La película Prefiero el Paraíso nos recordaba a san Felipe Neri; cuentan que con él un muerto resucitó para confesarse. Parece una tradi­ción popular piadosa, pero el caso del padre John Higgins, en un moderno hospital hace tan solo dos años, muestra que es perfectamente posible que se diera algo así[1]. Lo contaba el mismo sacerdote en su blog: 
«Tuve que conducir cerca de 16 kilómetros hasta el Hospital donde había una llamada de emergencia. Conduje velozmente, pensando que la enfermera a cargo de la sala de emergencia, Anne, estaría esperán­dome. La conocía a ella y a su esposo de la Parroquia. Cuando llegué, pude ver a los paramédicos a los pies de la única camilla ocupada, así que me apuré y entré.
—Lo siento, padre John, llegó demasiado tarde. Se ha ido— dijo Anne, sonriendo.
Ella sentía mucha compasión, pero también entendía que yo había venido tan pronto como pude. Estaban quitando los cables al anciano. Noté que llevaba un escapulario pardo, uno de los antiguos, de tela. Me acerqué y dije:
—Usaba un escapulario antiguo…
Cuando lo toqué, hubo un «bip» en el monitor, y luego otro. La enfermera, Anne, dijo:
—¿Qué ha hecho?
—¡Nada!— le respondí.
Ella y otra enfermera se apresuraron a intervenir nue­vamente, reconectando cables y pidiendo ayuda. Los paramédicos se levantaron totalmente sorprendidos. ¡El paciente, entonces, abrió sus ojos y dijo (con acen­to irlandés)!:
—Ah, bien, padre; le estaba esperando, quiero confe­sarme.
P. John Higgins
¡Casi me caí! Yo no había hecho nada más que ver y tocar su escapulario. Lo siguiente que supe es que es­taban actuando sobre él. No pudo confesarse, pero le di una absolución de emergencia, mientras ellos tra­bajaban. Uno de los paramédicos me preguntó si yo me encontraba bien y me sentó en una silla…
Un par de semanas más tarde, el hombre resucitado vino a verme para confesarse, y me dijo que el doc­tor no podía entender qué ocurrió y tuvo que romper el Certificado de defunción, que ya había empezado a rellenar. Los paramédicos fueron a visitarlo al Hospital y le mostraron sus notas. Al final de la página, habían escrito la hora y lugar de su muerte, y luego en gran­des letras negras agregaron “Devuelto a la vida por Dios”».
El padre Higgins añade su conclusión: «Los milagros todavía ocurren. Y, no, yo no lo hice. Sólo sucede de acuerdo a la voluntad de Dios. ¿Por qué Él intervie­ne en unos casos y no en otros? Realmente no lo sé. Todavía no lo entiendo. Pero sí sé que Dios ha hecho milagros en mi vida, y no es el más importante para mí el que hizo por esta persona, sino el que ha hecho una y otra vez de traerte de vuelta desde el pecado y la muerte, a través del sacramento de su Alianza».
[1] Cf. P. J. Ginés/ReL (31-3-12).