El propósito de la enmienda en la Confesión

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- Propósito de no volver a pecar. Consiste en decidirse firmemente a no volver a pecar; en estar dispuestos a evitar el pecado, cueste lo que cueste. Si verdaderamente amo, no puedo seguir lastimando a quien amo. De nada sirve confesarnos si no queremos mejorar. Podemos caer de nuevo por debilidad, pero lo importante es la lucha, no la caída.

Por eso es muy necesario que se tenga la intención firme de NO VOLVER A COMETER ESE PECADO, O AL MENOS LUCHAR CON TODOS LOS MEDIOS. La persona que se confiesa con la idea de que va a volver a hacer ese pecado y no le importa (pues al fin, se vuelve a confesar), no tiene verdadero arrepentimiento.

El propósito de enmienda brota espontáneamente del dolor. Si tienes arrepentimiento de verdad, harás el propósito de no volver a pecar.
Dice el profeta Isaías: «Que el malvado abandone su camino, y el criminal sus planes; que regrese al Señor, y Él tendrá piedad».

Es absurdo decirse al pecar: después me arrepentiré. Ése después quizás nunca llegue. Si después piensas arrepentirte de verdad, para qué haces ahora lo que luego te pesará de haber hecho» Nadie se rompe voluntariamente una pierna diciendo: después me curaré.

El propósito hay que hacerlo antes de la confesión, y es necesario que perdure (por no haberlo retractado) al recibir la absolución. El propósito tiene que ser universal, es decir, propósito de no volver a cometer ningún pecado grave. No basta que se limite a los pecados de la confesión presente. Y debe ser «para siempre». Sería ridículo que uno que ha ofendido a otro le dijera: «Siento lo ocurrido, pero me reservo el derecho de hacerlo otra vez, si me da la gana».

Si no hay verdadero propósito de la enmienda, la confesión es inválida y sacrílega.

No creas que tu propósito no es sincero porque preveas que volverás a caer. El propósito es de la voluntad; el prever es de la razón. Basta que tengas ahora una firme determinación, con la ayuda de Dios, de no volver a pecar. El temor de que quizás vuelvas después a caer no destruye tu voluntad actual de no querer volver a pecar.

Y esto último es lo que se requiere. Para poder confesarse no hace falta tener la seguridad de no volver a caer.
Esta seguridad no la tiene nadie. Basta estar seguro de que ahora no quieres volver a caer. Lo mismo que al salir de casa no sabes si tropezarás, pero sí sabes que no quieres tropezar, y haces todo lo posible para no tropezar.

Dice Juan Pablo II: Es posible que, aun en la lealtad del propósito de no volver a pecar, la experiencia del pasado y la conciencia de la debilidad actual susciten el temor de nuevas caídas; pero eso no va en contra de la autenticidad del propósito, cuando a ese temor va unida la voluntad, apoyada por la oración continúa, de hacer lo que es posible para evitar la culpa.

Pero no olvides que para que el propósito sea eficaz es necesario apartarse seriamente de las ocasiones de pecar, porque, dice la Biblia: « quien ama el peligro perecerá en él»
Acuérdate de este dicho: Si quieres resultados diferentes, porqué haces siempre lo mismo.

Y si te metes en malas ocasiones, serás malo, y de seguro que pecarás. Hay batallas que el modo de ganarlas es evitarlas. Combatir siempre que sea necesario, es de valientes; pero combatir sin necesidad, trastorna el espíritu, y puedes que pierdas sino es bien preparado.

Si no quieres quemarte, no te acerques demasiado al fuego.
Si no quieres cortarte, no juegues con una navaja de afeitar. Quien quiere verlo todo, oírlo todo, leerlo todo, saberlo todo,
es moralmente imposible que guarde pureza de cuerpo y alma.

Es necesario frenar los sentidos..., y la concupiscencia!
La concupiscencia es una fiera insaciable.
Aunque se le dé lo que pide, siempre quiere más. Y cuanto más le des, más te pedirá y con más fuerza.
La fiera de la concupiscencia hay que matarla de hambre.
Si la tienes castigada, te será más fácil dominarla. La concupiscencia te llavará al deseo ansioso de bienes materiales y al apetito desordenado de placeres sensuales o sexuales.

En las ocasiones de pecar hay que saber cortar cuanto antes. Si coqueteas, vendrá un momento en que la tentación te cegará y llegarás a cosas que después, en frío cuando todo haya pasado, te parecerá imposible que tú hayas podido realizar éso. La experiencia de la vida confirma continuamente estas palabras.

Si el propósito no se extendiese también a poner todos los medios necesarios para evitar las ocasiones próximas de pecar, no sería eficaz, mostraría una voluntad apegada al pecado, y, por lo tanto, indigna de perdón.

Quien, pudiendo, no quiere dejar una ocasión próxima de pecado grave, no puede recibir la absolución. Y si la recibe, esta absolución es inválida y sacrílega.

Ocasión de pecado es toda persona, cosa o circunstancia, exterior a nosotros, que nos da oportunidad de pecar, que nos facilita el pecado, que nos atrae hacia él y constituye un peligro de pecar. Se llama ocasión próxima si lo más probable es que nos haga pecar; pues, ya sea por la propia naturaleza, ya por las circunstancias, en tales ocasiones la mayoría de las veces se peca.

Hay obligación grave de evitar, si se puede, la ocasión próxima de pecar gravemente. De manera que quien se expusiera voluntaria y libremente a peligro próximo de pecado grave, aunque de hecho no cayese en el pecado, pecaría gravemente por exponerse de esa manera, sin causa que lo justifique.

