Una ayuda para dar las gracias después de comulgar



Algunos dan gracias después de la sagrada Comunión de la manera siguiente: imaginan y consideran a Cristo nuestro Señor dentro de sus entrañas como en un estrado o sitial. Y llaman a todas sus potencias y sentidos para que le reconozcan y reverencien por su Señor y Rey, a la manera de acá, cuando uno hospeda en su casa a una persona principal, suele llamar a todos sus hijos y allegados para que le reverencien y reconozcan. Y con cada uno de sus sentidos y potencias hacen tres cosas: la primera, darle gracias porque les dio aquella potencia o sentido; la segunda, se acusan y se duelen de no haberlo empleado en aquello para que el Señor se lo dio; la tercera, piden favor y gracia para enmendarse de ahí adelante, y es muy buena y provechosa manera de dar gracias. Y, en efecto, es el primer modo de orar de los tres que nuestro Padre pone en el libro de los Ejercicios Espirituales. 

Otros, imaginándose enfermos en todos sus sentidos y potencias, como Cristo es médico que sana todas las enfermedades (Sal, 102, 3), le llevan por todas ellas, como al médico por las enfermerías, pidiéndole: Señor, venid y veréis (Jn., 11, 34): Señor, mirad estos mis ojos enfermos, esta lengua, etc., y compadeceos de mí y sanadme (Sal. 6, 3): [Señor, apiadaos de Mí, que estoy enfermo. (Sal., 40, 5): Sanad mi alma, porque pequé contra Vos]. 

Adviértase aquí que para ejercitamos en estos ejercicios y en otros semejantes en este tiempo, no es menester fingir la composición de lugar ni buscarla fuera de nosotros, pues tenemos presente y dentro de nuestro pecho al mismo Jesucristo verdadero Dios y verdadero hombre, el cual está realmente en nuestras entrañas por todo el tiempo que duran las especies sacramentales, que es por todo el tiempo que durara la sustancia del pan si allí estuviera. Pues si el mirar una imagen de Cristo nos recoge para tener oración, ¿qué será mirar al mismo Cristo, que está aquí presente, no en dibujo como en el Crucifijo, sino en su propia persona? Y así cada uno se ha de convertir a sí mismo, considerando dentro de sí a Cristo, como lo hacía la sacratísima Reina de los Ángeles cuando le traía en sus entrañas, y tratar allí con su Amado, diciendo con la Esposa (Cant., 3, 4): He hallado al que ama mi ánima: le tengo, no le dejaré.  

Para que nos animemos a detenernos y gastar más tiempo en el hacimiento de gracias, nos podrá ayudar una cosa que dicen aquí algunos teólogos, y es que por todo el tiempo que duran las especies sacramentales y la real presencia de Cristo en nuestro pecho, mientras más uno se ejercitare en semejantes actos, recibirá mayor gracia, no solamente por el mayor mérito de los actos que llaman ex opere operantis, sino ex opere operato, por la virtud del Sacramento. 

De lo dicho se verá cuán mal hacen los que dejan perder este tiempo en que tanto podían ganar, y en acabando de recibir tal Huésped en su casa, luego le vuelven las espaldas, y apenas ha entrado Él por una puerta, cuando ellos se salen por otra, dejándole, como dicen, con la palabra en la boca. Si acá tendríamos por muy mala crianza recibir en casa un huésped de respeto, y después de recibido no le hablar ni ofrecer servicio ninguno, ¿qué será a un tal Huésped como éste? De la gloriosa virgen Margarita, hija del rey de Hungría, cuenta Surio que cuando había de comulgar, el día antes no comía más de pan y agua, en reverencia de aquella comida y manjar celestial que esperaba, y luego toda la noche entera pasaba en oración, después de comulgar gastaba todo aquel día en rezar y orar, hasta la noche, que tomaba alguna poca de comida. 


EJERCICIO DE PERFECCIÓN Y 
VIRTUDES CRISTIANAS 
Padre Alonso Rodríguez, S.J.

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