martes, 16 de mayo de 2017

13 de mayo: Francisco reinterpreta Fátima

Quinientas mil personas esperaban al papa Francisco en la explanada del santuario de Fátima para asistir a la canonización de los pastorcitos Francisco e Jacinta, de 9 y 11 años respectivamente, y que junto con su primita Lucía dos Santos vieron a la Virgen y escucharon sus palabras entre el 13 de mayo y el 13 de octubre de 1917. (...)
Eso sí, lo que esperaban los devotos de Fátima de todo el mundo no era sólo la canonización de los videntes, sino también el cumplimiento por parte del Papa de algunas peticiones de la Virgen no realizadas todavía.
Dos centenarios contrapuestos se cumplen este año: el de las apariciones de Fátima y el de la Revolución Bolchevique de Lenin y Trotsky, que tuvo lugar en Rusia el mismo mes en que en Portugal finalizaba el ciclo mariano. La Virgen anunció en Fátima que Rusia propagaría sus errores por el mundo, y que dichos errores darían lugar a guerras, revoluciones y persecuciones contra la Iglesia. Con miras a evitar estas desgracias, la Virgen pidió ante todo un sincero arrepentimiento de la humanidad y el regreso a los principios del orden moral cristiano. A esta necesaria enmienda por parte de los cristianos, la Virgen añadió dos pedidos concretos: la consagración de Rusia al Corazón Inmaculado de María, realizada por el Papa en unión con todos los obispos del mundo, y la difusión de la práctica de los primeros sábados de mes, consistente en unirse a Ella y confesar y comulgar durante cinco sábados consecutivos, meditando por quince minutos y rezando el Santo Rosario.
Las autoridades eclesiásticas nunca han promovido la difusión de la práctica de los primeros sábados de mes, y los actos pontificios de encomienda y consagración a la Virgen han sido parciales e incompletos, pero sobre todo -y desde hace al menos cincuenta años-, los sacerdotes han dejado de predicar el espíritu de sacrificio y de penitencia, tan íntimamente ligado a la espiritualidad de los pastorcillos recién canonizados. Cuando en 1919 Lucía visitó a Jacinta en el hospital en vísperas de la muerte de ésta, su conversación se centró en los padecimientos ofrecidos por ambas a fin de evitar a los pecadores las terribles penas del Infierno que les había mostrado la Virgen.
El papa Francisco, que nunca había estado en Fátima, ni siquiera siendo sacerdote, pasó por alto todos estos temas. El 12 de mayo, en la Capilla de las Apariciones, presentándose como «obispo vestido de blanco», el Papa declaró: «Vengo como profeta y mensajero para lavar los pies a todos, en torno a la misma mesa que nos une». Tampoco hubo invitación a imitar el ejemplo de Francisco y Jacinta. «Recorreremos, así, todas las rutas, seremos peregrinos de todos los caminos, derribaremos todos los muros y superaremos todas las fronteras, yendo a todas las periferias, para revelar allí la justicia y la paz de Dios». En su homilía del 13 de mayo en la explanada del santuario, Francisco recordó a todos sus hermanos «en el bautismo y en la humanidad, en particular los enfermos y los discapacitados, los encarcelados y los desocupados, los pobres y los abandonados», e hizo una invitación a descubrir de nuevo «el rostro joven y hermoso de la Iglesia, que resplandece cuando es misionera, acogedora, libre, fiel, pobre de medios y rica de amor».
La dimensión trágica del mensaje de Fátima, que gira en torno a los conceptos de pecado y castigo, ha quedado desechada. La Virgen le había dicho a la pequeña Jacinta que las guerras no son otra cosa que el castigo por los pecados del mundo, y que los pecados que llevan más almas al Infierno son los que atentan contra la pureza. Si actualmente vivimos una «tercera guerra mundial a pedazos», como ha afirmado con frecuencia el papa Francisco, es imposible no relacionarlo con la terrible avalancha de inmoralidad contemporánea, que ha llegado hasta el punto de legalizar la inversión de las leyes morales. La Virgen le dijo también a Jacinta que si no había enmienda y penitencia, la humanidad sería castigada, pero al final su Corazón Inmaculado triunfaría y el mundo entero se convertiría. Hoy en día no sólo se aborrece la palabra castigo porque la misericordia de Dios borra todo pecado, sino que la idea misma de conversión desagrada, ya que el proselitismo, según el papa Francisco, «es el veneno más fuerte contra el camino ecuménico».
Es necesario reconocer que el mensaje de Fátima, reinterpretado según la categorías sociológicas del papa Bergoglio, tiene poco que ver con el profético anuncio del triunfo del Corazón Inmaculado de María, que hace cien años la Virgen dirigió al mundo.
Roberto de Mattei
(Traducido por J.E.F)

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