Las almas rechazan mis bendiciones


Enero 28/09 Jesús a Agustín del Divino Corazón



Hijo mío: os llamo desde la soledad de mi Sagrario. Venid a hacerme compañía. 


Llamo a muchas almas y no escuchan mi voz. Golpeo las puertas de su corazón y las cierran a mi Amor Divino. Regalo la lluvia en tiempo de sequía, envío el sol en época de invierno, embellezco el firmamento de fulgurantes luceros y estrellas, permito que la luna ilumine la tierra con imponencia y con gallardía, adorno los jardines de espléndidas rosas y de coloridas flores, engalano el cielo azul con los tenues colores del arco iris, inundo de mi paz todos los Tabernáculos del mundo, amo a todos los hombres sin mesura y sin medida. 

Y, aún, así recibo de ellos dardos ponzoñosos de desprecios e indiferencias. Dardos que se clavan muy profundamente en mi Sagrado Corazón porque rehúyen a todas mis inventivas de amor, desperdician todas las bendiciones que suelo conceder a todas las almas que a Mí se acerquen; almas que son distraídas y separadas de las fuentes verdaderas, almas de corazón convulsionado que no saben qué hacer, ni a quién creer. Almas que terminan aceptando ideas falsas, conceptos erróneos y Yo paso a otro plano. Almas que me sacan de su camino, almas que me ven como a un Dios inalcanzable, a un Dios lejano. Almas que se resisten a creer que Yo habito en los corazones puros, sencillos.


Reparad en este primer viernes de mes por todas las almas que rechazan mis bendiciones, bendiciones que son riquezas que no se acaban jamás, no tienen fin porque perduran por años sin término.


Estas almas me recuerdan al joven rico que me dijo: Maestro: ¿qué bien he de hacer para obtener la vida eterna? (...) Y le contesté: Si quieres ser perfecto, ve, vende tus bienes y da a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo. Ven y sígueme, pero él se marchó muy triste porque poseía muchos bienes, bienes que no le darían vida eterna, bienes que algún día se habrían de acabar, bienes que lo harían más avaro, más egoísta, bienes que lo llevarían a la perturbación del corazón, bienes que lo aferrarían más a la tierra y lo separarían aún más del cielo, bienes que le robarían muchas horas de su sueño por temor a perderlos, bienes que lo llevarían a pensar para sí mismo y no en los demás, bienes que le mostrarían caminos falsos, caminos de perdición, bienes que posiblemente le quitarían lo más sagrado: la salvación de su alma, bienes que lo distanciarían de la vida sencilla, de la vida que es verdadero deleite para el alma. Este joven rico tenía su corazón aferrado a las riquezas. Mirad cómo es de osado y de atrevido: desprecia los tesoros del cielo por la herrumbre de la tierra.


Hoy son muchas las almas que menosprecian las riquezas de mi Reino, riquezas que son tesoros de incalculable valor, riquezas que los hace príncipes o princesas de mi reinado, riquezas que proporcionan bienestar y holgura al corazón, riquezas que son como murmullos de brisa suave para el alma, alma que algún día ha de unirse a Dios cuando sea llamada a tomar parte de su parcela, de su tienda de encuentro.

Hijo mío, mi Divino Corazón es el máximo tesoro que os puedo dar, es perla genuina que os hace rico, buscadlo y lo dejaré encontrar y una vez lo halléis no lo soltéis de vuestras manos, guardadlo en un lugar secreto, para que no se os pierda.


Mi Divino Corazón es cofre de oro que contiene muchísimos y variados bienes espirituales, tomadlos todos que os lo quiero regalar. No contristéis más mi Sagrado Corazón deseando otras riquezas distintas de las que Yo os ofrezco, apetecedlas para que os hagáis grandes terratenientes en el cielo. 

Comentarios