Infancia espiritual



En verdad os digo: quien no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y abrazándolos, los bendecía, imponiéndoles las manos.
En esos niños que Jesús abraza y bendice están representados no solo todos los niños del mundo, sino también todos los hombres, a quienes el Señor indica cómo deben «recibir» el Reino de Dios.
Jesús ilustra de una manera gráfica la doctrina esencial de la filiación divina: Dios es nuestro Padre y nosotros sus hijos; nuestro comportamiento se resume en saber hacer realidad la relación que tiene un buen hijo con un buen padre. Ese espíritu de filiación divina lleva consigo el sentido de dependencia del Padre del Cielo y el abandono confiado en su providencia amorosa, igual que un niño confía en su padre; la humildad de reconocer que por nosotros nada podemos; la sencillez y la sinceridad, que nos mueve a mostrarnos tal como somos.
Volverse interiormente como niños, siendo personas mayores, puede ser tarea costosa: requiere reciedumbre y fortaleza en la voluntad, y un gran abandono en Dios. «La infancia espiritual no es memez espiritual, ni “blandenguería”: es camino cuerdo y recio que, por su difícil facilidad, el alma ha de comenzar y seguir llevada de la mano de Dios». El cristiano decidido a vivir la infancia espiritual practica con más facilidad la caridad, porque «el niño es una criatura que no guarda rencor, ni conoce el fraude, ni se atreve a engañar. El cristiano, como el niño pequeño, no se aíra si es insultado (...), no se venga si es maltratado. Más aún: el Señor le exige que ore por sus enemigos, que deje la túnica y el manto a los que se lo llevan, que presente la otra mejilla a quien le abofetea (cfr. Mt 5, 40)». El niño olvida con facilidad y no almacena los agravios. El niño no tiene penas.
La infancia espiritual conserva siempre un amor joven, porque la sencillez impide retener en el corazón las experiencias negativas. «¡Has rejuvenecido! Efectivamente, adviertes que el trato con Dios te ha devuelto en poco tiempo a la época sencilla y feliz de la juventud, incluso a la seguridad y gozo –sin niñadas– de la infancia espiritual... Miras a tu alrededor, y compruebas que a los demás les sucede otro tanto: transcurren los años desde su encuentro con el Señor y, con la madurez, se robustecen una juventud y una alegría indelebles; no están jóvenes: ¡son jóvenes y alegres!
»Esta realidad de la vida interior atrae, confirma y subyuga a las almas. Agradéceselo diariamente “ad Deum qui laetificat iuventutem” —al Dios que llena de alegría tu juventud». Verdaderamente, el Señor alegra nuestra juventud perenne en los comienzos y en los años de la madurez o de la edad avanzada. Dios es siempre la mayor alegría de la vida, si vivimos delante de Él como hijos, como hijos pequeños siempre necesitados.
La filiación divina engendra devociones sencillas, pequeñas obras de obsequio a Dios Nuestro Padre, porque un alma llena de amor no puede permanecer inactiva. Es el cristiano, que ha necesitado de toda la fortaleza para hacerse niño, quien puede dar su verdadero sentido a las devociones pequeñas. Cada uno ha de tener «piedad de niños y doctrina de teólogos», solía decir San Josemaría Escrivá. La formación doctrinal sólida ayuda a dar sentido a la mirada que dirigimos hacia una imagen de Nuestra Señora y a convertir esa mirada en un acto de amor, o a besar un crucifijo, y a no permanecer indiferente ante una escena del Vía Crucis. Es la piedad recia y honda, amor verdadero, que necesita expresarse de alguna forma. Dios nos mira entonces complacido, como el padre mira al hijo pequeño, a quien quiere más que a todos los negocios del mundo.
La fe sencilla y profunda lleva a manifestaciones concretas de piedad, colectivas o personales, que tienen una razón de ser humana y divina. A veces, son costumbres piadosas del pueblo cristiano que nos han transmitido nuestros mayores en la intimidad del hogar y en el seno de la Iglesia. Junto al deseo de mejorar más y más la personal formación doctrinal –la más profunda que podamos adquirir en nuestras circunstancias personales–, hemos de vivir con amor esos detalles sencillos de piedad que nos hemos inventado nosotros o que han servido, durante muchas generaciones, para amar a Dios a tantas gentes diversas, que agradaron a Dios porque se hicieron como niños. Así, desde los orígenes de la Iglesia ha sido costumbre adornar con flores los altares y las imágenes santas, besar el crucifijo o el rosario, tomar agua bendita y santiguarse...


http://www.hablarcondios.org/meditaciondiaria.aspx

Comentarios

Cristina Villarroya ha dicho que…
SANTO EVANGELIO SEGUN SAN MARCOS
 10,13-16

Acercaban a Jesús niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban. 14 Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo: «Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis, pues de los que son como ellos es el reino de Dios. 15 En verdad os digo que quien no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él». 16 Y tomándolos en brazos los bendecía imponiéndoles las manos.

palabra del Señor

COMENTARIO POR SANTA TERESITA DE LISIEUX

Usted, Madre, sabe bien que yo siempre he deseado ser santa. Pero, ¡ay!, cuando me comparo con los santos, siempre constato que entre ellos y yo existe la misma diferencia que entre una montaña cuya cumbre se pierde en el cielo y el oscuro grano que los caminantes pisan al andar. Pero en vez de desanimarme, me he dicho a mí misma: Dios no puede inspirar deseos irrealizables; por lo tanto, a pesar de mi pequeñez, puedo aspirar a la santidad. Agrandarme es imposible; tendré que soportarme tal cual soy, con todas mis imperfecciones. Pero quiero buscar la forma de ir al cielo por un caminito muy recto y muy corto, por un caminito totalmente nuevo.

