Más evidencias: Bergoglio fue subido por un eje anglo-belga-alemán


Un Libro Revela La Presión Llevada A Cabo Para Que Bergoglio Fuera Elegido Papa.

Marco Tosatti, 6 Septiembre, 2017


Un libro que está a punto de salir en Gran Bretaña ofrece nuevos elementos para entender cómo, y por quién, Jorge Mario Bergoglio fue elegido Papa. El libro está escrito por Catherine Pepinster, que ha sido directora del periódico católico inglés The Tablet, y se titula: “The Keys and the Kingdom” (Las llaves y el reino). En él se afirma que el cardenal Cormac Murphy-O’Connor, ex arzobispo de Westminster, fallecido hace unos días, organizó en Roma, en la Embajada británica, un encuentro para convencer a los cardenales votantes de la Commonwealth que votaran al arzobispo de Buenos Aires. Excluyó a propósito de dicha invitación al cardenal canadiense Marc Ouellet, prefecto de la Congregación para los Obispos, y al cardenal australiano George Pell. Probablemente temía que desaconsejaran su acción de presión.

Murphy O’Connor, por cuestiones de edad, ya no podía votar en el Cónclave, pero estaba en Roma para participar en las Congregaciones, las reuniones de cardenales que preceden al Cónclave y que están abiertas también a los cardenales que superan los ochenta años de edad.
Según Catholic Culture, que refiere la noticia dada por el Telegraph, se trataría de una clara violación de las normas que prohíben cualquier tipo de presión antes de un Cónclave.

Es la segunda vez que esta sospecha, o acusación, sale a la luz. La primera vez fue hace algunos años, cuando Austin Ivereigh, anteriormente portavoz de Murphy O’Connor, gran fan del Pontífice reinante, en su libro “The Great Reformer” escribió que los cardenales que en 2005 habían empujado a Bergoglio a candidarse, para ser derrotado por Ratzinger, “habían aprendido la lección de 2005 y esta vez estaban bien organizados. Ante todo se aseguraron de tener el consentimiento de Bergoglio. Cuando le preguntaron si estaba disponible, éste respondió que consideraba que en un momento de crisis como el que estaba atravesando la Iglesia ningún cardenal, si se lo pidieran, podía negarse. Murphy O’Connor le advirtió adrede que ’estuviera atento’ porque esa vez era su turno y el otro respondió, en italiano, ’Capisco’, ’entiendo’”.

Lo que ha escrito plantea un problema: va contra las reglas del Cónclave, establecidas por la Universi Dominici Gregis, n. 81 : “Los Cardenales electores se abstendrán, además, de toda forma de pactos, acuerdos, promesas u otros compromisos de cualquier género, que los puedan obligar a dar o negar el voto a uno o a algunos. Si esto sucediera en realidad, incluso bajo juramento, decreto que tal compromiso sea nulo e inválido y que nadie esté obligado a observarlo; y desde ahora impongo la excomunión latae sententiae a los transgresores de esta prohibición. Sin embargo, no pretendo prohibir que durante la Sede vacante pueda haber intercambios de ideas sobre la elección”.


Austen Ivereigh parece implícitamente confirmar que el “Equipo Bergoglio” existía y actuó.

Dejando de lado por el momento el problema de la violación, la revelación de Pepinster enriquece el cuadro. Y explica un episodio que sucedió en los primeros meses de Pontificato de Francisco. Ese en el que Gerhard Müller, entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, recibió una mañana una llamada urgente del Pontífice. Cuando era obispo, y antes de llegar a Londres, Murphy O’Connor  había tenido problemas con al menos un caso de abusos sexuales cometidos por un sacerdote. Una mujer, familiar de una de las víctimas, había pedido a la Congregación para la Doctrina de la Fe que investigara sobre cómo había ejercido el obispo su responsabilidad de vigilancia y prevención. La Congregación había abierto un dossier. El Pontífice conminó a Müller a cerrarlo de inmediato. Müller contó el episodio; se había quedado asombrado, también porque la llamada telefónica había llegado mientras estaba celebrando la misa para un grupo de huéspedes alemanes, y el Pontífice había insistido para hablarle a pesar de la situación.

El cuadro de la elección de Bergoglio asume, por lo tanto, cada vez más la forma de algo preparado desde hacía mucho tiempo.

¿Os acordáis del grupo de San Gallo, el que Danneels llamaba la “mafia de San Gallo”? De él formaban parte Martini, Danneels, Murphy O’Connor, Silvestrini y otros. Cuando Martini –antes de 2005– formaba parte del mismo, durante una reunión se citó el  nombre de Bergoglio; entonces, el cardenal de Milán dijo: “No hablemos de nombres, hablemos de programas”. En 2005 fue elegido Ratzinger. Pero el grupo, aunque no se reunió nunca más en la ciudad suiza, siguió actuando: tras la elección de Bergoglio, el cardenal Silvestrini confió a sus fieles que el programa del pontificado había sido un producto de ese “think tank”. (Y como vemos, se intenta ponerlo en marcha: eucaristía a los divorciados vueltos a casar, anticoncepción en estudio, en diciembre los “viri probati”, el diaconado femenino…).

Al grupo de presión anglo-belga-alemán se unió después América Latina y, sobre todo, el cardenal Hummes. Allí nació la idea de “inventar” la posible candidatura del cardenal Scherer como pantalla para el caballo real, Bergoglio. Que después encontró el sorprendente apoyo del cardenal Tarcisio Bertone, Secretario de Estado (¡ay de mí!) de Benedicto XVI. Los amigos de Bertone intentaban conseguir votos para el arzobispo de Buenos Aires, pues sostenían que sería fácil de controlar. Y, efectivamente, los hombres del ex secretario de Estado han seguido en sus cargos o han sido ascendidos.

Por lo tanto, esta nueva revelación sobre el pre-Cónclave es creíble y confirma la larga marcha del arzobispo de Buenos Aires hacia la sede de Pedro. Fruto, según parece, de una estrategia de muchos años más que de una ventada imprevista del Espíritu.

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