jueves, 16 de marzo de 2017

María: os preparo para el Triunfo



Enero 3/2010 a Agustín del Divino Corazón

Hijos míos: satanás os quiere destruir, os quiere arrebatar bruscamente de las manos de Dios; estáis viviendo tiempos terribles de confusión: tiempos en lo

que a lo malo se le llama bueno y a lo bueno, malo; los demonios han sido soltados de las profundidades del infierno para engañar, seducir.

Son muchas las almas que han caído en sus mentiras.
Son muchas las almas que han roto su amistad con Dios, son muchas almas que han perdido el asombro por los Misterios del Cielo.

Son muchas las almas que acomodan los mandatos del Señor de acuerdo con sus intereses mezquinos.

Son muchas las almas que desprecian las manifestaciones del Espíritu Santo. Espíritu Santo que es encapsulado, atrapado, impidiéndole actuar.

Son muchas las almas que serán sorprendidas por Jesús en su segunda venida. Son muchas las almas que han cerrado sus oídos y su corazón a los lamentos Divinos del final de los tiempos; lamentos que llaman a la humanidad a la conversión. Lamentos que os anuncian signos y señales que os precederán en este tiempo final.

Lamentos que os alertan del gran castigo que sobrevendrá al mundo entero. Lamentos que os llaman a la reparación, a la mortificación, a la penitencia. Lamentos que os avisan de una lluvia de fuego que purificará la tierra; tierra que tendrá que volver al orden primero de su creación.
Lamentos salidos del Cielo para ver si la humanidad entera vuelve sus ojos al Señor.

Hijos carísimos: María, Maestra de los Apóstoles de los últimos tiempos, os convoca a su escuela Maternal para que recibáis en ella sus lecciones de Amor Santo, para que os hagáis pupilos aventajados en santidad, para que toméis conciencia de la urgencia de la consagración a mi Inmaculado Corazón, porque este es un auxilio celestial que formará en vuestro ser una coraza de protección; coraza que impedirá que satanás os haga daño. Coraza que iluminará vuestra alma de una luz sobrenatural, luz que cegará al pérfido demonio.

María, Maestra de los Apóstoles de los últimos tiempos, os preparará para el triunfo de mi Inmaculado Corazón. Triunfo que vendrá acompañado de tres signos:

El mundo se volverá Eucarístico porque la Eucaristía es aire puro que oxigena la Iglesia. La Eucaristía es la máxima de las manifestaciones de la presencia de Jesús en la tierra. La Eucaristía os hace semejantes a los Santos Ángeles. La Eucaristía es el alimento perdurable que os une al Señor. La Eucaristía evidencia a Jesús, real en la Hostia Consagrada. La Eucaristía os da fuerzas para resistir los días aciagos que sobrevendrán a la humanidad.



La Eucaristía se lleva vuestros miedos, dándoos coraje para soportar el tiempo que estáis viviendo: tiempo de la tribulación y de la justicia. La Eucaristía os da temple, fuerza para salir airosos en los tres años y medio de dura prueba (donde el usurpador tomará el trono que no le corresponde, trono de Pedro que muy pronto se encontrará vacío). Eucaristía que será suspendida “cesarán las hostias y los sacrificios; y estará en el tiempo la abominación de la desolación”. (Daniel 9, 27).

Todos me amarán, el mundo nuevo me reconocerá como el molde perfecto del Altísimo. El mundo nuevo me acogerá como la Madre del Salvador y Madre de todos los hombres. El mundo nuevo se sentirá sobrecogido ante mi presencia. El mundo nuevo aceptará que a través de mí les vino su salvación. El mundo nuevo se dejará guiar por mis enseñanzas. El mundo nuevo comprenderá que soy el camino seguro de encuentro con Jesús. El mundo nuevo crecerá en santidad a una velocidad vertiginosa porque imitarán mis virtudes. El mundo nuevo sabrá que María, Maestra de los apóstoles de los últimos tiempos, congregó a la Iglesia Remanente, al resto fiel en su Inmaculado Corazón a través de la consagración.

Se vivirá al estilo de las primeras comunidades cristianas; comunidades cristianas que: todo lo compartían, lo ponían en común, exentas de egoísmos, envidias, rivalidades; comunidades orantes cuyo eje es Dios; comunidades asistidas por la luz directa del Espíritu Santo; comunidades que tienen como fin dar gloria al Santo Nombre del Señor; comunidades renovadas, totalmente transformadas por las manos prodigiosas del Hacedor. 

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