Algunos exorcismos del P Amorth

Giancarlo, un guapo muchachote de veinticinco años, parecía lleno de salud y de vivacidad. En cambio, tenía un «inquilino» que le atormentaba de manera atroz. Los exorcismos le daban un poco de alivio, pero demasiado poco. Una tarde decidió acabar con todo, como ya había intentado otras veces. Caminó a lo largo de las vías de una importante línea férrea, llegó a una amplia curva y se tendió sobre los rieles de una de las dos vías. Con la única ayuda de un saco de dormir, resistió en esta incó- moda posición durante cuatro o cinco horas. Pasaron varios trenes, en ambas direcciones, pero todos por las vías de al lado. Y ningún maquinista o ferroviario advirtió su presencia.

Éste es el hecho: me es imposible dar una explicación natural del mismo.
Le pregunté al padre Candido si, en una experiencia tan larga como la suya, tuvo casos mortales en personas a las que él bendecía. Tuvo sólo uno y me lo contó. Una muchacha romana, reducida a una grave situación a causa de una posesión total del maligno, había empezado a ir a verle para ser exorcizada. Ya comenzaba a obtener algún provecho, si bien tenía muchas dificultades para combatir las tentaciones de suicidio. También su madre fue un día a ver al padre Candido; era una mujer que creía que su hija era una «majadera» y le hacía continuos reproches. Ante las explicaciones del padre Candido se mostró convencida, pero, en realidad, no era así. Un día, mientras la hija confiaba a la madre sus continuas tentaciones de suicidarse, esa madre indigna le hizo una de sus habituales escenas: «Eres una majadera, no vales para nada, ni matarte sabes. ¡Inténtalo!», y al decir esto abrió la ventana. La hija se arrojó al vacío y murió en el acto. Éste es el único caso de suicidio que le ocurrió al padre Candido por parte de una persona a la que estaba bendiciendo. Pero resulta más que evidente la culpa de la madre, que ya tenía otras culpas por la situación en que se encontraba su hija. Hemos aludido a la duración de los exorcismos y a la imprevisibilidad del tiempo necesario para conseguir la liberación. 

Es muy importante la colaboración activa del sujeto; pero, a veces, a pesar de contar con ella, sólo se alcanza alguna mejoría, no la curación. Un día el padre Candido estaba exorcizando a un muchacho grande y gordo, de esos que hacen sudar al exorcista porque requieren también un gran esfuerzo físico. A veces parece que se libra una verdadera lucha. Desde el principio aquel joven le había dicho al padre Candido: «No sé si es bueno que hoy me exorcice; tengo la impresión de que le haré daño.» En efecto, hubo una auténtica lucha entre los dos, con resultado incierto sobre quién había prevalecido. Luego, de golpe, aquel joven se derrumbó y durante un rato también el padre Candido cayó encima de él. Me decía sonriendo: «Si alguien hubiese entrado en aquel momento, no habría entendido quién era el exorcista y quién el poseído.» Luego el padre se recuperó y terminó el exorcismo. Después de algunos días recibió un mensaje del padre Pio: «No pierda el tiempo y las fuerzas con ese joven. Es un esfuerzo inútil.» Con su intuición, que le venía de lo alto, el padre Pio había entendido que en aquel caso no conseguiría nada. Y los hechos confirmaron sus palabras.

Quisiera añadir una observación: la posesión diabólica no es un mal contagioso, ni para los parientes, ni para quien asiste a ella, ni para los lugares en que se desarrollan los exorcismos. Es importante decirlo con claridad, porque a menudo nosotros, los exorcistas, nos vemos con grandes dificultades para encontrar lugares donde administrar este sacramental. Y muchos rechazos dependen precisamente del miedo a que el local quede «infestado». Es necesario que al menos los sacerdotes sepan que la presencia de los poseídos y los exorcismos practicados sobre ellos no dejan ninguna secuela sobre los lugares ni sobre las personas que los habitan. En cambio, debemos temer al pecado; un pecador encallecido, un blasfemo, puede hacer daño a su familia, al ambiente de trabajo y a los lugares que frecuenta.

Reseño algunos casos, que elijo no entre los hechos más clamorosos que me han sucedido sino entre aquellos que son típicos y más corrientes.

Una muchacha de dieciséis años, Anna Maria, estaba angustiada porque desde hacía algún tiempo le iba mal en los estudios (en el pasado nunca había tenido dificultades) y oía en su casa extraños ruidos. Vino a verme acompañada por sus padres y su hermana. La bendije y noté algunos pequeños signos de negatividad. Luego bendije a la madre, que acusaba algunos trastornos. En cuanto le puse las manos sobre la cabeza, dio un gran alarido y se deslizó hasta el suelo desde la silla en la que estaba sentada. Hice salir a las dos hermanas y continué el exorcismo, asistido por el marido; noté una negatividad mucho más fuerte que en la hija. Para Anna Maria me bastaron tres bendiciones: era un caso débil y fue inmediatamente remediado. Para la madre se necesitaron algunos meses, con un ritmo de una bendición por semana, y se curó completamente, mucho antes de lo que hubiera podido prever por sus reacciones a la primera bendición.