Estamos en un siglo de inventos. Ahora no hay que tomarse ya el trabajo de subir los peldaños de una escalera: en las casas de los ricos, un ascensor la suple ventajosamente. Yo quisiera también encontrar un ascensor para elevarme hasta Jesús, pues soy demasiado pequeña para subir la dura escalera de la perfección. Entonces busqué en los Libros Sagrados algún indicio del ascensor, objeto de mi deseo, y leí estas palabras salidas de la boca de Sabiduría eterna: El que sea pequeñito, que venga a mí (Pr 9,4).

Y entonces fui, adivinando que había encontrado lo que buscaba. Y queriendo saber, Dios mío, lo que harías con el que pequeñito que responda a tu llamada, continué mi búsqueda, y he aquí lo que encontré: Como una madre acaricia a su hijo, así os consolaré yo; os llevaré en mis brazos y sobre mis rodillas os meceré (Is 66,13). Nunca palabras más tiernas ni más melodiosas alegraron mi alma ¡El ascensor que ha de elevarme hasta el cielo son tus brazos, Jesús! Y para eso, no necesito crecer; al contrario, tengo que seguir siendo pequeña, tengo que empequeñecerme más y más. Tú, Dios mío, has rebasado mi esperanza, y yo quiero cantar tus misericordias (Sal. 88,2 Vulg).
Cristina Villarroya ha dicho que…
Mensaje del LIBRO DE LA VERDAD de Nuestro Señor:


Domingo 08 de enero de 2012

Mi amadísima hija, hago un llamado hoy a todos los niños, que sobrepasan la edad de siete años y a cada hijo Mío en el mundo.

Ustedes Mis pequeñitos, son como joyas ante Mis ojos.

Me traen tal amor tan tierno y me deleito con su compañía.

Sepan que los amo muchísimo. Algunos de ustedes ya me conocen y eso es bueno.

Los invito a conversar más Conmigo. Con sus propias palabras. Como a un amigo.

Nunca sientan que deben aprender o rezar oraciones, que encuentren difíciles.

En cambio, vengan a Mí y compartan todos sus pensamientos, miedos, novedades o problemas.

Estoy siempre a su lado, incluso cuando me ignoran. Siempre tengo esperanza.

A esas pobres personas jóvenes, cuyas vidas están llenas con falsedades o que están involucradas con la bebida o las drogas, deben saber esto:

A pesar de que ustedes pudieran sentir un vacío dentro, deben darme su mano y la tomaré. Los salvaré de ahogarse en un mar de confusión.

Muchos de ustedes se sienten indignos e insignificantes. Están tan abrumados por los que ustedes idolatran en el mundo de la música y las celebridades, que se sienten completamente inadecuados.

Nunca se sientan así, Mis pequeñitos porque, ante Mis ojos, ustedes son muy especiales.

Cada uno de ustedes tiene un lugar único en Mi corazón. Permítanme llevarlos en un camino a un maravilloso futuro nuevo.

Introduciré, en breve, una nueva y maravillosa Era de Paz y Gloria en la Tierra.

Deben mantenerse fuertes. Nunca se rindan cuando se sientan decaídos. Nunca se desesperen cuando se sientan indignos.

Ustedes, recuerdan, nacieron por una razón. No importa cuáles son sus circunstancias, la razón de su nacimiento es esta: Nacieron para unirse a Mí, como parte de Mi nuevo y glorioso Reino.

Yo sé que es difícil para ustedes oír Mi voz, pues hay muchos falsos dioses, tratando de llamar su atención.

Mi promesa a ustedes es esta: Vivan su vida con esperanza y amor por Mí, su Jesús y les daré el don del Paraíso. Este Paraíso es lo que les está esperando, si tan solo me pidieran que les ayude en su trayecto hacia Mí.

Yo soy el amor que está haciendo falta en sus vidas.

Yo soy la paz que buscan.

Yo soy la ayuda que necesitan para sentir amor en su corazón, de nuevo.

Yo soy el amor.

Yo soy la Luz.

Sin Mí, ustedes permanecerán en la oscuridad.

Los amo, no importa cómo me puedan herir u ofender.

Digan esta pequeña oración y vendré corriendo a ustedes inmediatamente:

“Jesús, escucha mi llamado por ayuda. Por favor ayúdame a tratar con aquellos quienes me causan dolor. Ayúdame a impedir que la envidia se apodere de mi vida y que deje de desear cosas que no puedo tener. En cambio abre mi corazón a ti querido Jesús. Ayúdame a sentir amor real, Tu amor, y a sentir verdadera paz en mi corazón. Amén.”



Regoncíjense hijos Míos, porque Yo ahora les hablo a su corazón, desde los Cielos.

Soy real. Existo.

Los amo y nunca renunciaré a Mi lucha por salvarles para que pueda llevarles a ustedes, a su familias y amigos, al Nuevo Paraíso en la Tierra.

Este Paraíso fue creado para Adán y Eva y ahora regresará a la Tierra.

Yo quiero que ustedes sean parte de esta nueva y gloriosa vida, que está más allá de sus sueños.

Los bendigo ahora.

Vuestro amado Amigo,

Jesús



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