Que Cristo reine en nosotros

El Señor se sienta como rey eterno, el Señor bendice a su pueblo con la paz, nos recuerda una de las Antífonas de la Misa.
La Solemnidad que celebramos «es como una síntesis de todo el misterio salvífico». Con ella se cierra el año litúrgico, después de haber celebrado todos los misterios de la vida del Señor, y se presenta a nuestra consideración a Cristo glorioso, Rey de toda la creación y de nuestras almas. Aunque las fiestas de Epifanía, Pascua y Ascensión son también de Cristo Rey y Señor de todo lo creado, la de hoy fue especialmente instituida para mostrar a Jesús como el único soberano ante una sociedad que parece querer vivir de espaldas a Dios.
En los textos de la Misa se pone de manifiesto el amor de Cristo Rey, que vino a establecer su reinado, no con la fuerza de un conquistador, sino con la bondad y mansedumbre del pastor: Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas siguiendo su rastro. Como un pastor sigue el rastro de su rebaño cuando se encuentran las ovejas dispersas, así seguiré Yo el rastro de mis ovejas; y las libraré, sacándolas de todos los lugares donde se desperdigaron el día de los nubarrones y de la oscuridad. Con esta solicitud buscó el Señor a los hombres dispersos y alejados de Dios por el pecado. Y como estaban heridos y enfermos, los curó y vendó sus heridas. Tanto los amó que dio la vida por ellos. «Como Rey viene para revelar el amor de Dios, para ser el Mediador de la Nueva Alianza, el Redentor del hombre. El Reino instaurado por Jesucristo actúa como fermento y signo de salvación para construir un mundo más justo, más fraterno, más solidario, inspirado en los valores evangélicos de la esperanza y de la futura bienaventuranza, a la que todos estamos llamados. Por esto en el Prefacio de la celebración eucarística de hoy se habla de Jesús que ha ofrecido al Padre un reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz». Así es el Reino de Cristo, al que somos llamados para participar en él y para extenderlo a nuestro alrededor con un apostolado fecundo. El Señor ha de estar presente en familiares, amigos, vecinos, compañeros de trabajo... «Ante los que reducen la religión a un cúmulo de negaciones, o se conforman con un catolicismo de media tinta; ante los que quieren poner al Señor de cara a la pared, o colocarle en un rincón del alma...: hemos de afirmar, con nuestras palabras y con nuestras obras, que aspiramos a hacer de Cristo un auténtico Rey de todos los corazones.... también de los suyos».
 Oportet autem illum regnare..., es necesario que Él reine....
San Pablo enseña que la soberanía de Cristo sobre toda la creación se cumple ya en el tiempo, pero alcanzará su plenitud definitiva tras el juicio universal. El Apóstol presenta este acontecimiento, misterioso para nosotros, como un acto de solemne homenaje al Padre: Cristo ofrecerá como un trofeo toda la creación, le brindará el Reino que hasta entonces le había encomendado. Su venida gloriosa al fin de los tiempos, cuando haya establecido el cielo nuevo y la tierra nueva, llevará consigo el triunfo definitivo sobre el demonio, el pecado, el dolor y la muerte.
Mientras tanto, la actitud del cristiano no puede ser pasiva ante el reinado de Cristo en el mundo. Nosotros deseamos ardientemente ese reinado: ¡Oportet illum regnare...! Es necesario que reine en primer lugar en nuestra inteligencia, mediante el conocimiento de su doctrina y el acatamiento amoroso de esas verdades reveladas; es necesario que reine en nuestra voluntad, para que obedezca y se identifique cada vez más plenamente con la voluntad divina; es preciso que reine en nuestro corazón, para que ningún amor se interponga al amor a Dios; es necesario que reine en nuestro cuerpo, templo del Espíritu Santo; en nuestro trabajo, camino de santidad... «¡Qué grande eres Señor y Dios nuestro! Tú eres el que pones en nuestra vida el sentido sobrenatural y la eficacia divina. Tú eres la causa de que, por amor de tu Hijo, con todas las fuerzas de nuestro ser, con el alma y con el cuerpo podamos repetir: oportet illum regnare!, mientras resuena la copla de nuestra debilidad, porque sabes que somos criaturas».
La fiesta de hoy es como un adelanto de la segunda venida de Cristo en poder y majestad, la venida gloriosa que llenará los corazones y secará toda lágrima de infelicidad. Pero es a la vez una llamada y acicate para que a nuestro alrededor el espíritu amable de Cristo impregne todas las realidades terrenas, pues «la esperanza de una tierra nueva no debe atenuar, sino más bien estimular, el empeño por cultivar esta tierra, en donde crece ese cuerpo de la nueva familia humana que ya nos puede ofrecer un cierto esbozo del mundo nuevo. Por lo tanto, aunque haya que distinguir con cuidado el progreso terreno del desarrollo del Reino de Cristo, sin embargo, el progreso terreno, en cuanto que puede ayudar a organizar mejor la sociedad humana, es de gran importancia para el Reino de Dios.
»Los bienes de la dignidad humana, de la comunión fraterna y de la libertad –es decir, todos los bienes de la naturaleza y los frutos de nuestro esfuerzo– los volveremos a encontrar, después de que los hayamos propagado (...), y esta vez ya limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados, cuando Cristo devuelva al Padre el Reino eterno y universal (...). El Reino está ya presente misteriosamente en esta tierra; y cuando el Señor venga alcanzará su perfección». Nosotros colaboramos en la extensión del reinado de Jesús cuando procuramos hacer más humano y más cristiano el pequeño mundo que nos rodea, el que cada día frecuentamos.


