Nuestra próxima comunión debe ser diferente


Quienes estaban presentes aquella mañana en la sinagoga de Cafarnaún sabían que el maná –el alimento que diariamente recogían los judíos en el desierto– era símbolo de los bienes mesiánicos; por eso piden al Señor que realice un portento semejante. Pero no podían ni siquiera imaginar que el maná era figura del gran don mesiánico de la Sagrada Eucaristía.
Jesús les dice que aquel maná no era el pan del Cielo, porque quienes lo comieron murieron, y que su Padre es quien puede darles este otro pan del todo excepcional y maravilloso. Ellos le dijeron: Señor, danos siempre de este pan. Y Jesús les respondió: Yo soy el pan de vida; el que viene a Mí no tendrá hambre, y el que cree en Mí no tendrá nunca sed. El Señor tendrá buen cuidado en dejar bien claro, sin miedo a la confusión y al abandono que habrían de venir, que ese pan es una realidad. Ocho veces repite a continuación el término comer, para que no hubiera error posible. Cristo se hace alimento para que tengamos esa nueva vida, que Él mismo viene a traernos: el pan que Yo os daré es la carne mía. No es un pan de la tierra, es un pan que baja del Cielo y da la vida al mundo. En la Sagrada Eucaristía nos hacemos «concorpóreos y consanguíneos suyos». La Eucaristía es la suprema realización de aquellas palabras de la Escritura: son mis delicias estar con los hijos de los hombres. Jesús Sacramentado es verdaderamente el Emmanuel, el Dios con nosotros, que se nos da como alimento para una nueva vida, que se prolonga más allá de nuestro fin terreno.
«El más grande loco que ha habido y habrá es Él. ¿Cabe mayor locura que entregarse como Él se entrega, y a quienes se entrega?
»Porque locura hubiera sido quedarse hecho un Niño indefenso; pero, entonces, aun muchos malvados se enternecerían, sin atreverse a maltratarle. Le pareció poco: quiso anonadarse más y darse más. Y se hizo comida, se hizo Pan.
»—¡Divino Loco! ¿Cómo te tratan los hombres?... ¿Yo mismo?». ¿Cómo me preparo para recibirte? ¿Cómo es mi fe, mi alegría..., mis deseos? Hagamos propósitos pensando en la próxima Comunión que vamos a realizar, quizá dentro de pocos minutos o de pocas horas. No puede ser como las anteriores: ha de estar más llena de amor.
Cuando comulgamos, Cristo mismo, todo entero, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, se nos da en una unión inefablemente íntima que nos configura con Él de un modo real, mediante la transformación y asimilación de nuestra vida en la suya. Cristo, en la Comunión, no solamente se halla con nosotros, sino en nosotros.
No está Cristo en nosotros como un amigo está en su amigo: mediante una presencia espiritual activada por un recuerdo más o menos constante. Cristo está verdadera, real y sustancialmente presente en nuestra alma después de comulgar. «Yo soy el pan de los fuertes –dijo el Señor a San Agustín, y podemos aplicarlo ahora a la Eucaristía–; cree y me comerás. Pero no me cambiarás en tu sustancia propia, como sucede al manjar de que se alimenta tu cuerpo, sino al contrario, tú te mudarás en Mí». ¡Cristo nos da su vida! ¡Nos diviniza! ¡Nos transforma en Él! Vuelca sobre nuestra alma necesitada los infinitos méritos de la Pasión, nos envía nuevas fuerzas y consuelos, y nos introduce en su Corazón amantísimo, para transformarnos según sus sentimientos. 
De la Eucaristía manan todas las gracias y los frutos de vida eterna –para la humanidad y para cada alma–, porque en este sacramento «se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia». Si consideramos frecuentemente los efectos de este sacramento en el alma que lo recibe dignamente, nos ayudará a sacar mucho más fruto de la Comunión eucarística y de la Comunión espiritual y, por tanto, a dirigirnos más rápidos hacia Dios; a valorar la necesidad de recibir al Señor con mucha frecuencia, y aun diariamente, y a esmerarnos en la preparación y en la acción de gracias. Cada día, nosotros podemos decir a Jesús: Señor, danos siempre de ese pan.
El alma es elevada al plano sobrenatural; las virtudes de Jesús vivifican el alma, y queda esta como incorporada a Él, como miembro de su Cuerpo Místico. Entonces podemos decir en toda su plenitud: Vivo, pero ya no yo, es Cristo quien vive en mí.
También se cumplen en cada Comunión aquellas palabras del Señor en la Última Cena: Si alguno me ama –y recibirle con piedad y devoción es el mayor signo de amor– guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y en él haremos morada. El alma se convierte en templo y sagrario de la Trinidad Beatísima. Y la vida íntima de las tres Divinas Personas empapa y transforma el alma del hombre, sustentando, fortaleciendo y desarrollando en él el germen divino que recibió en el Bautismo.
Cuando nos acerquemos a recibirle le podemos decir: «Señor, espero en Ti; te adoro, te amo, auméntame la fe. Sé el apoyo de mi debilidad, Tú, que te has quedado en la Eucaristía, inerme, para remediar la flaqueza de las criaturas». Y acudiremos a Santa María, pues Ella, que durante treinta y tres años pudo gozar de su presencia visible y le trató con el mayor respeto y amor posible, nos dará sus mismos sentimientos de adoración y de amor.


