viernes, 3 de marzo de 2017

Consejos a los sacerdotes en la crisis de la Iglesia

Mensajes de Nuestro Señor Jesucristo a sus hijos predilectos.



"Épocas difíciles se le preparan a mi Iglesia y necesito de campeones esforzados que más la amen y defiendan de sus enemigos.  Esos enemigos serán de muchas clases, unos al descubierto y otros solapadamente, misteriosamente, pero infiltrarán el veneno con astucia satánica, envenenarán conciencias y corazones. De muy hondo conmoverán los cimientos de la fe, lucharán contra mi Iglesia y la dividirán; pero Yo vencí al mundo y si mis sacerdotes son otros Yo, también lo vencerán, y es preciso activar su transformación en Mí, para que en ellos otros Yo, se estrellen los batallones enemigos y mi Iglesia se salve.

Mis sacerdotes tienen que estudiar mi vida exterior, pero deben internarse más y más en mi vida interior de unión íntima con el Padre y con el Espíritu Santo de quien recibía, como Dios hombre, fortalezas.

La vida interior es la que une, la que diviniza, la que salva; la vida unitiva con el que es la Vida, es la vida verdadera, la que da frutos de vida eterna.  Y los sacerdotes, no tan sólo deben defender a sus personas de los errores y de la corriente devastadora de los enemigos de la Iglesia, sino que también tienen la sagrada obligación de salvar a las almas; y nada más a propósito para salvarlas como ser otros Yo, por su perfecta transformación en Mí.

Necesitan mis sacerdotes ser puros como Yo, ser pacientes, sufridos, misericordiosos y santos para vencer al mundo. Pero la fortaleza la recibía Yo del Espíritu Santo, al cual deben acudir mis sacerdotes, hoy más que nunca, por María, para resistir inconmovibles todas las asechanzas del enemigo.

Satanás vislumbra esa evolución santa y divina en mis sacerdotes; él ve venir, sin saber cómo, algo muy grande contra el infierno que debe aplastarlo; siente en su negrura que se le va a destronar de muchos corazones engañados y secuestrados por él; ya se conmueve al presentir en el mundo mi presencia renovada y palpitante en mis sacerdotes, y se apresta a la lucha y se infiltra hasta en algunos de los míos, para su mayor venganza.

Ha extendido sus redes y su libertinaje en los cuerpos y en las almas por la soberbia y con una sensualidad terrible, hace ver como natural lo prohibido, arranca el pudor, la vergüenza, la fe, empaña, desdora y desorienta las  conciencias. Pero él ve venir la revancha y teme la guerra que el Espíritu Santo, su antagonista, va a presentarle en lo que mas le duele, en los sacerdotes santos.

Va a procurar Satanás, en sus luchas, cismas, desobediencias, oscuridades y preplejidades, "llevar el agua a su molino", pero quedará burlado; y si tendrá que sufrir la Iglesia, la coronará el triunfo y derrocará al demonio y al infierno.

Pero Yo vencí al mundo en la Cruz; y mis sacerdotes, si son fieles en el Calvario, si se sostienen en sus martirios, si se unen en la caridad, si se transforman en Mí, su Cabeza, cantarán victoria; porque el infierno no prevalecerá contra los que forman mi Iglesia y la sostienen con la vida del Espíritu Santo.

Necesito, no una santidad general, sino particular y sólida, basada en la fe, en la esperanza y en el amor, en cada uno de mis sacerdotes. No pido perfecciones en globo, sino que quiero particularizar la santidad en cada corazón sacerdotal, en su perfecta transformación en Mí.

Por todo lo que antecede y que el infierno inquieto y temeroso prepara, comprenderán que no sólo es buena, sino indispensable y necesaria la perfecta transformación en Mí de cada sacerdote y de  todos, de manera que sean un solo Sacerdote en Mí, para salvar a mi Iglesia y a las almas.

Los dos espíritus, el bueno y el malo, se van a enfrentar; y mis sacerdotes van a luchar en mayor o menor escala ya exterior, ya interiormente y de muchos modos. Pero Conmigo y en mi unión ¿qué pueden temer? La lucha será más o menos ardua, intensa y duradera; pero el Espíritu Santo triunfará y la Iglesia, gloriosa y pura, entonará acciones de gracias a mi Padre Celestial. Claro está que habrá sus víctimas; pero felices víctimas, unidas a la Víctima sin mancha, que borra todos los pecados del mundo.

Por tanto, esa transformación de los sacerdotes en Mí no es una mera devoción, repito, no es sólo un grado de perfección más; es una imperiosa necesidad en estos tiempos para prepararse a la lucha, para poder aplastar a Satanás en sus tenebrosas sectas, en sus conspiraciones contra la Iglesia; necesitan  los sacerdotes reforzarse con el Espíritu Santo por María; necesitan la fortaleza de lo alto para sostenerse dignamente en sus puestos; necesitan la luz de verdad, de vida, de calor del Padre amado.

Y todo esto lo conseguirán en su transformación en Mí, Crucificado sí, pero resucitado también, y vuelto en ellos a la tierra para redimir a las almas, perfeccionarlas y sacarlas de lo material, espiritualizarlas y por el Espíritu Santo salvarlas.

Que mis sacerdotes blindados en Mí, con las virtudes teologales por armas, se preparen a la lucha mas o menos cercana y sepan dar pruebas de su valor heroico, de su energía invencible, de su constancia perseverante, de su amor invulnerable a la Iglesia.

Yo vencí al mundo, repito, y ellos lo vencerán con el Espíritu Santo, con María, con la Cruz, y glorificarán al Padre que es y debe ser el principio y el final del sacerdote transformado en Mí.

¡Cómo quisiera incendiar con el fuego santo el corazón de todos mis sacerdotes!,  ¡con ese ardiente celo que consume mi pecho cuando veo amagada mi iglesia y a Satanás preparando sus golpes para asestarla!  ¡Cómo quisiera poseer en lo más íntimo cada alma sacerdotal y comunicarle mis sentimientos, el amor a mi Padre y a las almas!...

¡Yo me dajaría crucificar de nuevo, si esto pudiera ser, con tal de transformar a cada sacerdote en Mí!   ¡Cómo busco su corazón que, poseyéndolo, poseería su amor, sería dueño de disponer de ellos a mi placer, sin obstáculos ni resistencias!  Y lo mismo ansía mi Padre que quiere ver no a muchos sacerdotes dispersos y aun disgregados, sino a un solo Sacerdote en Mí, a un solo Sacerdote, con un solo juicio, parecer y querer.

Pues esto persigo con estas confidencias: llegar a esa unidad, única que puede salvar; todos en Mí y Yo en ellos en mi Padre, con el Espíritu Santo, fundiéndonos con toda la Iglesia y con todas las almas en la unidad de la Trinidad".

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