El amor, base de todo proselitismo



Sea cual fuere el modo apostólico al que el cristiano se sienta llamado y las circunstancias en las que haya de ejercerlo, la caridad ha de ir siempre por delante. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, había anunciado el Señor.


Cuando San Pablo escribe a los cristianos de Tesalónica y les recuerda su estancia entre ellos, les dice: Como un padre a sus hijos –lo sabéis bien–, a cada uno os alentamos y consolamos, exhortándoos a que caminaseis de una manera digna ante Dios, que os llama a su Reino y a su gloria. A cada uno, escribe el Apóstol, pues no se limitó a predicar en la sinagoga o en otros lugares públicos, como solía hacer. Se ocupó de cada persona en particular; con el calor de la amistad supo dar a cada uno aliento y consuelo, y les enseñaba cómo debían comportarse. Así hemos de procurar hacer nosotros con aquellos con quienes compartimos el mismo lugar de trabajo, el mismo hogar, la misma clase..., la vecindad. Acercarnos primero con la caridad bien vivida, base de todo apostolado, apreciando de corazón a quienes nos rodean aunque al principio pueda resultar difícil el trato; sin permitir que defectos, aparentes o reales, nos separen de ellos. «La obra de la evangelización supone, en el evangelizador, un amor fraternal siempre creciente hacia aquellos a los que evangeliza». En cada uno vemos a un hijo de Dios de valor infinito, y esto nos lleva a un aprecio sincero, que está por encima de los defectos, de los modos de ser...


Quienes hemos recibido el don de la fe sentimos la necesidad de comunicarla a los demás, haciéndoles partícipes del gran hallazgo de nuestra vida. Esta misión, como vemos frecuentemente en la vida de los primeros cristianos, no es competencia exclusiva de los pastores de almas, es tarea de todos, cada uno según sus peculiares circunstancias y la llamada que ha recibido del Señor. Examinemos hoy si la influencia cristiana que ejercemos a nuestro alrededor es la que espera el Señor. No olvidemos las consoladoras palabras de Jesús, que también leemos en el Evangelio de la Misa: Y cualquiera que os dé de beber un vaso de agua en mi nombre, porque sois de Cristo, en verdad os digo que no perderá su recompensa. ¿Qué nos tendrá preparado el Señor a nosotros si a lo largo de la vida hemos procurado que se acerquen a Él tantas almas?



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