Cómo ser buen discípulo de Cristo

El Señor debe ser el centro de referencia de nuestros pensamientos, palabras y obras. Con relación a Él queremos construir nuestra existencia.

Cristo determina esencialmente el pensamiento y la vida de sus discípulos. Por eso, sería una gran incoherencia dejar nuestra condición de cristianos a un lado a la hora de enjuiciar una obra de arte o un programa político, en el momento de realizar un negocio o de planear las vacaciones. A la hora de realizar un negocio o aceptar un determinado puesto de trabajo, un buen cristiano no solo mira si le es rentable económicamente, sino también otras facetas: si es lícito con arreglo a las normas de moralidad, si produce el bien o el mal a otros, valora los beneficios que de él se derivan para la sociedad... Si es moralmente ilícito, o al menos poco ejemplar, las demás características –por ejemplo, la rentabilidad– no lo convierten en un buen negocio. Una buena operación comercial –si no es moral– es un negocio pésimo e irrealizable.
El error se presenta frecuentemente vestido con nobles ropajes de arte, de ciencia, de libertad... Pero la fuerza de la fe ha de ser mayor: es la poderosa luz que nos hace ver que detrás de aquella apariencia de bien hay en realidad un mal, que se manifiesta con la vestidura de una buena obra literaria, de una falsa belleza... Cristo ha de ser la piedra angular de todo edificio.
(...)
La unidad de vida, un vivir habitual cristiano, nos mueve a juzgar con certeza, descubriendo los verdaderos valores humanos de las cosas. Así llevaremos a Cristo, santificándolas, todas las realidades humanas nobles. Preguntémonos: ¿vivo en coherencia con la fe, con la vocación, en todas las situaciones? Al tomar decisiones, importantes o de la vida diaria, ¿tengo en cuenta ante todo lo que Dios espera de mí? Y concretemos en qué puntos nos pide el Señor un comportamiento más decididamente cristiano.


El cristiano –por haber fundamentado su vida en esa piedra angular que es Cristo– tiene su propia personalidad, su modo de ver el mundo y los acontecimientos, y una escala de valores bien distinta del hombre pagano, que no vive la fe y tiene una concepción puramente terrena de las cosas. Una fe débil y tibia, de poca influencia real en lo ordinario, «puede provocar en algunos esa especie de complejo de inferioridad, que se manifiesta en un inmoderado afán de “humanizar” el Cristianismo, de “popularizar” la Iglesia, acomodándola a los juicios de valor vigentes en el mundo».

Por eso, el cristiano, a la vez que está metido en medio de las tareas seculares, necesita estar «metido en Dios», a través de la oración, de los sacramentos y de la santificación de sus quehaceres. Se trata de ser discípulos fieles de Jesús en medio del mundo, en la vida corriente de todos los días, con todos sus afanes e incidencias. Así podremos llevar a cabo el consejo que San Pablo daba a los primeros cristianos de Roma, cuando les alertaba contra los riesgos de un conformismo acomodaticio con las costumbres paganas: no queráis conformaros a este siglo. A veces, este inconformismo nos llevará a navegar contra corriente y arrostrar el riesgo de la incomprensión de algunos. El cristiano no debe olvidar que es levadura, metida dentro de la masa a la que hace fermentar.
Nuestro Señor es la luz que ilumina y descubre la verdad de todas las realidades creadas, es el faro que ofrece orientación a los navegantes de todos los mares. «La Iglesia (...) cree que la clave, el centro y la finalidad de toda la historia humana se encuentra en su Señor y Maestro».
Jesús de Nazaret sigue siendo la piedra angular en todo hombre. El edificio construido a espaldas de Cristo está levantado en falso. Pensemos hoy, al término de nuestra oración, si la fe que profesamos influye cada vez más en la propia existencia: en la forma de contemplar al mundo y a los hombres, en nuestra manera de comportarnos, en el afán, con obras, de que todos los hombres conozcan de verdad a Cristo, sigan su doctrina y la amen.

Comentarios

Cristina Villarroya ha dicho que…
Mensaje del LIBRO DE LA VERDAD de Nuestro Señor:


Martes 3 de septiembre de 2013



Mi amadísima hija, es Mi mayor deseo llamar a gritos a la gente por todo el mundo, quienes me han cortado de sus vidas, a que vuelvan a Mí. Muchas almas, guiadas por la idea de que Dios puede de hecho no existir, han decidido olvidarse de Mí, su amado Jesús. Me preocupo por esta pobre y confusa gente porque los amo entrañablemente y extraño su compañía.



Si os habéis alejado de Mí y encontráis difícil reconciliar vuestra visión de un apresurado mundo moderno con una simple creencia en Mí, Jesucristo, entonces dejadme ayudaros a comprender. Estáis separados de Mí a causa del pecado. Cuando el pecado plaga vuestra alma, una oscuridad desciende sobre ella y esto hace difícil aceptar la Luz de Dios. Cuando esto sucede, vuestro corazón se vuelve endurecido. Y luego vuestro intelecto se involucra y esto es cuando erróneamente creeréis que Dios no podría existir, porque la lógica dicta que Él no puede.



Vuestra vida no es más que un momento fugaz de vuestro tiempo de vida total. Estáis en el exilio. La Verdad se encuentra en el futuro, cuando finalmente volváis a casa a Dios en vuestro estado natural. Comprendo cuán difícil es para el hombre permanecer cerca de Mí ya que enfrenta tantas distracciones, tentaciones y oscuridad en la Tierra.



Cuando sintáis que no podéis sentir Mi Presencia o Mi Amor, quiero que recitéis esta Cruzada de Oración (119) Para sentir el Amor de Jesús



Jesús ayúdame, estoy tan confundido.

Mi corazón no se abre a Ti.

Mis ojos no pueden verte.

Mi mente te bloquea.

Mi boca no puede pronunciar palabras para consolarte.

Mi alma está nublada con oscuridad.

Por favor, ten piedad de mí, un pobre pecador.

Estoy desamparado, sin Tu Presencia.

Lléname con Tus Gracias, para que tenga el valor para llegar a Ti, para suplicarte por Misericordia.

Ayúdame, Tu discípulo perdido, quien Te ama, pero quien ya no siente que el amor se avive en mi corazón, para ver y aceptar la Verdad. Amén.



No es fácil estar en unión Conmigo. Debéis perseverar hasta que sintáis Mi Presencia en vuestra alma. Llamádme y correré y abrazaré vuestra pobre alma miserable y os llevaré, guiaré y os traeré a vuestra salvación eterna. Sin importar lo que hayáis hecho, nunca tengáis miedo de llamarme. Respondo a todo pecador, sin importar quiénes sean. Ni uno de vosotros está sin la mancha del pecado. Espero vuestro llamado.



Vuestro Jesús



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