Cuando el amor de Dios se apodera del alma


(Sanguis et aqua files)


Por san Alfonso M Ligorio. Práctica del Amor a Jesucristo

Jesucristo, por ser verdadero Dios, tiene derecho a todo nuestro amor; mas con el afecto que nos ha mostrado, quiso como ponernos en la estrecha necesidad de amarlo, siquiera en agradecimiento a cuanto hizo y padeció por nosotros. Nos amó sobremanera para ganarse todo nuestro amor. «¿Para qué ama Dios –pregunta San Bernardo– sino para ser amado?». Y ya antes lo había dicho Moisés: “Y ahora, Israel, ¿qué te pide Yahveh, tu Dios, sino que le temas... y lo ames?” (Deut. 10, 12). De ahí el primer mandamiento que nos impuso: “Amarás, pues, a Yahveh, tu Dios, con todo tu corazón” (Deut. 6, 5). San Pablo afirma que el amor es “la plenitud de la ley” (Rom. 13, 10). 

El texto griego, en vez de plenitud, lee complemento de la ley. Y ¿quién, al ver a un Dios crucificado por su amor, podría resistirse a amarlo? Bien alto claman las espinas, los clavos, la
cruz, las llagas y la sangre, pidiendo que amemos a quien tanto nos amó. Harto poco es un corazón para amar a un Dios tan enamorado de nosotros, ya que para compensar el amor de Jesucristo se necesitaría que un Dios muriese por su amor. «¿Por qué –exclamaba San Francisco de Sales– no nos arrojamos sobre Jesús crucificado, para morir enclavados con quien allí quiso morir por nuestro amor?». El Apóstol nos declara positivamente que Jesucristo vino a morir por todos, para que no vivamos ya para nosotros, sino para aquel Dios que murió por nosotros.

Aquí hace muy al caso la recomendación del Eclesiástico: “No olvides los favores de quien te dio fianza, pues que ha dado por ti su alma” (Eccli. 29, 20). No te olvides de tu fiador, que en satisfacción de tus pecados quiso pagar con su muerte la pena por ti debida. ¡Cuánto agrada a Jesucristo nuestro recuerdo frecuente de su pasión y cuánto siente que lo echemos en olvido! Si uno hubiera padecido por su amigo injurias, golpes y cárceles, ¡qué pena le embargaría al saber que el favorecido no hace nada por recordar tales padecimientos, de los que ni siquiera quiere oír hablar! Y, al contrario, ¡cuál no sería su gozo al saber que el amigo habla a menudo de ello y siempre con ternura y agradecimiento! De igual modo se complace Jesucristo con que nosotros evoquemos con agradecimiento y amor los dolores y la muerte que por nosotros padeció. Jesucristo fue el deseado de los patriarcas y profetas y de los pueblos que existían cuando aún no se había encarnado. Pues, ¡cuánto más le debemos nosotros desear y amar, ya que le vemos entre nosotros y sabemos cuánto hizo y padeció para salvarnos, hasta morir crucificado por nuestro amor!

Con este fin instituyó el sacramento de la Eucaristía la víspera de su muerte, recomendándonos que, cuantas veces comiéramos su carne, hiciésemos memoria de su muerte: “Éste es mi cuerpo, que se da por vosotros; haced esto en memoria de mí” (I Cor. 11, 24). Por eso ruega la Iglesia: «¡Oh Dios, que debajo de este admirable sacramento nos dejaste memoria de tu pasión»; y en otro lugar añade: «¡Oh sagrado banquete, en el cuál se recibe a Cristo y se renueva la memoria de su pasión!». Por aquí podemos entender cuán agradecido nos queda Jesucristo si con frecuencia nos recordamos de su pasión, ya que, si mora con nosotros en el sacramento del altar, es para que de continuo renovemos con alegría el recuerdo de todo lo que por nosotros padeció y crezca de esta manera nuestro amor para con Él. 

Llamaba San Francisco de Sales al Calvario monte de los amantes, porque no es posible recordarse de aquel monte y dejar de amar a Jesucristo, que quiso en él morir por nuestro amor.

¡Oh Dios!, y ¿por qué no aman los hombres a este Dios que tanto hizo para ser de ellos amado? Antes de la encarnación del Verbo pudiera haber el hombre dudado si Dios le amaba con verdadero amor; mas, ¿cómo dudará ahora, que lo ve nacido y muerto por amor a los hombres? «Hombre –dice Santo Tomás de Villanueva–, mira la cruz, los clavos y la acerbísima muerte que sufrió Jesucristo por ti y, después de tales y tantos testimonios de su amor, no dudes de que te ama, y de que te ama con extraordinario amor». Y San Bernardo dice que clama la cruz y dan voces las llagas del Redentor para darnos a entender el amor que nos profesa.

