Se inaugura secretismo en las visitas "ad limina"

¡Atención, peligro! Nunca más discursos del Papa en las visitas "ad limina"

Por Sandro MagisterVescovi

Pocos lo han notado. Pero al reanudar los encuentros con los obispos en visita "ad limina apostolorum", después de la larga pausa del Jubileo, el Papa Francisco ha inaugurado una práctica nueva.
Los primeros que la han experimentado han sido los obispos de Irlanda, recibidos por el Papa el pasado 20 de enero.
El boletín oficial de la Santa Sede ha facilitado los nombres de los treinta y un obispos presentes. Nada más. Ni siquiera una alusión a las palabras que Francisco les había dirigido.
También ha sido así para los cinco obispos de Camboya, que el Papa recibió el 26 de enero, y para los nueve obispos de Serbia, Montenegro, Kosovo y Macedonia, el 30 de enero.
Antes esto no sucedía. Desde hace décadas, las visitas "ad limina" terminaban regularmente con un discurso del Papa que se hacía público de inmediato, en el que a menudo se encontraban referencias a las cuestiones más candentes de esa Iglesia nacional, con los consiguientes juicios, palabras de ánimo y amonestaciones por parte del sucesor de Pedro.
Para un observador experto, esos discursos eran el termómetro romano del estado de salud de la Iglesia en las diferentes regiones del mundo.
Pero el Papa Francisco se desacostumbró muy pronto a seguir esa praxis consolidada. Los discursos no estaban escritos por él, aunque se publicaran como suyos y, cada vez más a menudo, omitía el leerlos. Los daba como "entregados" a los obispos con los que se reunía. Con ellos prefería hablar a rienda suelta, a puertas cerradas, y exigiendo que lo que se dijera se considerara reservado.
Y probablemente así hubieran seguido las cosas si no hubiera pasado lo que pasó en la última visita "ad limina" antes de la pausa jubilar, el 20 de noviembre de 2015, con los obispos de Alemania.
El doble sínodo sobre la familia había terminado hacía poco y, precisamente con los obispos alemanes, Francisco había establecido una alianza para introducir sus "aperturas" en la pastoral del matrimonio católico, de manera especial sobre la "vexata quaestio" de la comunión a los divorciados que se han vuelto a casar.
Sin embargo, la Iglesia de Alemania no brillaba en absoluto en el conjunto de la Iglesia mundial. Al contrario, constituía un pésimo ejemplo por demasiadas cosas. Y en el discurso que Francisco se encontró entre las manos, en el encuentro con los obispos alemanes en visita "ad limina", había precisamente una denuncia implacable de todo lo que, allí, va malPero, como siempre, el discurso se publicó como pronunciado por el Papa. 
Y en Alemania desencadenó una polvareda, de la que el cardenal Reinhard Marx, arzobispo de Múnich y líder de los innovadores, se hizo quejumbroso portavoz ante Francisco, obteniendo de él esta justificación, que después el mismo Marx ha referido a otros: "No lo he escrito yo, no lo había leído, no lo tengáis en cuenta".
De hecho desde aquél día Francisco suspendió las visitas "ad limina", a causa –se dijo – del jubileo.
En Alemania, por ejemplo, el derrumbe de la fe y de la práctica religiosa:
"Se nota una fuerte caída de la participación en la misa dominical, así como de la vida sacramental. Donde en los años sesenta todavía en todas partes, casi cada fiel participaba todos los domingos en la santa misa, hoy a menudo son menos del 10 por ciento. Los sacramentos son cada vez menos frecuentados. El sacramento de la penitencia a menudo ha desaparecido. Cada vez menos católicos reciben la confirmación o contraen matrimonio católico. El número de las vocaciones al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada ha disminuido claramente. Considerados estos hechos, se puede hablar verdaderamente de una erosión de la fe católica en Alemania".
Las estructuras excesivas:
"Se inauguran nuevas estructuras, para las cuales, sin embargo, faltan los fieles. Se trata de una cierta clase de nuevo pelagianismo, que nos lleva a poner la confianza en las estructuras administrativas, en las organizaciones perfectas. Una excesiva centralización, más que ayudar, complica la vida de la Iglesia y su dinámica misionera".
La desviación teológica y catequística:
"Como padre solícito, el obispo acompañará las facultades teológicas ayudando a los profesores a redescubrir el gran alcance eclesial de su misión. La fidelidad a la Iglesia y al magisterio no contradice la libertad académica, sino que exige una actitud humilde de servicio a los dones de Dios. El sentir 'cum Ecclesia' debe caracterizar de manera particular aquellos que educan y forman a las nuevas generaciones".
La tentación de hacer que simples laicos celebren la misa:
"Es necesario poner siempre de manifiesto el íntimo vínculo entre eucaristía y sacerdocio. Planes pastorales que no atribuyen adecuada importancia a los sacerdotes en su ministerio de gobernar, enseñar y santificar sobre la estructura y la vida sacramental de la Iglesia, la experiencia nos muestra que están destinados al fracaso. La preciosa colaboración de los fieles laicos, sobre todo allí donde faltan las vocaciones no puede convertirse en un sucedáneo del ministerio sacerdotal, o incluso hacer que parezca un simple 'optional'. Sin sacerdote no hay eucaristía".
Las transigencias sobre aborto y eutanasia:
"Una tarea del Obispo que nunca es suficientemente apreciada es el compromiso por la vida. La Iglesia nunca tiene que cansarse de ser la abogada de la vida y no debe dar marcha atrás en el anuncio de que hay que proteger incondicionalmente la vida humana desde el momento de la concepción hasta la muerte natural. En esto nunca podemos llegar a compromisos, sin llegar a ser también culpables nosotros mismos".
Francisco no leyó a los obispos este discurso, que efectivamente echaba una pésima luz sobre la alianza que él había alcanzado con el ala progresista de la Iglesia alemana.
Pero, como siempre, el discurso se publicó como pronunciado por el Papa. Y en Alemania desencadenó una polvareda, de la que el cardenal Reinhard Marx, arzobispo de Múnich y líder de los innovadores, se hizo quejumbroso portavoz ante Francisco, obteniendo de él esta justificación, que después el mismo Marx ha referido a otros: "No lo he escrito yo, no lo había leído, no lo tengáis en cuenta".
De hecho desde aquél día Francisco suspendió las visitas "ad limina", a causa –se dijo – del jubileo.
Y ahora que las ha recomenzado, ya no prevé ningún discurso durante las visitas.
(Traducción en español de Helena Faccia Serrano, Alcalá de Henares, España)

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