En la Misa es donde Dios nos concede mayores gracias.




¿Qué vale la Misa?

Dice Bossuet: "Nada hay más sublime en el mundo que Jesucristo, y nada más sublime en Jesucristo que su sacrificio".

Y siendo la Misa ese mismísimo Sacrificio de Cristo, se sigue que ella es lo más grande que tiene la Iglesia Católica.

Es de un valor infinito, de un valor de Dios, de un valor único.

Sea dicha por el Papa o por un sacerdote, por un santo o por un pecador, concelebrada o no concelebrada, etc., su valor no cambia.
No se puede comparar.
Oigamos a San Alfonso M.a de Ligorio:

—"Dios no puede hacer que haya obra más grande, ni más sacro-santa que la celebración de una Misa" (Selva P. I, c. 7).

—"La Misa es la acción más santa y más agradable a Dios que se puede llevar a cabo, tanto en razón de la víctima ofrecida, que es Jesucristo, víctima de dignidad infinita, cuanto en razón del primer oferente, que es el mismo Jesucristo, que se ofrece por manos del sacerdote" (Selva P. 2, c. l). 

—"Todos los sacrificios de la Antigua Ley, con los que tan honrado fue Dios, no eran sino sombra y figura del Sacrificio de nuestros altares. Cuantos honores han tributado y tributarán a Dios todos los ángeles con sus homenajes y todos los hombres con sus obras, penitencias y martirios, nunca pudieron ni podrán jamás tributar a Dios tanta gloria como la que le tributa una sola Misa; porque todos los honores de las criaturas son finitos, al paso que el honor que Dios recibe por medio de la Misa es un honor infinito, porque en ella se le ofrece una víctima de valor infinito" (Misa Atrop. P. I. c. I.).

"¿Cuál es el valor de todos los hombres en comparación con Jesucristo? ¿Qué somos todos los hombres ante Dios sino un poco de polvo?

Por eso el sacerdote que celebra una Misa, sacrificando a Jesucristo, tributa a Dios honra infinitamente mayor que la que todos los hombres le pudieran tributar muriendo por El, con el sacrificio de sus vidas" (Selva, P. I. c. I.).

Por eso no deben extrañarnos estas afirmaciones de algunos santos:

San Bernardo: "El que oye devotamente la Santa Misa, merece más que si se sacrificara haciendo una costosa peregrinación a Jerusalén y a todos los santos lugares y diese todos sus bienes a los pobres".

San Alberto Magno: "El que celebra o asiste a la Santa Misa y reflexiona sobre su valor infinito, y hace formal intención de dar con ella toda la gloria posible a Dios, merece más que si ayunara a pan y agua todo un año y que si se azotara hasta derramar toda la sangre de sus venas, o rezara trescientas veces el Salterio entero".

Siendo la Misa como es de valor infinito, bastaría una sola para reparar, con gran sobreabundancia, todos los pecados del mundo y liberar de sus penas a todas las almas del purgatorio. Sin embargo, este efecto infinito no se nos aplica en toda su plenitud, sino en grado limitado y finito, según las disposiciones de nuestra alma. Está claro que no gana igual el que oye la Misa con tibieza y poca devoción que el que la oye con gran fervor y extraordinaria devoción.

No obstante, aun independientemente de nuestras disposiciones, la Misa como los demás Sacramentos, confieren la gracia ex opere operato, esto es, por su propia virtud intrínseca independientemente de las disposiciones del sujeto, con tal, naturalmente, que no ponga obstáculos a la gracia (cf. D 849-50).

Es de fe que el valor de una Misa es infinito; pero ese valor no se nos aplica a nosotros en su totalidad sino en cierta medida según nuestras disposiciones.
El mérito sobrenatural se valora, ante todo, por la virtud de la caridad. La intensidad del amor de Dios con que se realiza una acción determina el grado de su mérito.

Por eso, por la Misa, porque en ella se ofrece la Víctima más agradable a Dios, es por donde Dios nos concede mayores gracias.

¡Ojalá todos sepamos aprovecharlas! 

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