En este gran misterio de la redención de los hombres, ponderemos la gran
solicitud de Jesucristo en inventar medios para inclinarnos y aficionarnos a su amor. Si quería, por salvarnos, dar la vida, le sobraba con creces haber sido envuelto en la general matanza que decretó Herodes contra los Inocentes; mas no, que antes de morir quiso llevar, durante treinta y tres años, una vida llena de penas y trabajos, queriendo en el transcurso de ella, y para cautivarse nuestro amor, manifestársenos en muchas y variadas formas. Primero le vimos nacer como pobre niño en una gruta, después le vimos jovencillo en un taller, y, finalmente, le vimos como reo en una cruz. 

Pero aun antes de morir en ella quiso pasar por circunstancias conmovedoras, y todo por nuestro amor. Se ofreció a nuestra vista en el huerto de Getsemaní agonizante y bañado en sudor de sangre; a continuación, azotado en el pretorio de Pilatos; más tarde, tratado como rey de teatro, con la caña burlesca en la mano, el jirón de púrpura sobre el hombro y la corona de espinas en la cabeza; arrastrado, finalmente, por las calles, con la cruz al hombro, y suspendido en el Calvario de tres garfios de hierro. ¿Merece o no merece ser amado por nosotros un Dios que para conquistar nuestro amor quiso pasar por tantos trabajos? Decía el P. Juan Rigoleu: «De buena gana pasaría llorando toda mi vida por un Dios que por amor de todos los hombres quiso sufrir muerte de cruz».

«Gran cosa es el amor», dijo San Bernardo; grande y sobre toda ponderación, estimable. Hablando Salomón de la divina sabiduría, que no es otra cosa que la caridad, la llamó tesoro infinito, porque el que posee la caridad goza de la amistad de Dios. El angélico Santo Tomás dice que la caridad no sólo es la reina de las virtudes, sino que donde ella reina trae consigo el cortejo de las demás y las endereza todas a unir al hombre con Dios. «Oficio propio de la caridad es unir al hombre con Dios», dice San Bernardo. Y en no pocos pasajes de la Sagrada Escritura se declara esta íntima unión que hay entre Dios y quienes le aman. He aquí, pues, el admirable oficio de la caridad, unir al alma con Dios. Esta virtud, además, comunica fuerzas para hacer y sufrir grandes cosas por Dios. San Agustín dice que nada hay tan duro que con el fuego del amor no se ablande. No hay cosa, por difícil que se la suponga, que no sea vencida por el fervor de la caridad, porque, como añade San Agustín, en aquello que se ama, o no se siente el trabajo, o el mismo trabajo se ama.

Oigamos lo que dice San Juan Crisóstomo respecto del amor divino cuando se apodera del alma: «Cuando el amor de Dios se apodera del alma, engendra en ella insaciable deseo de trabajar por el amado, de tal manera que, por muchas y grandes obras que haga y por mucho tiempo que emplee en su servicio, todo le parece nada y anda siempre gimiendo y suspirando de hacer tan poco por Dios; y si en su mano estuviera dar la vida por Él, aún no tendría cumplido gozo. De donde resulta que siempre se considera inútil en cuanto obra, porque el amor, enseñándole, por una parte, cuánto merece Dios, le declara por otra, con clarísima luz, cuán defectuosas son sus obras, todo lo cual es para ella confusión y quebranto, al conocer la bajeza y poco valer de sus acciones ante la majestad de Señor tan poderoso».

¡Cuán fuera de camino andan, dice San Francisco de Sales, cuantos cifran la santidad en cosa que no sea amar a Dios! «Algunos cifran la perfección en la austeridad de la vida; otros, en la oración; quiénes, en la frecuencia de
sacramentos, y quiénes, en el reparto de limosnas; mas todos se engañan, porque la perfección escriba en amar a Dios de todo corazón, pues las restantes virtudes, sin caridad, son solamente montón de escombros. Y si en este santo amor no somos perfectos, culpa nuestra es, pues no acabamos de entregarnos por completo a Dios.

Dijo un día el Señor a Santa Teresa: «¿Sabes qué es amarme con verdad? Entender que todo es mentira lo que no es agradable a mí». ¡Ojalá que todos entendieran esta verdad, que sólo una cosa es necesaria! No es necesario allegar en la tierra muchos caudales, ni granjearse la estima de los demás, ni llevar vida regalada, ni escalar las dignidades, ni ganar reputación de sabio; una sola cosa es necesaria: amar a Dios y cumplir su voluntad. Para este único fin nos creó y conserva la vida, y solamente por este camino llegaremos un día a conquistar el paraíso. “Ponme como sello sobre tu corazón, cual sello sobre tu brazo” (Cant. 8, 6). Así dice el Señor a todas las almas, esposas suyas, que le pongan en su corazón como sello y como señal en su brazo, para que a Él vayan dirigidas todas las acciones y deseos; dice que le pongan sobre el corazón, para que no entre en él más amor que el suyo, y que le pongan sobre su brazo, para que en cuanto hagan no se propongan otro fin que agradarle. Y ¡cómo corren a pasos agigantados por el camino de la perfección los que en todas sus obras no pierden de vista a Jesús crucificado ni tienen más finalidad que hacer su beneplácito!

