¿La hora de los curas casados?

La Vanguardia 

Francisco juega con una cierta ambigüedad al hablar del celibato. Según el Papa, su abolición como requisito obligatorio “no es ninguna solución” ante la falta de sacerdotes. Sin embargo, considera que las insuficientes vocaciones suponen “un problema enorme” para la Iglesia católica y por eso explora vías para paliarlo. Una de ellas sería la ordenación –como diáconos, pero quizás en el futuro como curas–, en áreas geográficamente muy aisladas, de los llamados viri probati, hombres casados de una cierta edad y probada conducta cristiana. Se habla de la Amazonia brasileña como primer terreno experimental.
Las recientes declaraciones de Jorge Mario Bergoglio al semanario alemán Die Zeit han vuelto a crear expectativas, tal vez exageradas. Hubo una frase clave. A la pregunta de si ha llegado la hora de suprimir el celibato sacerdotal o de relajarlo, el Papa dijo: “En la Iglesia se trata siempre de reconocer el momento oportuno cuando el Espíritu Santo pide algo”.
De hecho, hace tres años, a la vuelta de su visita a Tierra Santa, en el avión, Francisco ya puntualizó que “el celibato no es un dogma de fe, es una regla de vida que yo aprecio mucho y creo que es un don para la Iglesia”, pero “no siendo un dogma de fe siempre hay la puerta abierta”. El Papa recordó que los curas de las iglesias de rito oriental fieles a Roma, como los maronitas libaneses o los coptos egipcios, sí son hombres casados.
(...)Bergoglio, está evaluando introducir a las mujeres en el diaconato. ¿Una brecha hacia eventuales replanteamientos futuros?
Para Sandro Magister, uno de los vaticanistas más veteranos, de la revista L’Espresso, que suele dar voz al malestar y el malhumor de quienes no comparten ni el estilo ni el programa de este papa, la ambigüedad es un rasgo de este pontificado. “Él habla siempre de modo ambiguo –opina Magister–. No debe maravillarnos. Es su estilo. La ambigüedad abre una rendija para que se discuta algo y que al final se llegue a una decisión”.
En octubre del 2018 habrá una gran oportunidad para discutir, a nivel de Iglesia planetaria, sobre la falta de curas y el celibato. Se celebrará en Roma un sínodo sobre “los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”. El Vaticano no quiere circunscribir el debate a las vocaciones sacerdotales o de vida religiosa, sino reflexionar sobre una llamada más general a vivir como creyentes comprometidos en el seno de la familia, en el voluntariado, en la vida civil e incluso en la actividad política.
El panorama de las vocaciones varía mucho según la región del mundo. La situación de los seminarios y el número de ordenaciones son un espejo de la salud del catolicismo. La crisis es muy profunda y alarmante, desde hace lustros, en Europa y América del Norte. En el centro y el sur del continente americano las cosas van mejor, pero tampoco hay una evolución positiva en los últimos años.
La gran esperanza de la Iglesia está en África y Asia. Estos dos continentes aportan en la actualidad más de la mitad de los seminaristas, y la tendencia va en aumento.
El auge de las vocaciones asiáticas y africanas compensa el descenso o el estancamiento de las europeas y americanas. Con todo, la Oficina Central de Estadística de la Iglesia está detectando, por primera vez desde el año 2000, una ligera caída del número total de sacerdotes. Son los datos del año 2015, los últimos disponibles, aún no publicados pero a los que tuvo acceso este diario. “Algo está sucediendo –indicó una fuente–. Es una combinación de fallecimientos, menos ordenaciones durante los últimos tres años y más abandonos”. Quienes cuelgan la sotana, que solían ser alrededor de un millar cada año, aumentaron en varios centenares en el 2015. Son cifras pequeñas, pero podrían ser preocupantes si se consolidan en años posteriores. Todo esto se produce bajo el pontificado de Francisco y contradice una cierta imagen asentada en la opinión pública sobre el resurgir del catolicismo gracias al carisma del Papa argentino. Los números no lo ratifican.
A Marco Tosatti, otro vaticanista de largo recorrido que ve con escepticismo a Bergoglio, los datos sobre las vocaciones no le sorprenden. Su juicio es duro: “Me parece evidente que no hay un estímulo a los jóvenes (para hacerse sacerdotes) de parte de este Papa. Los números lo dicen. Los números tienen un defecto, que no se pueden discutir”. Según Tosatti, algunas ordenes religiosas tradicionalistas, como los franciscanos de la Inmaculada o la Fraternidad de los Santos Apóstoles, que tenían muchas vocaciones, “están ahora bajo ataque de su obispo o del Papa”. “Si los jóvenes van a ellos y tú les das en la cabeza, no puedes esperar que surjan vocaciones en otras partes”. Para este vaticanista, el problema no es liberalizar o relajar la doctrina, sino todo lo contrario. Tosatti constata que “en países como Bélgica, Holanda y Alemania, donde la Iglesia es progresista, no hay vocaciones”. “Habría que hacerse algunas preguntas –concluye–. Los jóvenes buscan algo sólido a lo que dedicarse, no simplemente algo que pueden encontrar en otra parte. Si empeñan su vida, deben hacerlo por algo que vale la pena, no sólo el discurso genérico de la bondad, de la solidaridad. Buscan algo más y en este momento no lo encuentran. Me parece evidente”.
El desplazamiento del centro de gravedad del catolicismo a África y Asia se nota en las órdenes religiosas. El actual portavoz de los jesuitas, Patrick Mulemi, es de Zambia. En los departamentos de la curia general trabajan ahora una decena de jesuitas de India, uno de los viveros de la compañía fundada por san Ignacio de Loyola en 1534. “Eso no hubiera sido así hace unos años –admite Mulemi–. La compañía está mirando al sur global (Latinoamérica, Asia y África) para ­cubrir diversas posiciones en la ­orden”.
Para Eugene Muhire, un joven sacerdote ruandés de la Comunidad de San Egidio, ordenado en noviembre pasado en Roma, el boom de la Iglesia en África “tiene que ver con que es una realidad nueva, mientras que en Europa es una realidad milenaria”. “Nuestra fe está aún naciendo y todavía no ha pasado por las crisis que ha habido aquí –añade–. Para mí el drama de la fe es cuando el hombre se cree omnipotente, gracias al desarrollo, a la industrialización. En África ese proceso ha tenido lugar a una escala mucho más reducida que en la sociedad occidental. La Iglesia continúa teniendo autoridad porque crece y vive cerca de la gente, que la ve como un ejemplo, no sólo los curas y los obispos, sino los fieles laicos que se comprometen en sus comunidades”.
Muhire abrazó la fe y decidió hacerse cura de muy joven, durante el conflicto civil y el genocidio que padeció su país. “Dios me salvó la vida y por eso me parece que debo entregarla por el bien de los otros, tal como dice el Evangelio”, explica. Y no piensa que abolir el celibato vaya a suscitar más vocaciones: “A mí me gusta pensar en ser sacerdote como la idea de abandonarlo todo, la propia vida, a favor de Dios y de la Iglesia”.

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