Orgullos honestos frente al "orgullo gay"

D Ernesto Juliá

Cuatro amigos me dieron una cierta sorpresa; y digo cierta, porque, conociéndoles bien, de cada uno de ellos se puede esperar cualquier cosa.
¿La sorpresa?   Se habían reunido a tomar algo y charlar un rato, y habían decidido comentarse, con toda franqueza, los hechos, las acciones, que habían llevado adelante, y que más “orgullo” les había proporcionado durante el año pasado
Y la sorpresa fue la lista que habían confeccionado, y que transmito a continuación.
El de más edad, en torno a los setenta, el más poeta de los cuatro, estaba muy orgulloso por:
- haber celebrado recientemente el 42 aniversario de su matrimonio: un buen camino para ir preparando las bodas de oro.
-haber vivido el bautizo de su nieto número quince: el quinto hijo de su tercer hijo.
-haberse descubierto tan enamorado de su esposa como el primer día; un amor enriquecido en la eternidad encerrada en el tiempo.
-haber conseguido mantener la empresa en tiempo de crisis, sin haber tenido que hacer ningún Ere.
El segundo, que superaba de poco los sesenta años, había reconocido con toda sinceridad sus “orgullos”.
-haber sacado adelante una familia de ocho hijos, con muchos sacrificios de su mujer y suyos, y verlos ahora a todos bien orientados en la vida.
-haber ayudado a obras de caridad llevadas por la Iglesia 
- haber luchado, corazón a corazón con su esposa, para tratar a un hijo que a la edad de dieciocho años decía tener tendencias homosexuales. Con serenidad y paz, habían conseguido que el chico les hablara con toda claridad, les manifestara sus dudas, y les pidiera ayuda. Un psicólogo competente, y muy bien preparado científicamente, y el amor materno y paterno, fueron luces para que hijo aclarara su situación, venciera esas tendencias, y en junio del año pasado, ya con 27 años, les había anunciado su próxima boda con su novia.
-haber aprovechado las tardes de los sábado yendo con otros dos amigos a hacer un rato de compañía a ancianos enfermos y solos.
El tercer fue el que más me sorprendió.  Era el más joven, con apenas cumplidos los cincuenta años, Sabía que se había tenido que enfrentar a duras situaciones familiares. Sabía también que las había llevado con entereza. Aun así, sus “orgullos” me llamaron la atención:
-haber sostenido el deseo de una hija, y defenderla contra viento y marea, incluso de su propio esposo, de no abortar a una criatura que llegaba al mundo con el síndrome de Down.  Y la alegría de haber participado con toda la familia del bautizo de esta criatura.
-haber resistido a una oferta ilícita de dinero, que les habría solucionado muchos problemas económicos de la familia. Su conciencia, en el sentido más profundo de la palabra, primero.
-ser hombre, y participar del “orgullo” de su mujer, de ser “mujer”.
-haber superado un momento difícil en su trabajo, y no haber sucumbido a ninguna depresión al verse en peligro de ser enviado al paro.
El cuarto, casado sin hijos que había adoptado veinte años atrás a dos criaturas, ya consiguió que elevara mi corazón a Dios en acción de gracias por aquellos cuatro amigos. Así escribió sus “orgullos”.
-haber participado en la ordenación sacerdotal de un hindú, a quien había ayudado a pagarse sus estudios en Roma durante tres años. Participar en la ordenación, y recibir de sus manos el Santísimo Sacramento.
-el hijo adoptado le creó muchos problemas apenas llegado a la adolescencia. Después de no pocas idas y venidas, en Navidad del año pasado les pidió perdón de todo corazón, y regresó a casa.
-ser católico, apostólico, romano, y haber dado testimonio de su fe en medio de un ambiente adverso de trabajo.
-participar en el matrimonio de su hija, que había llegado virgen al día de la boda.
Cuando terminé de leer la lista de “orgullos”, me conmoví y pensé para mis adentros que, con amigos así, el caminar de la vida se hace ligero y suave. Mañana rezaré muy especialmente por ellos en la Santa Misa

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