jueves, 18 de mayo de 2017

Los sacrificios más pequeños compran almas

Por permisión divina conoció también los misteriosos contactos con el infierno. Descendió al abismo de fuego, pasó allí horas que le parecieron siglos y tuvo clarísima vista de la pérdida de las almas, experimentando el dolor de los dolores: ¡el dolor de no poder amar!
Por medio de estas expiaciones compraba, sin duda, la salvación de muchas almas, y Satanás, que creía triunfar de su víctima, no hacía sino completar en ella el plan divino concebido por el Amor.
Josefa se quedaba, después de estos contactos, como aniquilada por lo que había visto y oído. «Todos los sufrimientos del mundo son nada —escribía— si pueden impedir que una sola alma caiga en el infierno. Comprendo el precio de los sacrificios más pequeños. Jesús los recoge y se sirve de ellos para preservar a muchas almas de tales tormentos.»

La Santísima Virgen subraya también el plan divino: «La vista de ese número, incalculable de almas que están aprisionadas por toda la eternidad —le decía—, de estas almas que no podrán producir un solo acto de amor, debe moverte a ser, ¡tú que puedes amar!, un constante y repetido eco de amor que borre las constantes y repetidas blasfemias.»

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Con todo, a través de las alternativas más o menos acentuadas de estas luchas, Jesús proseguía sus Designios. El, que parece dormido en la barca azotada por las olas, se despierta a la hora que ha fijado. Con su divina omnipotencia se levanta, manda a los vientos y al mar: «Calla, enmudece», y al instante se sigue una gran bonanza. Se muestra a su Esposa, la reclina sobre su Corazón para abrasarla en sus ardores y hacerle oír sus divinos latidos; aquello mismo que había ella presentido a través de la tempestad desencadenada: ¡El clamor inmenso de las almas!
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Ya en los comienzos de su Noviciado le revela su sed de almas y las asocia a ella; le enseña lo que significa «salvar almas» y el precio que cuestan. Le infunde el espíritu de Reparación, tan conforme a su vocación religiosa. Un día le muestra una fila interminable de almas —escribe en su lenguaje sencillo— . «Todas estas almas te esperan», le dice el Señor. Desde entonces puede decirse que Josefa trabaja y sufre de continuo por las almas que su Maestro le confía. «Vamos a ocuparnos de las almas», le repite con un ardor que ella no sabe expresar.

Por ellas, le enseña a ser suya la plegaria divina, repitiendo con El la preciosa ofrenda de su sangre y de su Corazón. Josefa se identifica con la gran impetración divina del Santo Sacrificio de la Misa y del Sagrario, uniéndose a Jesús que se ofrece a su Padre por la salvación del mundo.
Por ellas solicita Jesús penitencias y mortificaciones que Josefa multiplica con la aprobación de la obediencia con generoso desprecio de su cuerpo.

Por ellas, en fin, la quiere El víctima y la asocia misteriosa y sensiblemente a los dolores de su Pasión. «¿Quieres mi Cruz?» —

le pregunta a menudo—, y durante largas horas Josefa lleva esta Cruz, cuyo peso la abruma visiblemente. La Corona de espinas se clava en su cabeza, que no puede apoyar en parte alguna, mientras que un agudo dolor de costado la asocia a la lanzada que abrió el del Salvador. Y, no obstante, trabaja de continuo, no descansa nunca; de noche, sobre todo, está de guardia cerca de su Maestro, Una, entre otras muchas, el Señor se aparece a Josefa. Esta se levanta. «Toma mi Cruz, mis clavos, mi corona... son mis tesoros. Como eres mi Esposa no temo dejártelos: sé que me los guardarás. Ahora voy a buscar a las almas porque quiero que todas me conozcan y me amen... Vamos a traer unas cuantas almas aquí, a mis llagas. Yo las iré a buscar. Cuando las encuentre vendré a tomar mi Cruz.»

Pero estos sufrimientos corporales son pequeños comparados con los espirituales. Nuestro Señor hace comprender a Sor Josefa algo de lo que fue su Agonía bajo el peso de los pecados del mundo, y algo del desamparo que le hizo exclamar: «¡Dios mío!... ¡Dios mío!... ¿Por qué me has abandonado?»... Entonces el Señor sostiene su ánimo repitiéndole la gran enseñanza de la Redención: ¡«Valen tanto las almas!»... Le recuerda también el sentido de la divina elección: Es un llamamiento al amor que se inmola. «No olvides que las almas que Yo escojo tienen que ser víctimas.»

Esta colaboración constante a la obra Redentora ocupa los días y las noches de Josefa. El pensamiento de las almas la embarga por completo, y la palabra del Maestro se realiza verdaderamente en ella. «Yo viviré en ti y tú vivirás por las almas.» 




UN LLAMAMIENTO AL AMOR
Sor Josefa Menéndez
Religiosa Coadjutora de la Sociedad del Sagrado Corazón de Jesús
1890 – 1923 

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