La Cruz en las cosas pequeñas de cada día

«La Cruz cada día. Nulla dies sine cruce!, ningún día sin Cruz: ninguna jornada, en la que no carguemos con la cruz del Señor, en la que no aceptemos su yugo (...).
»El camino de nuestra santificación personal pasa, cotidianamente, por la Cruz: no es desgraciado ese camino, porque Dios mismo nos ayuda y con Él no cabe la tristeza. In laetitia, nulla die sine cruce!, me gusta repetir; con el alma traspasada de alegría, ningún día sin Cruz».
La Cruz del Señor, con la que hemos de cargar cada día, no es ciertamente la que produce nuestros egoísmos, envidias, pereza, etcétera, no son los conflictos que producen nuestro hombre viejo y nuestro amar desordenado. Esto no es del Señor, no santifica.
En alguna ocasión, encontraremos la Cruz en una gran dificultad, en una enfermedad grave y dolorosa, en un desastre económico, en la muerte de un ser querido: «(...) no olvidéis que estar con Jesús es, seguramente, toparse con su Cruz. Cuando nos abandonamos en las manos de Dios, es frecuente que Él permita que saboreemos el dolor, la soledad, las contradicciones, las calumnias, las difamaciones, las burlas, por dentro y por fuera: porque quiere conformarnos a su imagen y semejanza, y tolera también que nos llamen locos y que nos tomen por necios.
»Es la hora de amar la mortificación pasiva, que viene –oculta o descarada e insolente– cuando no la esperamos». El Señor nos dará las fuerzas necesarias para llevar con garbo esa Cruz y nos llenará de gracias y frutos inimaginables. Comprendemos que Dios bendice de muchas maneras, y frecuentemente, a sus amigos, haciéndonos partícipes de su Cruz y corredentores con Él.
Sin embargo, lo normal será que encontremos la Cruz de cada día en pequeñas contrariedades que se atraviesan en el trabajo, en la convivencia: puede ser un imprevisto con el que no contábamos, el carácter difícil de una persona con la que necesariamente hemos de convivir, planes que debemos cambiar a última hora, instrumentos de trabajo que se estropean cuando más necesarios eran, molestias producidas por el frío o el calor o el ruido, incomprensiones, una leve enfermedad que nos disminuye la capacidad de trabajo en ese día...
Hemos de recibir estas contrariedades diarias con ánimo grande, ofreciéndolas al Señor con espíritu de reparación: sin quejarnos, pues esa queja frecuentemente señala el rechazo de la Cruz. Estas mortificaciones, que llegan sin esperarlas, pueden ayudarnos, si las recibimos bien, a crecer en el espíritu de penitencia que tanto necesitamos, y a mejorar en la virtud de la paciencia, en caridad, en comprensión: es decir, en santidad. Si las recibiéramos con mal espíritu podrían sernos motivo de rebeldía, de impaciencia o de desaliento. Muchos cristianos han perdido la alegría al final de la jornada, no por grandes contrariedades, sino por no haber sabido santificar el cansancio propio del trabajo, ni las pequeñas dificultades que han ido surgiendo durante el día. La Cruz –pequeña o grande– aceptada, produce paz y gozo en medio del dolor y está cargada de méritos para la vida eterna; cuando no se acepta la Cruz, el alma queda desilusionada o con una íntima rebeldía, que sale enseguida al exterior en forma de tristeza y de mal humor. «Cargar con la Cruz es algo grande, grande... 

Quiere decir afrontar la vida con coraje, sin blanduras ni vilezas; quiere decir transformar en energía moral las dificultades que nunca faltarán en nuestra existencia; quiere decir comprender el dolor humano, y, por último, saber amar verdaderamente». El cristiano que va por la vida rehuyendo sistemáticamente el sacrificio no encontrará a Dios, no encontrará la felicidad. Rehúye también la propia santidad.



https://www.hablarcondios.org/meditaciondiaria.aspx


Comentarios

Cristina V. ha dicho que…
Mensaje del LIBRO DE LA VERDAD de la Santísima Virgen María:

Miércoles 06 de junio de 2012



Hijos, cuando vosotros sufrís en esta vida, os acercáis más a mi Hijo.

El sufrimiento, duro como es, trae Gracias especiales si es acogido voluntariamente para la salvación de almas.

Cuando vosotros sufrís, siempre recordad cómo sufrió mi Hijo.

La tortura física de Él, recordad, sería muy difícil de soportar por el hombre. Sin embargo, el sufrimiento mental puede crear el mismo dolor.

Para aquellos que luchan contra el sufrimiento debéis pedirme, a mí, vuestra bienamada Madre de la Salvación, que los ayude a sobrellevarlo.

Yo tomaré vuestro sufrimiento y se lo ofreceré a mi Precioso Hijo de vuestra parte, para salvar almas.

Él solo tomará lo que necesite y os dará consuelo. Él entonces aliviará vuestra carga.

El sufrimiento puede ser una forma de purificación del alma.

Rechazarlo y combatirlo no proporcionará alivio. Se convertirá en una carga mucho más pesada.

Cuando vosotros lo ofrecéis con amor, seréis aliviados de su peso y os pondréis contentos.

Nunca temáis al sufrimiento ya que os acerca más al Sagrado Corazón de mi Hijo.



Vuestra Bienamada Madre

Madre de la Salvación



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