Nosotros, ¿qué recompensa tendremos?



 Después del encuentro con el joven rico que considerábamos ayer, Jesús y sus discípulos emprendieron de nuevo el camino hacia Jerusalén. En todos había quedado grabada la triste despedida de este adolescente que estaba muy apegado a sus posesiones, y las fuertes palabras de Jesús hacia aquellos que por un desordenado amor a los bienes de la tierra no son capaces –no quieren– de seguirle. Ahora, ya en el camino, probablemente para romper el silencio que ha provocado la escena anterior, Pedro dice a Jesús: Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. San Mateo recogió con toda claridad el sentido de las palabras de Pedro: ¿qué recompensa tendremos?. ¿Qué vamos a recibir?
San Agustín, al comentar este pasaje del Evangelio de la Misa de hoy, nos interpela con estas palabras: «Te pregunto a ti, alma cristiana. Si se te dijese lo que a aquel rico: Vete, vendetambién tú todas las cosas y tendrás un tesoro en el cielo, y ven y sigue a Cristo, ¿te irías triste como él?».
Nosotros, como los Apóstoles, hemos dejado lo que el Señor nos ha ido pidiendo, cada uno según su vocación, y tenemos el firme empeño de romper cualquier atadura que nos impida correr hasta Cristo y seguirle. Hoy podemos renovar el propósito de poner al Señor como centro de la propia existencia con un desasimiento efectivo, con hechos, de lo que tenemos y usamos para que, como San Pablo, podamos decir: Todo lo tengo por basura, con tal de ganar a Cristo. Ciertamente, «el que conoce las riquezas de Cristo Señor nuestro, por ellas desprecia todas las cosas; para este son basuras las haciendas, las riquezas y los honores. Porque nada hay que pueda compararse con aquel tesoro supremo, ni siquiera que pueda ponerse en su presencia». Ninguna cosa tiene valor en comparación con Cristo.
Nosotros lo hemos dejado todo... «¿Qué has dejado, Pedro? Una navichuela y una red. Él, sin embargo, podría responderme: He dejado todo el mundo, ya que nada he guardado para mí (...). Lo abandonaron todo (...) y siguieron a quien hizo el mundo, y creyeron en sus promesas», como queremos hacer nosotros. Podemos decir que lo hemos dejado todo cuando nada se interpone en nuestro amor a Cristo. (...) También a quienes han recibido en medio del mundo y en el ejercicio de su profesión una llamada más específica al apostolado –como aquellos Doce– les puede pedir el Señor un desprendimiento total de bienes, riquezas, tiempo, familia, etc., en razón de una más plena disponibilidad en servicio de la Iglesia y de las almas.
II. Lo hemos dejado todo... Cuántas veces hemos experimentado, al responder con nueva generosidad ante las exigencias de la vocación cristiana, que el desprendimiento efectivo de los bienes lleva consigo la liberación de un peso considerable: como el soldado que se despoja de su impedimenta al entrar en combate para estar más ágil de movimientos. Saboreamos así, en el servicio de Dios, un señorío sobre las cosas que nos rodean: ya no se es esclavo de ellas y se vive con gozo aquello a lo que aludía San Pablo: estamos en el mundo como quienes nada tenemos, pero todo lo poseemos. El corazón del cristiano que de esta manera se ha despojado del egoísmo se llena más fácilmente de la caridad, y con ella todas las cosas son suyas: Todo es vuestro, vosotros sois de Cristo y Cristo de Dio.
Pedro recuerda a Jesús que, a diferencia del joven que acaban de dejar, ellos lo abandonaron todo por Él. Simón no mira atrás, pero parece tener necesidad de unas palabras del Maestro que les reafirme en que han salido ganando en el cambio, que vale la pena estar junto a Él, aunque no posean nada. El Apóstol se manifiesta muy humano, pero su pregunta expresa a la vez la confianza que le unía al Señor. Jesús se llenó de ternura ante aquellos que, a pesar de sus defectos, le seguían con fidelidad: En verdad os digo que no hay nadie que habiendo dejado casa, hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o campos por mí y por el Evangelio, no reciba en esta vida cien veces más en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y campos, con persecuciones; y, en el siglo venidero, la vida eterna... «¡A ver si encuentras, en la tierra, quien pague con tanta generosidad!». No se queda corto Jesús. Ni un vaso de agua fría –una limosna, un servicio, cualquier buena acción– dado por Cristo quedará sin su recompensa. Seamos sinceros al examinar cómo vivimos el desprendimiento, la pobreza: ¿podemos afirmar ante Dios que lo hemos dejado todo?
Si es así, Jesús no dejará de confirmarnos en el camino. Quien tiene en cuenta hasta la más pequeña de las acciones, ¿cómo podrá olvidar la fidelidad de día tras día por puro amor? Quien multiplicó panes y peces para una multitud que le sigue unas jornadas, quizá sin mucha rectitud de intención, ¿qué no hará por los que hayan dejado todo para seguirle siempre? Si estos que van en pos de Él tuvieran necesidad de una ayuda particular para seguir adelante, ¿cómo podrá olvidarse Jesús?, ¿qué nos negará nuestro Padre Dios cuando acudimos a Él ante la falta de medios? «Solo por volver a Él su hijo, después de traicionarle, prepara una fiesta, ¿qué nos otorgará, si siempre hemos procurado quedarnos a su lado?».
Las palabras de Cristo dieron seguridad a quienes le acompañaban aquel día camino de Jerusalén, y a cuantos a través de los siglos, después de haber entregado todo al Señor, de nuevo buscan en la enseñanza del Señor la firmeza de la fe y de la entrega. La promesa de Cristo rebasa con creces toda la felicidad que el mundo puede dar. Él nos quiere felices también aquí en la tierra: quienes le siguen con generosidad obtienen, ya en esta vida, un gozo y una paz que superan con mucho las alegrías y consuelos humanos. Y a este gozo y paz, anticipo del Cielo, hay que añadir la bienaventuranza eterna. «Son dos horas de vida y grandísimo el premio; y cuando no hubiera ninguno, sino cumplir lo que nos aconsejó el Señor, es grande la paga en imitar en algo a Su Majestad».