La ocasión próxima de pecar se diferencia de la ocasión remota en que esta última es poco probable que nos arrastre al pecado.

Si la ocasión de pecado es necesaria y no se puede evitar, hay que tomar muy en serio el poner los medios para no caer. Para esto consultar con tu confesor.

Jesucristo tiene palabras muy duras sobre la obligación de huir de las ocasiones de pecar. Llega a decir que si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela; y que si tu ojo es ocasión de pecado, arráncatelo; pues más vale entrar en el Reino de los Cielos manco o tuerto, que ser arrojado con las dos manos o los dos ojos en el fuego del infierno.

Una persona que tiene una pierna gangrenada se la corta para salvar su vida. Vale la pena sacrificar lo menos para salvar lo más. Evitar un pecado cuesta menos que desarraigar un vicio. Esto es a veces muy difícil. Es mucho más fácil no plantar una bellota que arrancar una encina.

Los actos malos por pequeños que sean si son repetidos crean malos hábitos y esclavizan al ser humano. Dice el proverbio latino: Gutta cavat petram, non semel sed saepe cadendo; La gota de agua, a fuerza de caer, termina por ahuecar la piedra.

Para apartarse con energía de las ocasiones de pecar, es necesario rezar mucho continuamente y orar pidiendo fortaleza a Dios. El Santo Rosario es el arma perfecta para no pecar nunca más. Pídeselo mucho a Jesús y a la Virgen María que te aleje de las ocasiones de pecado, y fortalece tu alma comulgando todos los días si es posible.

Recuerda que si pecas, levántate!, no te quedes estancado, sigue adelante, lo que verdaderamente vale es que continúes. Pide siempre auxilio, mira que tú solo no puedes, la vida tiene tramos difíciles, pero junto a Jesucristo la vida se hace una carga ligera.
Los que están en el infierno, pecaron y nunca se levantaron, se dejaron arrastrar por la corriente y nunca hicieron el menor esfuerzo por salir de ella.

Comentarios

Cristina Villarroya ha dicho que…
Mensaje del LIBRO DE LA VERDAD revelado a MDM:


Lunes 24 de enero de 2011



Hoy, Mi amada hija, finalmente has entendido los peligros que plantea el Seductor cuando bajas la guardia. Rezar a Mi Padre Eterno, a través de la coronilla de la Divina Misericordia, es importante para santificar tu alma.



El pecado, Mi amada hija, es difícil de evitar. Más difícil es alcanzar Mis gracias especiales de lo que lo es evitar el pecado en cualquier forma. Al haber sido llamada para este sagrado trabajo, siempre serás un objetivo del Maligno, quien se propone crear negatividad en tu vida a la menor oportunidad. Usará a aquéllos alrededor tuyo como un medio para atacarte, por lo que debes estar en guardia contra él. Nunca le dejes vencer, porque cuando lo hace consigue infestar las almas y causa terrible dolor, angustia y sufrimiento. Consigue que las amistades se rompan, causa confusión, desesperación e instila pensamientos falsos en la mente de sus víctimas. Entonces, cuando Mis hijos se sienten culpables por su propia debilidad al sucumbir a la tentación, experimentan una falta de felicidad que lleva desesperación, miseria y confusión a sus vidas.



Hijos Míos, vosotros siempre seréis tentados al pecado. La perfección de vuestras almas es extremadamente difícil de alcanzar y requiere una tremenda disciplina y determinación por vuestra parte. Cuando caigáis presas de la seducción del maligno y pequéis, debéis inmediatamente rezar de corazón y buscar el perdón.



La confesión regular es un sacramento poco entendido. Sólo la asistencia semanal al confesionario permitirá a vuestra alma permanecer en estado de gracia. Sólo cuando santifiquéis vuestra alma de esta manera, y a través de la oración diaria, podréis mantener al Seductor alejado.



La culpa por el pecado

Cuando os sintáis culpables como resultado de una acción pecaminosa, independientemente de lo grave que sea la ofensa a los ojos de Mi Padre, no os inquietéis. Dad marcha atrás, abrid vuestro corazón y pedid perdón. La culpa es un sentimiento negativo. Y aunque sirve como forma de guiar vuestras conciencias, no es sano permanecer en ese estado. Pedid las gracias, mediante la oración, para alcanzar la pureza de alma requerida para servirme. La paciencia es importante. Nunca dejéis que el pecado os aparte de Mí. La culpa no debe interponerse en el camino de la búsqueda de la redención. Recordad hijos, que por el pecado original vosotros siempre caeréis víctimas de la tentación del maligno. Es por medio de la oración, el ayuno y la dedicación a la Sagrada Eucaristía, como estaréis más cerca de Mí. Esto requiere tiempo, del que hay qué saber disponer.



Id ahora, hijos Míos y recordad una cosa, nunca temáis volver a Mí cuando hayáis pecado. Nunca os avergoncéis de pedir perdón cuando sintáis verdadero remordimiento. Pero recordad también que, si no lo hacéis, atraeréis al Seductor una y otra vez y vuestra alma se sumirá en las tinieblas. La oscuridad atrae a la oscuridad. La luz atrae a la luz. Yo soy la Luz.



Ahora volveos hacia Mí y dejad que Mi amor brille a través de vuestras pobres y perdidas almas. Os amo tanto, hijos Míos, que cuando volváis vuestros corazones hacia Mí, sin importar lo solos que os sintáis, nunca seréis rechazados.



Id en paz y amor.



Vuestro Divino salvador,

Jesucristo





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