Caponnetto: es un error escribir cartas a bergoglio



Se ha hecho pública la respuesta de Bergoglio a un sacerdote de Mendoza, en la que trata de explicar y justificar los desmanes de su siervo Taussig contra la diócesis de San Rafael -supuestamente bajo su supervisión- y que terminaron, entre muchos males incalificables, con el cierre del seminario (floreciente) arquidiocesano.

La citada misiva, fechada el 9 de julio de este año y publicada por varios medios de comunicación se centra en una de las obsesivas fijaciones ideológicas de Bergoglio: la de la rigidez. Lo cual, en su distorsionada, arbitraria y herética cosmovisión, es siempre y necesariamente sinónimo de disvalor, de gesto condenable, de conducta pecaminosa.

En definitiva, la respuesta de Bergoglio al sacerdote es decir que los castigos infligidos a los habitantes de San Rafael, religiosos y laicos, por la mano ejecutora de su infame obispo, son consecuencia de que en esa diócesis no se ha entendido que "la rigidez no es un don de Dios, la mansedumbre sí, la bondad sí, la benevolencia sí, el perdón sí, pero la rigidez no". Porque es la antesala de la ideología que tanto duele y que llevó a la rigidez de la época de Jesús a condenarlo por "anteponer la misericordia a la ley".

Si valiera la pena (y ya creemos que no, dado el escándalo en el que vive y que provoca continuamente este ruinoso líder vaticano), se podrían hacer varias reflexiones sobre el tema y se podrían agrupar en tres clases.

La primera consistiría en innumerables argumentos documentados ad hominem; pues el hombre que clama contra la rigidez no deja de ser el líder cruel y traicionero de una estructura de anquilosamiento, castigo y dureza hacia todos los que considera sus contradictores.

El propio Taussig, utilizado y descartado para desmontar a los "rígidos" de San Rafael, es ahora una víctima merecida del desprecio de su pontífice. (…)

Es que la rigidez despótica del pachamático se enfurece más con sus aduladores que con quienes se le enfrentan. Se ensaña más con los serviles que con los que exponen frontalmente su condición de lobo con piel de cordero.

La segunda reflexión debería referirse a las propias rigideces de Bergoglio y sus respectivos resultados en tantas otras ideologías. O para decirlo sin rodeos: lo que Jorge Mario dice aborrecer es exactamente lo que hace, pero con una diferencia sustancial: su rigidez es contra los católicos, apostólicos y romanos, a los que no pierde ocasión de insultar, menospreciar y humillar. Por eso no bastan sus palabras y comportamientos de ofensa sistemática a la Iglesia y a la Tradición, ni sus insostenibles y falaces peticiones de perdón, ni las múltiples volteretas fraseológicas con las que vacía la recta doctrina y adultera impíamente la Verdad, sino que debe ser cómplice activo de las peores expresiones ideológicas, desde las contenidas en la Agenda 2030 hasta las dictadas por los heraldos de la contranatura y el Nuevo Orden Mundial.


La rigidez de Bergoglio  puesta en marcha hace tiempo para someter y aplastar la Verdadera Fe no sólo lo ha colocado, según sus propias palabras, "en la antesala de las ideologías". Le ha llevado al Santo de los Santos invertido y humeante de la iscariosis eclesiástica. Es la rigidez moralista del traidor de Jesucristo.

Por último, la tercera y última reflexión debería referirse a la naturaleza de la propia rigidez; una palabra que, como tantas otras, ha sido devorada por la guerra semántica, y que el progresismo -desde su expresión psicoanalítica hasta sus payasadas teológicas- no ha hecho más que añadir a la galería de términos intrínsecamente nocivos.

¡Debemos mantener la rigidez de lo antirrígido, para evitar cualquier polisemia legítima de la palabra!

Porque el diccionario nos dice que la rigidez es la capacidad de un cuerpo para resistir la flexión o la torsión bajo la acción de fuerzas externas que actúan sobre su superficie. En este sentido, es fácil deducir y enseñar que, analógicamente hablando, hay una rigidez santa, sabia, martirial y heroica; que no es ni más ni menos que la que han tenido todos los testigos del cristianismo por no doblegarse ante el error, la confusión, la ignorancia y la mentira. Por ello han pagado, en graves ocasiones, con el precio de su propia sangre.


Hay una rigidez que exalta, salva y honra, y una elasticidad que rebaja, homologa, desarchiva, desecha y mezcla. Una rigidez que es la letra o la norma que mata el espíritu; y una rigidez que es la firmeza para mantenerse firme cuando se quiere pisotear, por ejemplo, la Eucaristía. Sobre todo, cuando quienes la pisotean son los mismos que deberían estar dispuestos a morir y matar para defenderla. En resumen, hay, como con la violencia, la censura, la represión, la discriminación y tantas otras palabras arrojadas por el desagüe por los "retrógrados", una rigidez virtuosa y una rigidez viciosa. Dependerá de qué, cómo, por qué y para qué. Tan elemental. Y por eso mismo, tan negado, ante un mundo que ha perdido el sentido común. Y ante un público acostumbrado a las baratijas espirituales y conceptuales.

En uno de sus Sermones, San Agustín hace una síntesis esclarecedora: "una bofetada puede ser fruto de la caridad y una caricia una invitación al pecado". Las flexiones, reapariciones, ternuras, sincretismos, irenismos y horribles intercambios de palabras y hechos, que Bergoglio no se cansa de perpetrar, son esas caricias que repugnan a los japoneses. Las rigideces de los centinelas incorruptibles de la Cruz, por el contrario, pueden ser los últimos frutos de la caridad, en un barco cuyo timonel lo ha convertido en un galeón de libre servicio con la proa apuntando al abismo.

Por eso, aunque sea bienintencionado, es un error escribir cartas a Bergoglio pidiéndole actitudes paternales, pontificias, pastorales o simplemente caritativas o reparadoras. Es un error quererlo filialmente como padre, eclesiológicamente como pastor, humanamente como hombre íntegro. No, no es necesario escribirle una carta. Sería como enviar una felicitación navideña a Herodes, o desear una feliz Pascua a Judas, o pedir a Caifás que se postrara ante el Calvario. Bergoglio sólo sabe dar a los fieles católicos la rigidez de la Sinagoga, la fría inflexibilidad de los juicios masónicos, la inflexible y rencorosa venganza del Sanedrín, el severo temor de los sepulcros blanqueados.

Hace veinte siglos, los deicidas mataron al que era el arquetipo supremo de la mansedumbre, la bondad, la misericordia, la benevolencia y el perdón. Pero lejos de oponer dialécticamente estos dones a la rigidez, tenía precisamente la respuesta necesaria, lícita y divina de quien gobierna "con autoridad y rigor" (Ez.20:33). Era la mano de hiel de su rigor y la mano de azúcar de su misericordia -como diría Marechal- que extendía, ambas a la vez, para enseñarnos a comportarnos como hombres y no como amebas.

Que Nuestro Señor nos conceda la gracia de saber usar las dos manos. Sustituir los corazones de piedra por corazones de carne y hueso que palpiten de caridad. Que nos impulse a perdonar, a predicar y a practicar las obras de misericordia. Y que nos inculque al mismo tiempo, como ha hecho siempre, la determinación de mantener esa rigidez acerada, para que nuestros enemigos no nos dobleguen, en estas horas dolorosas, sublunares y postlunares.

Antonio Caponnetto