http://www.hablarcondios.org/meditaciondiaria.aspx

Comentarios

Cristina Villarroya ha dicho que…
Mensaje del LIBRO DE LA VERDAD de Nuestro Señor:


Viernes 23 de mayo de 2014

Mi muy querida bienamada hija, venid, todos los que me amáis, y traedme vuestro amor, porque Estoy en gran necesidad de consuelo. Yo Soy vuestro Jesús, el Hijo del hombre, Salvador del mundo, y sin embargo, lloro. Cada Gracia legada al hombre me es lanzada de vuelta por las almas ingratas. Mi generoso Corazón está abierto, así puedo atraer a todos vosotros hacia Mí, pero os alejáis. Incluso aquellos de vosotros que me amáis, no me dais de vuestro tiempo. En lugar de hablarme, habláis vosotros entre sí sobre Mí. Demasiado hablar sobre el Misterio de los Planes de Dios y de lo que está por venir, puede causar distracción y confusión. El exceso de análisis y el así- llamado debate inteligente os aleja de Mí.

Vosotros no tenéis que comprender los Caminos de Dios - simplemente debéis aceptarlos. Nunca os pedí que entendierais el Misterio de Mi Divinidad, porque las almas que verdaderamente me aman, me amarán por Quien Yo Soy y no por lo que traigo. Ellas no van a buscar la gloria para sí mismos. Ellas no van a desarrollar su espiritualidad para simplemente ganar una posición en Mi Reino. Ellas nunca van a utilizar el conocimiento que tienen de Mí de una manera jactanciosa para ganar puntos. Las almas que residirán en Mí son las almas que no piden nada, únicamente aquello que piden para el bien de su propia alma y para el de los demás.

Cuando vosotros digáis que me representan, no habléis ni gritéis sobre lo mucho que decís conocerme. Simplemente tenéis que mostrar amor hacia los demás y seguir Mis Enseñanzas con un alma vacía de orgullo. Por consiguiente, si sois verdaderamente Míos, vais a dedicar menos tiempo tratando de definir lo que Yo os he dicho, lo que os he enseñado y lo que prometí. Os pido que vengáis a Mí y dediquéis más tiempo Conmigo en silenciosa contemplación. Cuando hacéis esto, Yo Mismo me revelaré a vosotros más claramente y sabréis en vuestros corazones lo que realmente significa estar a Mi servicio de verdad.

Vuestro Jesús



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Cristina Villarroya ha dicho que…
🏹 Imitación de Cristo

"Otra vez hablaré, ahora, Señor, y no callaré; diré en los oídos de mi Dios, de mi Señor y de mi Rey que está en el cielo: ¡Oh Señor, cuán alta es la grandeza de tu dulzura, que reservaste para los que te temen! Pues ¿qué serás para los que te aman? ¿Qué serás para los que te sirven de todo corazón? Verdaderamente es inefable la dulzura de tu contemplación, la cual das a los que te aman. En esto has mostrado singularmente la dulcedumbre de tu caridad, que cuando yo no era me criaste; y cuando andaba perdido lejos de ti, me tornaste a ti, para que te sirviese, y me mandaste que te amase."

🔔 Tomás de Kempis