miércoles, 1 de marzo de 2017

Reparad por Mi soledad y la ingratitud que recibo de muchísimas almas


Enero 3/09 a Agustín del Divino Corazón

Jesús dice:

Hijos míos: En el ministerio de mi vida pública siempre permanecí rodeado de muchísima gente, gente que buscaba la curación de sus enfermedades, gente que en mis palabras hallaban consuelo, gente que ansiaba encontrar el verdadero camino a la vida eterna; gente poseída por los demonios que deseaban su liberación; gente con el corazón roto, hecho añicos que deseaban que lo tomase en mis venerables manos y os lo restaurase; gente cansada de una vida sin sentido; gente oprimida por falsas leyes que anhelaban hallar la libertad; gente llena de pecado que caminaban tras de Mí para que les perdonase, para que les mostrase un mundo nuevo, mundo más humano, más justo; gente con espíritu de trascendencia con ansias de cielo; gente que abrían sus oídos y sus corazones a mi predicación, predicación que contenía un mensaje liberador; predicación que llenaba los vacíos de los hombres; predicación que los mantenía sujetos a Mí porque descubrían en mis palabras a un hombre inusual, hombre poco convencional, hombre que había descendido de los cielos para hablarles de un Reino de Paz, de Justicia y de Amor. Hombre que cuando fue aprehendido por declararse el Hijo de Dios se encontró solitario. Nadie estaba a su alrededor. 


Aquellos que decían ser mis discípulos se esfumaron como el humo, se diluyeron como el agua. Aquellos a los que sané no se hallaron por ningún lado. Aquellos a los que liberé pronto me olvidaron. Aquellos que escucharon palabras de consuelo y de esperanza, se taparon los oídos para no escuchar mis gemidos, mis gritos. Aquellos a los que levanté del pecado no estaban allí para ayudarme en mi prueba; no estaban allí para testimoniar de mis milagros, de mis proezas; no estaban allí para defenderme si fuese preciso con sus vidas.
Ya ves, hijo mío, la soledad que sintió mi Divino Corazón al no ver las muchedumbres que me seguían. 

Lo que mis
purísimos ojos veían era la furia de un pueblo que se abalanzaba contra Mí para destruirme, destrozarme. Pueblo sin Dios que les molestaba mi forma de hablar. Pueblo sin Dios que tenía como finalidad llevarme como oveja para ser sacrificada, inmolada. Pueblo sin Dios comandado por satanás que lastimaban mi Sacratísimo Corazón. Pobres almas, tratar así al Hijo de Dios, al Emmanuel, Dios con nosotros que se presentaba bajo apariencia humana para salvarlos, para redimirlos del pecado, para saldarles una deuda dando su propia vida como pago.

De mi pacientísimo Corazón derramaba Sangre preciosa para irles limpiando, irles purificando de sus ignominias, sufría al ver la ingratitud de un pueblo que un día se extasiaba ante mis milagros, milagros que obraba para enseñarles que Dios es el mejor camino, que Dios es la respuesta a las preguntas, la medicina para las enfermedades; el refugio para los desposeídos, abatidos y tristes; pero, aún, así se dejaron inducir por las corrientes fuertes del infierno que querían acabar de una vez con mi vida para darme fin, para cerrar un capítulo en la historia. Pero no fue así: resucité al tercer día. 

Aún vivo, aún obro prodigios en los corazones que son como el corazón de los niños: puros, cándidos, sencillos.
Mi Sagrado Corazón, aún, palpita; late y vibra de amor por todos vosotros. Es un exceso desbordado de amor. Me dejo encontrar por las almas que me buscan, en ellas me recreo, me deleito porque por ellas dí mi vida para darles vida, vida en abundancia. Por ellas aún permanezco en medio de los hombres: para iluminarles con mis rayos Divinos su oscuridad, para curarles las llagas purulentas de su Corazón, para alimentarles de mi Cuerpo y de mi

Sangre, para llevarlas sobre mis hombros al aprisco de mi Corazón y darles de beber hasta que queden embriagadas de mi amor, extasiadas de mi hermosura, arrobadas de mi paz.

Reparad en este Viernes Santo por la soledad de mi Sagrado Corazón y por la ingratitud que recibo de muchísimas almas, almas que reciben de mis gracias, pero cuando les llega el momento de testificar frente a los hombres, me hacen a un lado y se pasan a otro camino. 

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