resplandor que la envolvía era muy brillante y más bonito que la luz del sol. Sus pies eran de color blanco, creo que llevaba medias”.
Maximino Giraud y Melanie Mathieu (los niños de la Salette): “La Señora era alta y de apariencia majestuosa. Tenía un vestido blanco con un delantal ceñido a la cintura, no se podría decir que era de color dorado pues estaba hecho de una tela no material, más brillante que muchos soles. Sobre sus hombros lucía un precioso chal blanco con rosas de diferentes colores en los bordes. Sus zapatos blancos tenían el mismo tipo de rosas. De su cuello colgaba una cadena con un crucifijo. De su cabeza una corona de rosas irradiaba rayos luminosos como una diadema. En sus preciosos ojos, las lágrimas rodeaban sus mejillas. Una luz más brillante que el sol pero distinta a éste le rodeaba.
Santa Catalina Labouré: “Creí oír un roce como de un vestido de seda y vi a la Santísima Virgen. De mediana estatura, su rostro era tan bello que no podría describirlo”.
Santa Faustina Kowalska vio así a la Madre de Dios: “Entre una gran claridad vi a la Santísima Virgen con una túnica blanca, ceñida de un cinturón de oro, y unas pequeñas estrellas también de oro en todo el vestido. [… ] Tenía un manto de color zafiro, puesto ligeramente sobre los hombros. En la cabeza tenía un velo liviano transparente, el cabello suelto arreglado espléndidamente y una corona de oro” Otro día la vio bajo un aspecto ligeramente diferente “Durante la Santa Misa vi a la Virgen Santísima tan resplandeciente y bella que no encuentro palabras para expresar ni siquiera la más mínima parte de su belleza. Era toda blanca, ceñida con una faja azul, el manto también azul, la corona en su cabeza. De toda la imagen irradiaba un resplandor inconcebible”.
Santa Teresa de Jesús describía así a la Reina del Cielo: “Era grandísima la hermosura que vi en Nuestra Señora, vestida de blanco con grandísimo resplandor que no deslumbraba porque era suave. Me parecía Nuestra Señora muy Niña….”
Para concluir estas reflexiones sobre su belleza, ¿El gozo de los bienaventurados en el cielo se aumenta por la presencia y visión de la gloriosísima Virgen María?
Efectivamente. Por ejemplo Dionisio el Cartujano, importante asceta medieval, afirmaba: “la presencia y la vista de la Virgen en el Reino de los Cielos aumenta inefablemente el premio de los bienaventurados”. 
La famosa obra mariana, Tratado de la Virgen Santísima del canónigo Gregorio Alastruey, uno de los mayores textos marianos en español del siglo XX, insiste en este punto. Como el gozo nace del amor, cuanto más se ama a alguien más se goza en su presencia en contemplación y estando en su compañía. Las almas salvadas saben, y tienen conocimiento de ello en el cielo, que en orden a su salvación han debido más a la Santísima Virgen que a todos los santos juntos.
El conocer, como sabremos entonces, que en tantas ocasiones nuestra querida Madre nos salvó de peligros y ocasiones de pecados, nos llenará de gratitud hacia Ella. El saber que tal vez íbamos a morir en pecado grave y su intercesión nos concedió tiempo de conversión, hará que la amemos con gran intensidad filial, como hijos perpetuamente agradecidos. Y ello nos hará inmensamente felices disfrutando además de su eterna compañía de una forma parecida a como un niño muy pequeño se siente inmensamente feliz sólo con saber que tiene a su madre cerca.
San Leonardo de Porto Mauricio, extraordinario predicador del siglo XVIII decía que cuando entremos en el Cielo “veremos a nuestra soberana Emperatriz acogiéndonos con una amabilísima sonrisa y fijando en nosotros una de esas miradas que enamoran al Paraíso. Llena de alegría nos dirá: “Venid que yo también quiero bendeciros”. Echándonos sus brazos al cuello nos dará un abrazo de Madre”.
Javier Navascués

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