Jesús: son demonios encarnados



Ottavio Michelini, sacerdote (mensajes de Jesús)

Mi camino

Hoy los hombres me han abandonado a Mí, camino, verdad y vida, camino derecho y seguro para enfilar la senda trazada por Satanás, la mona de Dios.
Si no se convierten no se salvarán, a pesar de las necedades de los sembradores de cizaña en mi viña que se han multiplicado como langostas haciendo estragos en las al­mas, con sus herejías.

Son demonios encarnados, corroídos por la vanidad y la soberbia; sus escritos no son menos da­ñosos que los libros pornográficos y están presentes en to­das partes: en los seminarios, en los conventos, en las escue­las. Su veneno es mortífero y cosechan víctimas especial­mente entre los jóvenes.

El camino de cada hombre se inicia en el seno mater­no y el punto de llegada es la muerte corporal que deter­mina el Juicio sin apelación, después del cual el hombre inicia la vida eterna feliz o infeliz según que ha usado o abusado de su libertad.

Yo, Verbo eterno de Dios, engendrado desde siempre por el Padre, encarnado en la plenitud de los tiempos en el seno purísimo de la Madre Mía y vuestra, estoy glorio­samente presente a la derecha del Padre y estoy siempre en medio de vosotros en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en el misterio de la Fe y del Amor.

He querido yo también recorrer mi vía de sentido único en la tierra, como todos los demás hombres. 

El punto de partida fue mi  concepción virgi­nal en el seno de Mi Madre; mi punto de lle­gada: la cruz y por tanto la muerte corporal.
Yo, el Camino, he completado mi recorrido en la tierra para vosotros, para que cada uno de vosotros siguiéndome fuese auxiliado en su camino, y no tuviera dudas, incertidum­bres ni desviaciones peligrosas.

Mi vía de sentido único (lo que quiere decir que no admite desviaciones ni retornos) bue­na y segura para todo hombre de buena voluntad, inicia con un acto de infinita humildad.

Infinita humildad

La Encarnación de Mí, Hijo de Dios, ha sido un acto de infinita humildad, para que fuera sabido por todos los hombres que la humildad es la virtud base, el fundamento seguro y esencial para toda virtud.

Bastaría que tantos pseudo  teólogos meditaran un po­quito en esta realidad divina: he nacido en una gruta utilizada como establo, fría y húmeda, he iniciado mi camino en el mundo en la más absoluta pobreza.
¿Qué piensan de esto los así dichos mis seguidores, los favore­cedores de la civilización de consumo? ¿Qué piensan de ello mis sacerdotes?

Qué piensan de todo esto algunos presuntuosos teólo­gos que aman escribir libros venenosos, con sofismas y com­plicados razonamientos, olvidando la divina simplicidad de mi Evangelio. Yo soy Dios infinitamente simple y amo la simplicidad. 

Estos teólogos, que aman los apartamentos y viviendas cómodas y bien caldeadas, no piensan que su Salvador ha nacido en un establo sin nada de lo que tienen todos los hombres.

¿No ven el estridente contraste con mi vida, de la vida de ellos y de los cristianos de hoy, ávidos de riquezas y co­modidades, que a nada quieren renunciar, ni siquiera a las cosas ilícitas?

Hay egoístas indiferentes, despreciadores de Dios, sor­dos a todo reclamo de mi Vicario, prontos a contestar sus palabras, porque no sufren ninguna turbación suscitada por la Verdad.

¿No se dan cuenta estos sacerdotes míos, y no todos de la base, del fango que continuamente están arrojando a mi Iglesia? Han olvidado las palabras de mi apóstol Pablo: “En verdad, la ira de Dios se manifiesta desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que sofocan la verdad con la injusticia; en efecto, lo que se puede conocer de Dios está en ellos manifiesto..."

Yo, Verbo de Dios hecho carne, claramente se lo he manifestado con el camino que he trazado en la tierra, con la humildad, pobreza y obediencia, con el sufrimiento más atroz, con el amor a Mi Padre y a los hermanos.
Lean todos, cristianos, sacerdotes y obispos, lean bien mis palabras transmitidas a todos vosotros por medio de Pablo en la Carta a los Romanos: "Por cuanto conociendo a Dios no le dieron gloria”  (1, 16 -25).

Soberbia y presunción

¿Son acaso mejores los cristianos de hoy que los pa­ganos de hace veinte siglos?
¿Se puede pretender que los cristianos de hoy se salven de la Ira divina si han abandonado el camino para perderse en los oscuros y tortuosos senderos de las pasiones más torpes? Quieren sofocar mi verdad y enterrarla bajo el abismo de su soberbia y de su presunción.

¿No es esto lo que están haciendo los falsos profetas propagadores de un neo  protestantismo peor que el primero, enmascarados en una nauseabunda hipocresía?

Han escogido otras vías, otras sendas que no son mi vía, que no son mi camino. 
Frecuentemente apelan a mi Misericordia. Ha sido hasta ahora tiempo de Misericordia pero la hora de la Justicia está a punto de sonar. Terrible será el Padre mío y vuestro en su Justicia.

Quisieran en su pavorosa ceguera que Yo renegase de mi vida, renegase de mi misma identidad de verdadero Dios y  verdadero Hombre.
Hijo, una vez más te pido que grites fuertemente la invitación dirigida a todos para una verdadera conversión.

No temas por las reacciones que vas a suscitar. Yo los quiero a todos salvos pero si su obstinación en la soberbia no termina, serán dispersados como cascarilla al viento.

Si no quieren abrir sus ojos a la luz que Yo, luz del mundo he traído, tendrán entonces como fruto las tinieblas en el tiempo y en la eternidad.

Te bendigo y Conmigo te bendice la Madre mía y tuya.