Comentarios

Cristina Villarroya ha dicho que…
Mensaje del LIBRO DE LA VERDAD de Nuestro Señor:


Martes 10 de junio de 2014

La gente puede preguntar ¿por qué es importante que el Sacrificio de la Santa Misa sea conservada a toda costa? La Misa es el punto principal de Mi Presencia – Mi Verdadera Presencia en el mundo. Mi Presencia trae ambas cosas: Vida y Luz. Traerá Vida al alma y la llenará con una Gracia única. Esta traerá consigo Luz – Mi Luz – la cual es más poderosa que el sol. Un destello de Mi Luz es suficiente para iluminar una habitación que esté en tinieblas. Mientras Mi Santa Eucaristía sea mantenida en gran Gloria sobre los altares de Mis Iglesias, habrá vida. Sin ella, habrá tinieblas. Cuando Yo no Estoy Presente, no hay Luz. Sin Mi Luz no hay nada más que tinieblas en el alma. No hay paz. No hay amor. No hay esperanza. No hay Vida.

Cualesquiera que sean las nuevas reglas serán forzadas sobre vosotros en el nombre de la evangelización y modernización, en Mi Nombre, sabed que si Mi Eucaristía deja de ser venerada, tal y como debería y como debe ser, podéis estar seguros de que no tardará mucho antes de que desaparezca completamente. En el día en que esto ocurra, habrá una oscuridad, que descenderá sobre la Tierra. Vosotros no la veréis, pero la sentiréis en los fríos corazones de los hombres, porque para entonces, la humanidad habrá cambiado. Una vez que Mi Presencia disminuya, las puertas del Infierno se abrirán y el Anticristo tomará Mi Lugar en Mi Iglesia. Será él, que no es de Mí, el que se sentará en el Trono que es Mío por derecho. Y será delante de él que Mi Iglesia yacerá postrada a sus pies. Esa será la mayor traición hacia Mí, vuestro Jesús, desde que Judas me entregó a Mis enemigos para ser crucificado.

Es Mi Iglesia, la que será perseguida primero y aquellos que son débiles en su fe, darán homenaje a la bestia. Serán aquellos hombres que afirmarán representar a Mi Iglesia – quienes Me crucificarán, una vez más. Cuando el impostor declare que él soy Yo, las horas empezarán a contar y entonces con un sonido ensordecedor de los cielos partiéndose y el repique del trueno, Mi Regreso se dará a conocer. El mundo entonces entenderá finalmente, la Verdad de Mi Promesa de Volver para reclamar Mi Reino, y de traer la unidad a Mi Iglesia, Mi Verdadera Iglesia – aquellos que me fueron fieles, a través de todas las pruebas y las tribulaciones.

Nada puede prevalecer contra Mi Iglesia, porque bajo Mi Liderazgo y dirección permanecerá impenetrable contra la bestia y contra todos aquellos traidores que me hayan traicionado para su propio beneficio.

Escuchad ahora Mi Promesa. Todo lo que os dije que ocurriría, ocurrirá. Todo lo que os prometí, será cumplido. Todo lo que es Mío, es vuestro. Todos vosotros me pertenecéis a Mí. Aferraos a Mí para una preciada vida, porque sin Mi Protección, vosotros caeréis en el error, y eso rompería Mi Corazón. Nunca me abandonéis por ese que os odia. Yo nunca os abandonaré, porque Yo os amo muchísimo. Yo atraigo a vosotros hacia Mí, y todavía os retiráis. ¿Por qué? ¿De qué tenéis miedo? ¿No sabéis que sois Míos y que este es un derecho de nacimiento natural? Apoyaos en Mí, Mis bienamados seguidores, porque pronto os sentiréis perdidos y no sabréis hacia dónde volveros. Y Yo estaré esperando, para traeros Mi Amor y ofreceros consuelo.

Venid. No me tengáis miedo. Yo solo vengo con amor a traeros Mi Paz.

Mi Luz os trae visibilidad.

Mi Amor os trae esperanza.

Mi Corazón os trae consuelo.

Mis Manos os sanan.

Mis Ojos os ven.

Mis Heridas os atraen.

Mi Cuerpo os alimenta.

Mi dolor es vuestro.

Vuestro dolor es Mío.

Mi Misericordia os salvará.

Mi Palabra es vuestro camino hacia Mi Reino.



Vuestro Jesús



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