En la Iglesia Católica encontrarnos a Cristo.


La misión de Cristo no terminó con su Ascensión a los Cielos. Jesús no es solo un personaje histórico que nació, vivió, murió y resucitó para ser exaltado a la diestra de Dios Padre, sino que vive actualmente entre nosotros de un modo real, aunque misterioso.
Ante el peligro de que los primeros cristianos viviesen del solo recuerdo histórico de aquel Jesús que muchos de ellos «habían visto», y ante la situación de otros que parecían vivir solamente pendientes de la nueva venida de Cristo, que ellos juzgaban inminente, el autor de la Carta a los Hebreos escribió: Jesucristo es el mismo ayer y hoy, y por los siglos
Aunque los Apóstoles y los primeros guías de la fe mueran y no puedan dar testimonio directo de su fe, queda a los fieles un Maestro y un Guía que no morirá nunca, que vive para siempre coronado de gloria. Los hombres desaparecen; Cristo queda eternamente con nosotros. Él existió ayer con los hombres, en un pasado histórico concreto; vive hoy en los Cielos, a la diestra del Padre, y está hoy a nuestro lado, dándonos continuamente la Vida a través de los sacramentos, acompañándonos de modo real en las vicisitudes de nuestro caminar. La Humanidad Santísima de Cristo fue asumida solo por un tiempo determinado; la Encarnación fue decretada desde la eternidad, y el Hijo de Dios, nacido de María Virgen en el tiempo y en la historia, en los días de César Augusto, permanece hombre para siempre, con un cuerpo glorioso en el cual resplandecen las señales de la Pasión.
Cristo vive resucitado y glorioso en el Cielo y, de forma misteriosa pero real, en su Iglesia, que no es un movimiento religioso inaugurado por su predicación, sino que dice relación a la propia Persona de Jesús. La Iglesia nos hace presente a Cristo; es en Ella donde lo encontramos.
La grandeza de la Iglesia está precisamente en esa íntima relación con Jesús; por eso, es un misterio no abarcable con palabras. Ningún lenguaje humano es capaz de expresar su insondable riqueza, que toma origen en la misma Persona de Jesús y tiene como finalidad perpetuar su presencia salvadora entre nosotros. Más aún, la misión única de la Iglesia consiste en hacer presente a Cristo, que se fue a los Cielos, pero anunció que estaría con nosotros todos los días hasta la consumación de los siglos, y conducirnos hasta Él. Afirma el Concilio Vaticano II que Él es el autor de la salvación y el principio de paz y de unión, y constituyó a la Iglesia «a fin de que fuera para todos y para cada uno el sacramento visible de esta unidad salvadora».
 Señalaba Pablo VI que es decisivo para quienes seguimos a Cristo conocer la naturaleza de la Iglesia. «Y este conocimiento es tanto más importante, especialmente para nosotros católicos, cuanto que tantos errores, tantas ideas inexactas, tantas opiniones particulares circulan en las discusiones de nuestro tiempo». ¡Cuánta ignorancia, cuánto error! Muchos olvidan o desconocen que «la Iglesia es un misterio, no solo en el sentido de la profundidad de su vida, sino en el sentido también de que es una realidad no tanto humana e histórica y visible, cuanto divina y superior a nuestra natural capacidad de conocer».
La Sagrada Escritura muestra su naturaleza mediante diversas figuras que se complementan. Todas tienen como centro a Jesucristo y giran en torno a la unidad: es como un redil, cuya puerta es Cristo; rebaño, que tiene como Buen Pastor a Jesús, que nunca lo dejará en manos del enemigo o sin pastos; campo y viña del Señor; edificio, cuya piedra angular es Cristo, que tiene como cimiento a los Apóstoles y en el que los fieles realizan la función de piedras vivas. La Iglesia, llamada también Jerusalén de arriba y Madre nuestra, es descrita igualmente como esposa inmaculada. Como explica San Pablo a los primeros cristianos de Corinto, la Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo. A través de esta imagen se expresa con claridad cómo la Iglesia pertenece a Cristo y está unida a Él. Entre Jesús y la Iglesia, entre Jesús y los cristianos se establece una corriente de vida que los hace inseparables. Por la unión vital e íntima entre Cristo y la Iglesia se pueden afirmar realidades que tomadas al pie de la letra solo pueden aplicarse a la Iglesia, y viceversa. Así, puede decirse que Cristo es perseguido cuando la Iglesia es perseguida, que Cristo es amado cuando son amados los miembros de su Cuerpo, que se niega a Cristo cuando no se quiere ayudar a los fieles. También podemos decir que «la pasión expiatoria de Cristo se renueva y en cierto modo se continúa y se completa en el Cuerpo místico, que es la Iglesia... Con razón, pues, Jesucristo, que padece todavía en su Cuerpo místico, desea tenernos por socios en la expiación, y esto lo exige también nuestra situación en Él; porque siendo como somos Cuerpo místico de Cristo, es necesario que aquello que padece la cabeza lo padezcan con ella los miembros». Se trata, pues, de una unión estrechísima y misteriosa.
Esta unión no impide que cada fiel tenga su propio ser, su propia personalidad. El yo individual de cada hombre no queda anulado al unirse a Cristo, ni tampoco el ser propio de la Iglesia, aunque sea configurado y vivificado por Él. Los fieles creyentes reciben del Señor la misma vida de la gracia; y esta participación de la vida divina configura la unión entre ellos. La íntima comunión de los fieles abarca tanto el aspecto interior, espiritual e invisible como el carácter externo y visible de la Iglesia. «Si la Iglesia es un cuerpo –explicaba Pío XII–, necesariamente ha de ser uno e indiviso; según aquello de San Pablo: Muchos formamos un solo cuerpo (Rom 7, 5). Y no solamente debe ser uno e indiviso, sino también algo concreto y claramente visible (...). Por lo cual se apartan de la verdad divina aquellos que se forjan una imagen de la Iglesia de tal manera, que no pueda ni tocarse ni verse, siendo solamente un ser “neumático”, como dicen, en el que muchas comunidades de cristianos, aunque separadas mutuamente en la fe, se junten, sin embargo, por un lazo invisible. Mas el cuerpo necesita también multitud de miembros, que de tal manera estén trabados entre sí, que mutuamente se auxilien».



