Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas, leemos en la Antífona de entrada de la Misa.
La Cuaresma es un tiempo oportuno para cuidar muy bien el modo de recibir el sacramento de la Penitencia, ese encuentro con Cristo, que se hace presente en el sacerdote; encuentro siempre único, y siempre distinto. Allí nos acoge como Buen Pastor, nos cura, nos limpia, nos fortalece. Se cumple en este sacramento lo que el Señor había prometido a través de los Profetas: Yo mismo apacentaré a mis ovejas y yo mismo las llevaré a la majada. Buscaré a la oveja perdida, traeré la extraviada, vendaré a la herida y curaré la enferma, y guardaré las gordas y robustas.
Cuando nos acercamos a este sacramento debemos pensar ante todo en Cristo. Él debe ser el centro del acto sacramental. Y la gloria y el amor a Dios han de contar más que nuestros pecados. Se trata de mirar mucho más a Jesús que a nosotros mismos; más a su bondad que a nuestra miseria, pues la vida interior es un diálogo de amor en el que Dios es siempre el punto de referencia.
El hijo pródigo que vuelve –eso somos nosotros cuando decidimos confesarnos– inicia el camino del retorno movido por la triste situación en la que se encuentra, sin perder nunca la conciencia de su pecado: No soy digno de ser llamado hijo tuyo; pero conforme se acerca a la casa paterna va reconociendo con cariño todas las cosas del hogar propio, del hogar de siempre. Y ve en la lejanía la figura inconfundible de su padre que se dirige hacia él. Esto es lo importante: el encuentro. Cada Confesión contrita es «un acercamiento a la santidad de Dios, un nuevo encuentro en la propia verdad interior, turbada y transformada por el pecado, una liberación en lo más profundo de sí mismo, y, con ello, una recuperación de la alegría perdida, la alegría de ser salvados, que la mayoría de los hombres de nuestro tiempo han dejado de gustar». Nosotros hemos de procurar que sientan, que experimenten esa nostalgia de Dios y se acerquen a Él, que les espera.
Debemos sentir deseos de encontrarnos a solas con el Señor lo antes posible, como lo desearían sus discípulos después de unos días de ausencia, para descargar en Él todo el dolor experimentado al comprobar las flaquezas, los errores, las imperfecciones, los pecados, tanto al desempeñar nuestros deberes profesionales como en la relación con los demás, en la actividad apostólica, en la misma vida de piedad.
Este empeño por centrar la Confesión en Cristo es importante para no caer en la rutina, para sacar del fondo del alma aquellas cosas que son las que más pesan y que solo saldrán a la superficie a la luz del amor a Dios. Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas.

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Lunes 03 de marzo de 2014
Mi querida bienamada hija, piensa en Mí, con amor en tu corazón, porque es solo a través del Amor que Yo me comunico con el mundo, a través del Libro de la Verdad.
Bajo las órdenes de Mi Padre, Yo reúno a todos Sus preciosos hijos, como uno solo con Él y en Él. Es el Amor, lo que permite esta Divina Intervención. Mi Padre sufre Dolor, Furia, Impaciencia y Frustración, a causa de la mancha del pecado, el cual corroe el alma de cada uno de Sus hijos. Pero es Su infinito Amor por todos vosotros, lo que mantiene la Luz de Dios resplandeciente en la Tierra.
Sin esta Luz, solo habría tinieblas, no solo del espíritu, sino en la misma Tierra. La luz del día no existiría. El sol no brillaría, ni la luna brillaría de noche. Las estrellas desaparecerían. Sin embargo, todos estos Regalos permanecen en su sitio gracias al Amor de Dios. Cuando este Amor es recíproco, le trae gran alegría a Mi Padre, porque Él sabe que una vez que el espíritu del amor está presente en las almas, este puede sobreponerse a las tinieblas del alma.
El Amor puede derrotar cualquier aflicción sufrida por la raza humana. El Amor de los unos a los otros, destruirá el mal. El Amor por Dios destruirá el poder de Satanás sobre los hombres. La fidelidad a los Mandamientos de Dios, perfeccionará el alma y, en su momento, salvará a la raza humana del exilio y la separación de Dios.
Cuando la Luz de Dios está impregnada en vuestros corazones y el Amor de Dios de los unos a los otros está presente en vuestras almas, entonces todo el mal puede y será conquistado. Cuando vosotros amáis a Dios, sentiréis una profunda paz en vuestro interior, porque cuando mostráis amor por Él, Él os llenará de Sus Gracias. Debéis siempre consolaros en el poderoso Amor que Dios tiene en Su Corazón para cada uno de vosotros. Quienquiera que seáis, cualquiera que sea la pena que le hayáis causado a Él, y no importe cuan perversos hayan sido vuestros pecados, Él os perdonará – siempre. Todo lo que debéis hacer es clamarle a Él, por mediación Mía, Su bienamado Hijo, Jesucristo, para que Yo intervenga en vuestro nombre a través de la Reconciliación.
Venid a Mí con vuestra oración y decidme: “Jesús, llévame bajo Tu Refugio a mi Padre y tráeme la Salvación Eterna”.
Cuando venís a Mí, con sincero arrepentimiento en vuestra alma, será vuestro el Reino de los Cielos.
Vuestro Jesús
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