A Francisco no le gusta la Justicia de Dios

Blog Apostolado Caballero de la Inmaculada

Francisco en Fátima:

Cometemos una gran injusticia contra Dios y su gracia cuando afirmamos en primer lugar que los pecados son castigados por su juicio, sin anteponer —como enseña el Evangelio— que son perdonados por su misericordia. Hay que anteponer la misericordia al juicio y, en cualquier caso, el juicio de Dios siempre se realiza a la luz de su misericordia. Por supuesto, la misericordia de Dios no niega la justicia, porque Jesús cargó sobre sí las consecuencias de nuestro pecado junto con su castigo conveniente. Él no negó el pecado, pero pagó por nosotros en la cruz. Y así, por la fe que nos une a la cruz de Cristo, quedamos libres de nuestros pecados; dejemos de lado cualquier clase de miedo y temor, porque eso no es propio de quien se siente amado (cf. 1 Jn 4,18)”.
  
Además de contradecir el angustioso llamado que hizo la Santísima Virgen, concerniente a que es necesario convertirse y ofrecer reparación, Bergoglio insiste en la misericordia incondicional, que es hija del solafideísmo protestante expresado perfectamente en el “Esto peccátor et pecca fórtiter, sed fórtius fide et gaude in Christo” del satánico Lutero. Y honestamente, no sabemos a qué Evangelio se refiere, a pesar de ser este (permitidnos algo de locura, como pidiera San Pablo Apóstol a los corintios) este nuestro décimo año consecutivo leyendo seis capítulos diarios de la Sagrada Escritura. Porque Nuestro Señor Jesucristo dijo claramente que él volverá a juzgar a vivos y muertos, dando a cada uno el pago de sus obras (Mateo 25). Así lo confirman los Apóstoles,
  • San Pedro, en casa del centurión Cornelio, dijo: “Él [Dios] nos mandó predicar al pueblo y dar testimonio de que Éste es Aquel que ha sido destinado por Dios a ser juez de los vivos y de los muertos” (Hechos 10,42).
  • San Pablo, ante el Areópago de Atenas, dijo: “Pasando, pues, por alto los tiempos de la ignorancia, Dios anuncia ahora a los hombres que todos en todas partes se arrepientan; por cuanto Él ha fijado un día en que ha de juzgar al orbe en justicia por medio de un Hombre que Él ha constituido, dando certeza a todos con haberle resucitado de entre los muertos” (Hechos 17,30-31).
  • “Conforme a tu dureza y tu corazón impenitente, te atesoras ira para el día de la cólera y de la revelación del justo juicio de Dios, el cual dará a cada uno el pago según sus obras: a los que, perseverando en el bien obrar, buscan gloria y honra e incorruptibilidad, vida eterna; mas a los rebeldes, y a los que no obedecen a la verdad, pero sí obedecen a la injusticia, ira y enojo” (Romanos 2,5-8).
  • “Pues todos hemos de ser manifestados ante el tribunal de Cristo, a fin de que en el cuerpo reciba cada uno según lo bueno o lo malo que haya hecho” (II Corintios 5,10).
  • “Ahora se extrañan de que vosotros no corráis con ellos a la misma desenfrenada disolución y se ponen a injuriar; pero darán cuenta a Aquel que está pronto para juzgar a vivos y a muertos [...] Porque es ya el tiempo en que comienza el juicio por la casa de Dios. Y si comienza por nosotros, ¿cuál será el fin de los que no obedecen al Evangelio de Dios?” (I Pedro 4,4-5;17).
  • “Y díjome el Ángel: No selles las palabras de la profecía de este libro, pues el tiempo está cerca. El inicuo siga en su iniquidad, y el sucio ensúciese más; el justo obre más justicia, y el santo santifíquese más. He aquí que vengo presto, y mi galardón viene conmigo para recompensar a cada uno según su obra. Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último, el principio y el fin. Dichosos los que lavan sus vestiduras para tener derecho al árbol de la vida y a entrar en la ciudad por las puertas. ¡Fuera los perros, los hechiceros, los fornicarios, los homicidas, los idólatras y todo el que ama y obra mentira!” (Apocalipsis 22,12-15).
  • “Y vi un gran trono esplendente y al sentado en él, de cuya faz huyó la tierra y también el cielo; y no se halló más lugar para ellos. Y vi a los muertos, los grandes y los pequeños, en pie ante el trono y se abrieron libros –se abrió también otro libro que es el de la vida– y fueron juzgados los muertos, de acuerdo con lo escrito en los libros, según sus obras. Y el mar entregó los muertos que había en él; también la muerte y el Hades entregaron los muertos que había en ellos; y fueron juzgados cada uno según sus obras. Y la muerte y el Hades fueron arrojados en el lago de fuego. Esta es la segunda muerte: el lago de fuego. Si alguno no se halló inscrito en el libro de la vida, fue arrojado al lago de fuego” (Apocalipsis 20,11-14). 
y lo ha enseñado la Iglesia, guardiana infalible de la Verdad:
  • “Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos [...] y otra vez ha de venir con gloria a juzgar a los vivos y a los muertos: y su reino no tendrá fin”. (Símbolo de Nicea y Constantinopla)
  • La fe verdadera consiste en que creamos y confesemos que nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es Dios y Hombre. [...] Que padeció por nuestra salvación: descendió a los Infiernos y al tercer día resucitó de entre los muertos. Subió a los Cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre todopoderoso: desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos. Y cuando venga, todos los hombres resucitarán con sus cuerpos, y cada uno rendirá cuentas de sus propios hechos. Y los que hicieron el bien gozarán de vida eterna, pero los que hicieron el mal irán al fuego eterno. Esta es la Fe Católica, y quien no la crea fiel y firmemente no se podrá salvar”. (Símbolo de San Atanasio)
  • “[Firmemente creemos y simplemente confesamos que Cristo…] también sufrió y murió en el madero de la cruz por la salud del género humano, descendió a los infiernos, resucitó de entre los muertos y subió al cielo; pero descendió en el alma y resucito en la carne, y subió juntamente en una y otra; ha de venir al fin del mundo, ha de juzgar a los vivos y a los muertos, y ha de dar a cada uno según sus obras, tanto a los réprobos como a los elegidos: todos los cuales resucitarán con sus propios cuerpos que ahora llevan, para recibir según sus obras, ora fueren buenas, ora fueren malas; aquéllos, con el diablo, castigo eterno; y éstos, con Cristo, gloria sempiterna”. (IV Concilio de Letrán, Definición de fe contra los albigenses).
Es cierto que Dios muestra sus misericordias a quien sinceramente se arrepiente de sus pecados y da frutos dignos de penitencia. Pero también es cierto que la obstinación en el pecado y la presunción de la misericordia de Dios son pecados contra el Espíritu Santo, pecados que no tienen absolución posible. Pero no tiene ya caso (de hecho, nunca lo tuvo) seguir insistiendo a gente que más que sorda, es necia y busca componendas entre Dios y el diablo. San Pablo declaró el anatema, la maldición que condena en vida al Infierno, contra todo el que anuncia el Antievangelio:
“Mas aun cuando nosotros mismos o un ángel del cielo os anuncie un evangelio diferente del que nosotros os hemos anunciado, sea anatema. Así como ya os lo dijimos, ahora os lo repito: Si alguno os anuncia un evangelio diferente de aquel que recibisteis, sea anatema”. (Gálatas 1, 8-9) 
  

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