https://www.hablarcondios.org/meditaciondiaria.aspx

Comentarios

Cristina V. ha dicho que…
Mensaje del LIBRO DE LA VERDAD:


Sábado 21 de diciembre de 2013



Mi amadísima hija, los que te acusan, por causa de Mi Santa Palabra, de la lucha contra la Autoridad de Mi Iglesia, ellos deben escuchar Mi llamado .



La Iglesia, creada por Mí, Jesucristo, fue construida sobre una Roca firme y no importa cuanto Mi Iglesia - Mi Cuerpo - sea atacada, las puertas del Infierno nunca la destruirán. Satanás y sus agentes sólo atacarán lo que es genuino, lo que es Verdadero y lo que es Mío. Aquí es donde se concentrará toda su energía - Mi Iglesia. Estoy presente en Mi Iglesia , a través de Mi Cuerpo, la Sacratísima Eucaristía. Mis enemigos siempre elegirán como objetivo la Sacratísima Eucaristía, ya que no es más que un símbolo de Mi Amor, Mi Promesa de redimir al mundo - Es Mi Cuerpo. Vive y respira, porque Soy Yo, Jesucristo, Quien mora en él. Yo permaneceré presente dentro de la Sagrada Eucaristía hasta cerca del final, pero Mi Iglesia, nunca morirá.



Mi Palabra se hizo Carne y por medio de Mi Carne, vosotros, hijos de Dios, permanecerán cerca de Mí. Cuando Mis enemigos atacaron a Mi Iglesia en el pasado, Mi Iglesia se unió y luchó contra sus oponentes. Pero cuando Mi Iglesia es atacada, por el espíritu del mal desde dentro, se enfrentará a muy pocos obstáculos de un mundo secular.



Satanás no ataca a su propio trabajo. Como Hijo del hombre, Yo nunca abandonaré a Mi Iglesia, ya que es impenetrable para el diablo. Mis seguidores se mantendrán fieles a Mi Iglesia hasta el último día. Sin embargo, el número de personas que no van a entender los ataques, a los que Mi Iglesia se verá sometida, desde dentro, será alto. Ellos, en su mayor parte, estarán contentos con las muchas adaptaciones a ser introducidas en los Santos Sacramentos y en las Leyes de Dios. Ellos tragarán la mentira de que la vida moderna exige una iglesia moderna, que la gente hoy día necesitan ser capaces de tomar decisiones, en base a su propio libre albedrío - independientemente de si ellos insultan o no a Dios. Entonces, cuando insulten a Dios y cometan blasfemia, cuando profanen la Sagrada Eucaristía, ya no serán más parte de Mi Iglesia. Mi Iglesia permanecerá intacta. Mi Iglesia se mantendrá en pie, debido a los que seguirán siendo fieles a la Palabra de Dios - la Palabra, que se hizo Carne. Porque no podéis separar Mi Iglesia de la Palabra - la Carne - porque entonces no puede existir.



Prometí que protegería a Mi Iglesia contra las puertas del Infierno y hago esto ahora preparando a Mis leales siervos sagrados a estar de pie por Mí y permanecer fieles y firmes hasta el Gran Día. Yo nunca rompo Mi Promesa.



Vuestro Jesús



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