Éste ha de ser todo nuestro afán, alcanzar el verdadero amor a Jesucristo. Los maestros de la vida espiritual nos describen los caracteres del verdadero amor, y dicen que el amor es temeroso, porque lo único que teme es desagradar a Dios; es generoso, porque, puesta su confianza en Dios, se lanza a empresas a mayor gloria de Dios; es fuerte, porque vence los desordenados apetitos, y aun en medio de las más violentas tentaciones, sale siempre triunfador; es obediente, porque a la menor inspiración se inclina a cumplir la divina inspiración; es puro, porque sólo tiene a Dios por objeto, y le ama porque merece ser amado; es ardoroso, porque quisiera encender en todos los corazones el fuego del amor y verlos abrasados en divina caridad; es embriagador, porque hace andar al alma fuera de sí, como si no viera ni sintiera, ni tuviera sentidos para las cosas terrenas, pensando sólo en amar a Dios; es unitivo, porque logra unir con apretado lazo de amor la voluntad de la criatura con la del Creador; es suspirante, porque vive el alma llena de deseos de abandonar este destierro para volar a unirse perfectamente con Dios en la patria bienaventurada, para allí amarle con todas sus fuerzas.

Pero nadie mejor que San Pablo, el gran predicador de la caridad, nos declara cuáles sean sus caracteres y en qué consista su práctica. En su primera Carta a los Corintios, en el capítulo 13, afirma que, sin la caridad, de nada vale el hombre ni nada le aprovecha: “Si tuviere toda la fe hasta trasladar montañas, mas no tuviere caridad, nada soy. Y si repartiere todos mis haberes y si entregare mi cuerpo para ser abrasado, mas no tuviere caridad, ningún provecho saco” (I Cor. 13, 2-3). Por lo que si uno tuviese tal fe que trasladara un monte de una parte a otra, como hizo San Gregorio Taumaturgo, si no tuviera caridad, de nada le vale; si distribuyera todos sus bienes a los pobres y padeciera voluntario martirio, pero sin caridad, de modo que lo sufriera con otro fin que el

de agradar a Dios, de nada le vale.

Por eso San Pablo continúa describiéndonos las contraseñas de la divina

caridad, enseñándonos a la vez la práctica de aquellas virtudes que son sus hijas: “La caridad es sufrida, es benigna; la caridad no tiene celos, no se pavonea, no se infla, no traspasa el decoro, no busca lo suyo, no se exaspera, no toma a cuenta el mal. No se goza de la injusticia, antes se goza con la verdad. Todo lo disimula, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera” (I Cor. 13, 4-6).
Consideremos en el presente libro estas diversas prácticas de la caridad, para ver si reina verdaderamente en nosotros el amor que debemos a Jesucristo y examinar las virtudes en que principalmente nos habemos de ejercitar para conservar en nosotros y acrecentar este santo amor.






Afectos y súplicas
¡Amabilísimo y amantísimo Corazón de Jesús, desgraciado el corazón que no os ame! ¡Oh Dios moristeis en la cruz por amor a los hombres, sin sentir alivio alguno!, y ¿cómo después de ello viven éstos sin acordarse de vos?
¡Oh amor divino, oh ingratitud humana! ¡Oh hombres, hombres, mirad al inocente Cordero de Dios que agoniza en la cruz y muere por vosotros, pagando así a la divina justicia por vuestros pecados y atrayéndonos a su amor! Mirad cómo, a la vez, ruega al Eterno Padre que os perdone; miradlo y amadle.
¡Ah Jesús mío, cuán pocos son los que os aman! Desgraciado de mí, que también durante tantos años me olvidé de vos, ofendiéndoos tantas veces. Amado Redentor mío, no es tanto el infierno que merecí el que me hace derramar lágrimas, cuanto el amor que me habéis mostrado.
Dolores de Jesús, ignominias de Jesús, llagas de Jesús, muerte de Jesús, amor de Jesús, imprimíos en mi corazón y quede en él para siempre su dulce recuerdo que me hiera e inflame continuamente en su amor.
Os amo, Jesús mío; os amo, sumo bien mío; os amo, mi amor y mi todo; os amo y quiero amaros siempre. No permitáis que os abandone y torne a perderos.
Hacedme todo vuestro; hacedlo por los méritos de vuestra muerte, en la cual tengo cifrada toda mi esperanza.
María, Reina mía, también en vuestra intercesión confío. Conseguidme el amor a Jesucristo y también vuestro amor, Madre y esperanza mía. 

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