A Giovanna, una señora de unos treinta años, madre de tres hijos, me la envió su confesor. Acusaba dolores de cabeza, de estómago y desvaneci- mientos. Según los médicos estaba sanísima. Poco a poco salió fuera el mal, o sea la presencia de tres demonios, cada uno de los cuales había entrado en ella como consecuencia de hechizos, en tres ocasiones distintas de su vida. El hechizo más fuerte se lo había hecho una muchacha que, antes del matrimonio de Giovanna, aspiraba con vehemencia a casarse con el novio de ésta. Era una familia de intensa devoción y así los exorcismos se vieron facilitados; dos demonios salieron bastante pronto, mientras que el tercero fue más reacio. Se necesitaron casi tres años de bendiciones, con un ritmo de una por semana.

Después de una cita, vino a verme Marcella, una muchacha muy rubia de diecinueve años, de aire presumido. Sufría dolores de estómago lacerantes y de un temperamento que no conseguía dominar, ni en su casa ni en su trabajo: daba respuestas ofensivas, ácidas, sin poderse refrenar. Según los médicos, no tenía nada. En cuanto le puse las manos sobre los párpados, al comienzo de la bendición, se le pusieron los ojos completamente en blanco, con las pupilas apenas perceptibles abajo, y estalló en una carcajada irónica. Apenas tuve tiempo de pensar que aquello era Satanás cuando de pronto oí que me decían: «Soy Satanás», con una nueva carcajada. Poco a poco Marcella intensificó su vida de práctica religiosa, se hizo constante en la comunión, en el rosario cotidiano y en la confesión semanal (¡la confesión es más fuerte que un exorcismo!). Experimentó una progresiva mejoría, salvo algún paso atrás cuando aflojaba el ritmo de oración, y se curó al cabo de sólo dos años.
Giuseppe, de veintiocho años, vino a verme acompañado por su madre y su hermana. Inmediatamente advertí que sólo había venido para complacer a los suyos. Hedía intensamente a humo; tomaba drogas y también las vendía, blasfemaba. Era inútil hablar de oración y de sacramentos. Traté de disponerle de la mejor manera para que aceptase de buena gana mi bendición. Ésta fue brevísima: el demonio se manifestó inmediatamente de modo violento, y corté en seguida. Cuando le dije a Giuseppe lo que tenía, me respondió: «Ya lo sabía y estoy contento así; con el demonio estoy bien.»

No le he vuelto a ver.

Sor Angela, aunque joven, ya estaba reducida a una situación lastimosa cuando vino a verme: casi no conseguía hablar, tanto menos rezar. Sufría evidentemente en todo el cuerpo, no había parte de ella que no mostrara sufrimiento. Le resonaban en la cabeza continuas blasfemias y a menudo se oían ruidos extraños, que también las demás hermanas percibían. El origen de todas sus desdichas estaba en la maldición (y quizá el hechizo) de un sacerdote indigno; sor Angela ofrecía todos sus sufrimientos por el bien de su congregación. Después de muchas bendiciones, de las que obtuvo algún provecho, fue trasladada a otra ciudad. Espero que haya encontrado otro exorcista para proseguir la obra de liberación.

Entre los casos tremendos de hechizos de toda una familia, describiré uno. El padre, comerciante muy acreditado, se vio de golpe sin pedidos, por motivos inexplicables. Tenía los almacenes llenos de mercancías pero ningún cliente daba señales de vida. Una vez, cuando había logrado colocar una cierta cantidad, el camión encargado de retirar la mercancía se averió repetidamente, sin llegar a destino, por lo cual el contrato fue anulado. En otra ocasión, en que con gran fatiga había logrado concertar una venta, llegó el camión, pero nadie consiguió levantar la persiana del almacén; también ese negocio se esfumó. Una hija casada, por aquella misma época, fue abandonada por su marido, y a la otra hija, en vísperas de la boda, cuando ya estaba lista la casa y completamente amueblada, la plantó su novio sin explicaciones. Además había trastornos de salud y ruidos en la casa, como casi siempre sucede en estos casos. No se sabía por dónde empezar. También aquí, además de las acostumbradas recomendaciones sobre la oración, la frecuentación de los sacramentos y una vida cristiana coherentemente vivida, comencé por bendecir a todos los miembros de la familia. Luego exorcicé y celebré la misa en la vivienda y en los lugares de trabajo del padre. Los resultados empezaron a ser evidentes después de un año y prosiguieron con constancia, aunque como si fuese en cámara lenta. ¡Verdaderamente suponen duras pruebas de fe y perseverancia! 

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