Comentarios

Cristina V. ha dicho que…
Mensaje del LIBRO DE LA VERDAD:


Domingo, 8 de abril de 2012

El tiempo para Mi Reinado en la Tierra se está acercando y hay solo suficiente tiempo para que la humanidad comprenda Mi misericordia y se arrepienta.

Es también importante, que Mi Iglesia prepare a su rebaño para la vida eterna y use cada oportunidad para alentar a la reconciliación.

Este es un tiempo importante del año y debéis volveros hacia Mí, vuestro Jesús, y rezar por las Gracias para asegurar que vosotros, Mi seguidores, tengáis la fuerza de convicción, para difundir la Verdad de Mi Segunda Venida.

El sufrimiento de la Humanidad y el de Mi Padre Eterno y el Mío, Su bienamado Hijo, finalmente están llegando a su fin.

El reinado de satanás en la Tierra cesará y Yo me haré cargo de Mi legítimo trono.

Mientras Mi Reino dentro de Mi Iglesia ha significado que Mi Espíritu ha estado presente, con grandes gracias, ofrecidas a almas merecedoras, no será hasta que satanás sea aprisionado que la Voluntad de Mi Padre podrá ser finalmente completa.

Ningún hombre comprende verdaderamente lo que es la Vida Eterna.

Ningún hombre comprende totalmente lo que pasará en Mi Segunda Venida.

Ningún hombre, por las limitaciones del entendimiento humano, puede saber de Mis planes para la reunificación de Mis doce naciones en la Tierra.

Muchísimos creen que Mi Segunda Venida es el fin del mundo.

Esto puede ser el Fin de los Tiempos tal y como lo conocéis, pero esto es solo el principio del Glorioso futuro, planeado por Mi Padre Eterno para todos sus hijos.

El cielo y la Tierra serán uno sólo.

Uno no existirá sin el otro. Los justos vivirán en Mi Nuevo Paraíso y ahí habrá gran abundancia de todas las cosas.

Tanta maravilla nunca podrá ser descrita en términos humanos. Gran paz y alegría se sentirán en cada alma que herede el derecho de ser parte de Mi Reino.

Mi corazón se rompe cuando veo miedo en vuestros ojos, hijos, cuando me refiero al Fin de los Tiempos.

En vez de esto, os pido que confiéis en Mi gran amor por todos vosotros y sabed que Mi promesa es que estaréis verdaderamente en casa Conmigo y vuestras penas serán desterradas por la eternidad.

El Nuevo Paraíso que prometo, está por ser revelado a la humanidad muy pronto.

No desperdiciéis ni un solo momento en el miedo. Regocijaros. Mirar adelante a vuestro futuro.

Confiad en Mí completamente, porque Yo os amo demasiado como para fallaros jamás.

Pedid que todos Mis hijos sean humildes de corazón para aceptar las llaves del Paraíso.



Vuestro Jesús



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Cristina V. ha dicho que…
Cruzada de Oración No. 109

Por el don de la Confianza



“Oh mi queridísimo Jesús,

ayúdame a confiar en Ti.

A confiar en Tu Promesa de volver otra vez

A aceptar la Verdad de Tu Segunda Venida.

A confiar en la Promesa de Dios Padre cuando dijo que Te daría Tu Reino.

Ayúdame a confiar en Tus Enseñanzas, en Tu Plan para salvar al mundo.

Ayúdame a aceptar, con Gracia, Tus Dones.

Ayúdame a confiar en Ti, para que pierda mi temor y para que así pueda permitir a Tu Amor inundar mi corazón y mi alma.

Amén.”



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